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De brujas y demonios: cuando el terror inspira el arte (I)

Tradicionalmente el 31 de octubre es el día reservado a recordar a nuestros difuntos. En las últimas décadas, propiciado sobre todo a través de la cultura anglosajona, esta fecha viene acompañada de todo un imaginario teñido de naranja, negro y blanco: la fiesta de Halloween. Calabazas, esqueletos, murciélagos, arañas, brujas… todo un merchandising cada vez más institucionalizado. Para los antiguos celtas, esta fecha del año era especialmente sensible, pues los límites entre el mundo de los vivos y de los muertos se desdibujaban. Pero hoy no vamos a centrarnos en el origen de esta festividad, sino en una de sus protagonistas: las brujas. Si bien la fiesta de Halloween puede considerarse “reciente”, el temor a las brujas ha sido capturado en el arte desde bien temprano.

Brujas acompañadas de su inseparable escoba. Marginalia de un manuscrito medieval

Brujas acompañadas de su inseparable escoba. Marginalia de un manuscrito medieval

La figura de la bruja, un ente generalmente femenino, que hace gala de poderes tales como la transformación o el vuelo, y que mantiene una relación con lo demoníaco, nació casi al mismo momento que la humanidad, con el personaje de Lilith, aquella primera mujer que, indomable, abandonó por su propio pie el Paraíso, desdeñando la unión con Adán para ligarse a Samael, ángel caído. Los sumerios la imaginaron con lechuzas, propias de la noche; el gato aparecería mucho más tarde. La Antigüedad también nos brinda a hechiceras como MedeaCirce, que retrasó a Ulises en su viaje de vuelta al hogar convirtiendo a sus hombres en animales.

Escena de martirio a mujeres acusadas de brujería, extraída de las Crónicas de Francia (siglo XIII). La muerte en la pira y el escarnio en cepo eran castigos habituales.

Escena de martirio a mujeres acusadas de brujería, extraída de las Crónicas de Francia (siglo XIII). La muerte en la pira y el escarnio en cepo eran castigos habituales.

Cuando verdaderamente se empezó a plasmar el miedo a la brujería fue durante la Edad Media, algo totalmente lógico por otra parte. Desde finales del siglo IV el cristianismo se había convertido en la religión oficial de la mayor parte del territorio europeo. La persecución que otrora sufrieran los cristianos se volvió hacia lo pagano. Las supersticiones apuntaban a las mujeres que no se interesaban mucho por la religión, las que sabían leer o recogían plantas medicinales; incluso tener una marca de nacimiento podía propiciar una acusación de brujería (los lunares y manchas en la piel se consideraban toques del Diablo). Sin embargo, hay que dejar claro un aspecto muy importante: en este momento no se creía en las brujas, sino en el mal como tal. A finales del siglo X se había aprobado el Canon episcopi, un documento en el que se negaba la existencia de las brujas, la herejía que se perseguía era precisamente creer en estas entidades.

Los albores de la Edad Moderna trajeron la época más cruenta en la persecución contra las brujas, en gran medida por la publicación del Malleus Maleficarum (Martillo de las brujas) en el año 1487. Otro suceso clave de este momento fue la bula Summus desiderantes affectibus emitida por el Papa Inocencio VIII. Ahora la historia se revierte: se acepta la existencia de las brujas y no creer en estas entidades será lo que se considere un pecado mortal. Paralelamente, existe un interés cada vez mayor en el ocultismo, casi tan fuerte como ese amor a lo clásico que caracterizó los primeros años del Renacimiento.

Las cuatro brujas. 1491. National Gallery of Scotland

Las cuatro brujas, de Alberto Durero, 1491. National Gallery of Scotland

Brujas, de Jerónimo Bosch, El Bosco. Detalle.

Brujas, de Jerónimo Bosch. Detalle

El arte de este momento nos brinda magníficos ejemplos del aspecto y actividades que se atribuía a las brujas malignas en base a la creencia popular. Hay que tener en cuenta que tratar este tipo de temática permitía a los artistas dar rienda suelta a su imaginación y “salirse” un poco de la encorsetada iconografía que acompañaba a los cuadros de temática religiosa, sin apartarse totalmente de ésta. Alberto Durero nos presenta en un grabado a cuatro brujas que, por su disposición, bien podrían recordarnos a las Tres Gracias de la mitología clásica. Ellas aparecen desnudas, sin mucha intención de cubrir su sexualidad; a sus pies un cráneo y un hueso nos recuerdan su vinculación con la muerte y en el margen izquierdo, casi inadvertido, una bestia alada hace acto de presencia. Ya desde época medieval se vinculaba a las brujas con ciertos utensilios: calaveras, calderos, escobas y, cómo no, animales, desde la lechuza ya vista en Lilith o el gato. En los dibujos de El Bosco también podemos ver algunos de estos atributos.

A la vez que se encrudece la persecución a las brujas -el siglo XVII será la centuria negra a este respecto- los testimonios en el arte se multiplicarán. Será en el siglo XIX cuando el mito de la bruja se prodigue en las manifestaciones artísticas, sobre todo pictóricas, de la mano del romanticismo, algo que veremos en el siguiente artículo de la serie.

Más información| Inocencio VIII, el Papa que abrió la caza de brujas

Imagen| TheHuffingtonPost, Lasmilhistoriasdelarte, Pinterest,

En QAH| De brujas y demonios: cuando el terror inspira el arte (II)

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