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¿Dar una cabezada después de comer es solo para gente ociosa?

La siesta. La hora sexta de los romanos, mitad del día, estómago lleno y calor intenso en verano. Un hábito muy beneficioso, reparador y un término que al igual que las palabras “paella” o “fiesta” siempre coloca una sonrisa, cuando la oyen, a seres vivos de otras culturas. No saben bien si burlarse de ella o envidiarla. Quizás porque se asocia al ocio, las vacaciones, il dolce far niente, a la imagen de dormir a pleno día, contra un muro de cal y bajo un gran sombrero que tape el sol.

Casi todo el mundo coincide que echarse una siesta es un privilegio. Un breve paréntesis en la actividad diaria que logra dar un giro importante a la calidad de vida de la persona que le rinde culto. Contrariamente al estereotipo creado de los españoles, muy pocos de los que trabajan en las ciudades tienen la opción de dar una cabezada después de comer y se tienen que conformar con las deliciosas siestas de los fines de semana. En el salón de todo hogar que se precie de confortable no puede faltar una fina manta, doblada, sobre el respaldo del sofá.

sleep-264475_640No sé hasta que punto la siesta está ganando adeptos en Estados Unidos, Suecia, Alemania, Francia, Australia… pero, es cierto que una de sus mayores estudiosas y defensora de sus beneficios es la psicóloga Sara Mednick de la Universidad de California. La investigadora del sueño asegura que sus efectos reparadores son comparables al descanso de toda una noche.

 

Cada vez se descubren más detalles de lo que ocurre en nuestro cuerpo mientras los ojos permanecen cerrados y de qué modo nos influye este ‘apagón’ al despertar. En el caso de la siesta, ya se habla de distintos “tipos”, más o menos recomendados, según la actividad que se vaya a emprender después. Por ejemplo, se dice que debería ser muy corta antes de hacer ejercicio físico; de media hora, si tenemos por delante una tarde de estudio; y de hora y media, si lo que queremos es ser lo más creativos posible.

También se debate si la siesta ayuda a perder peso, o por el contrario favorece la acumulación de grasa. Los que dicen que sí, se basan en que el cansancio y el estrés son determinantes a la hora de seleccionar los alimentos que nos apetece consumir. Es decir, cuando estamos cansados comemos cierto tipo de alimentos (grasas) a los que podemos renunciar más fácilmente durante la jornada si hemos reposado bien.

 

Vaya, a mí ya me está entrando sueño…

 

¿Y tú? ¿Qué opinas?

 

Por Miguel Olalquiaga

 

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