Patrimonio 


De brujas y demonios: cuando el terror inspira el arte (II)

Ha llegado a nuestro conocimiento que en los últimos tiempos muchas personas han mantenido relaciones con demonios, íncubos y súcubos, y por medio de encantamientos, hechizos, conjuros y otras supersticiones malditas y terribles embrujos, monstruosidades y delitos, matan y destruyen, torturan y acosan, impiden que los hombres engendren y las mujeres conciban, reniegan blasfemamente de la Fe que recibieron con el Bautismo y no se privan de cometer las abominaciones y excesos más infames, poniendo en peligro su alma, con lo que ofenden a su Divina Majestad y son motivo de escándalo y peligroso ejemplo.

Este texto, contenido dentro de la bula Summus desiderantes affectibus que Inoncencio VIII promulgó en 1484, dio inicio a la mayor caza de brujas de la historia. La Edad Moderna, generalmente concebida como una época de avances, esconde muchas sombras, siendo una de ellas la encarnizada persecución a la brujería. La superstición y el miedo fruto de una época convulsa fueron utilizados para centrar los odios de la población en determinados colectivos. La mujer fue siempre la primera sospechosa de emparejarse con el diablo, dada su “débil naturaleza”. A partir de la citada bula se tiene como herejía no creer en las brujas y en sus maléficos efectos en el hombre. Así, las manifestaciones artísticas a partir del siglo XVI van a reflejar cada vez más el miedo de los mortales a estas criaturas.

El aquelarre de las brujas (1606), Frans Francken el Joven.

El aquelarre de las brujas (1606). Frans Francken el Joven.

Frans Francken el Joven trató con asiduidad el tema de la asamblea de brujas, conocida también como aquelarre o sabbat.  Llama la atención que el día sagrado de los judíos, el sabbath, pasase a nombrar estas reuniones). En sus cuadros vemos desplegadas las actividades que se atribuyen a las brujas: conductas impúdicas, generalmente enseñando partes de su cuerpo, invocando al Demonio, relacionándose con diablillos, llevando a cabo pociones en grandes calderosEl aquelarre de las brujas de Francken está plagado de detalles que harían las delicias de cualquier demonólogo.

Es imposible no hablar de brujas en el arte sin tener en mente a uno de los genios de la pintura española: Francisco de Goya y Lucientes. En varias ocasiones la brujería fue el tema principal de sus composiciones, siendo lo más conocido Las pinturas negras (1819-1823) de la Quinta del Sordo, como El aquelarre o Las parcas, obras inquietantes que corresponden a un periodo vital del pintor oscuro y pesimista. Dos décadas atrás el pintor había tratado conceptos similares para la Duquesa de Osuna en una serie de cuadros para gabinete. Tanto en estos lienzos como en las Pinturas Negras, pasando por su serie de Los Caprichos donde la bruja tiene un importante papel, Goya pretendía criticar  las supersticiones y miedos de una población analfabeta que ponía más ahínco en perseguir al demonio que a sus gobernantes, los verdaderos culpables del desastre del país.

'El aquelarre' (izquierda) y 'Vuelo de brujas' (derecha), dos cuadros de Goya para la duquesa de Osuna.

El aquelarre (izquierda) y Vuelo de brujas (derecha), dos cuadros de Goya para la duquesa de Osuna.

El desencanto de Goya ante una sociedad violenta y cainita (una simple acusación entre enemigos bastaba para desatar un juicio de brujería) se plasma en estas imágenes terribles. El aquelarre nos presenta a un grupo de simpatizantes del demonio, representado por un macho cabrío de grandes cuernos; las mujeres, extasiadas, le entregan bebés, algunos de ellos prácticamente esqueletos, para sus malas artes. El acto tiene lugar de noche y amparados por murciélagos. Vuelo de brujas no es menos inquietante: tres criaturas sostienen a un desgraciado, desesperado por escapar de sus garras, mientras otras figuras se niegan a observar, huyendo sin socorrer. El burro sería el símbolo de la ignorancia inmovilista de la que hacía gala la sociedad española.

El sabbat de las brujas (detalle) 1880. Luis Ricardo Falero.

El sabbat de las brujas, detalle (1880). Luis Ricardo Falero.

Las últimas décadas del siglo XVIII anunciaban ya la llegada del Romanticismo, corriente artística que abogaba por el sujeto, por la exaltación del sentimiento y la valoración de la fantasía. La brujería fue tema predilecto por los románticos, influenciados por el propio Goya, Henry Fuseli o William Blake. En la obra del prerrafaelita John William Waterhouse la magia y el poder de las brujas se repiten en trabajos como El círculo mágico (1886) o Circe ofreciendo su copa a Ulises (1891), en la que un episodio mitológico brinda la excusa para captar a una hechicera en todo su poder, una mujer peligrosa y cautivadora que se vale de sus encantos, tanto verbales como corpóreos, para encantar a Ulises. Vincular a la bruja con la sexualidad no era cosa nueva: la impudicia fue uno de los rasgos que acompañó a las acusadas de brujería. Sin embargo, pocos consiguieron hacerlo de manera tan carnal y rotunda como el pintor español Luis Ricardo Falero, cuya carrera transcurrió prácticamente en Inglaterra. Mujeres desnudas y escenarios misteriosos eran las constantes de un pintor que, para muchos de sus contemporáneos, supo captar al demonio, pero “no a un demonio diabólico, sino un demonio femenino”.

La bruja de sus obras poco se parece a la que veremos hoy colgada a modo de ‘atrezzo’ en negocios y bares, exceptuando la escoba, uno de los símbolos que desde la Edad Media ha acompañado a estos series del imaginario terrorífico. Hoy en día, la idea de una mujer acompañada de un gato negro, que pueda convertirnos en ratas con un hechizo, nos causará risa más que pavor pero, como siempre sucede cuando se trata de escudriñar el pasado, hemos de sacudirnos de los prejuicios del presente. Solo así, quizás nos den miedo las brujas.

 

Más información| Conversation with Ella, Lasmilhistoriasdelarte, Museo del Prado

Imagen| Frans Francken II, Francisco de Goya, Luis Ricardo Falero

En QAH| De brujas y demonios: cuando el terror inspira el arte (I)

RELACIONADOS