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Cuentos para reflexionar (I): mirar las cosas con perspectiva

 

En un poblado situado en la ladera de una colina de la China rural, vivía un criador de yeguas conocido como Chuen Li. Era un hombre muy querido por todos los habitantes de su aldea. Educado y cariñoso, siempre había prestado ayuda a cualquiera que la necesitara. Su negocio de las yeguas era más rentable que el de la mayoría de los campesinos del poblado, dedicados principalmente al cultivo de arroz, pero, si alguno lo necesitaba, nunca había dudado en compartir con ellos sus ganancias.

Un buen día, durante una agitada tormenta, una de las paredes del establo se derrumbó y las yeguas escaparon asustadas.

A la mañana siguiente, cuando la tormenta amainó, los pueblerinos quedaron desconsolados al contemplar el establo: el pobre Chuen Li había perdido todo cuanto tenía por un golpe de mala suerte. Estos, con la intención de animarle y mostrarle su apoyo, se dirigieron a su casa. Cuando llegaron, Chuen Li estaba sentado en el porche dejando que el sol, recién salido, calentara su rostro. Los habitantes del pueblo se acercaron a él y le dijeron que  lo sentían mucho, que no se preocupara porque podía contar con ellos, que sólo había sido un golpe de mala suerte. Chuen Li los miró conmovido y, con los ojos llenos de agradecimiento, sonrió y les dijo:

“Tal vez.  Que el tiempo lo decida”

Al cabo de unos meses llegó la primavera. Los animales, atraídos a ese lado de la colina por los frutos que crecían en sus árboles y arbustos, comenzaron a acercarse al poblado cada vez con más frecuencia. Un buen día, un grupo de yeguas aparecieron en las inmediaciones del poblado. Muchas de ellas estaban preñadas y eran acompañadas por algunos sementales. Rápidamente, Chuen Li, con la ayuda de su hijo, tras haber reconocido a sus yeguas, se puso en marcha. Uno por uno consiguieron meter en el establo a todos los animales.caballo

Los habitantes del poblado, maravillados y felices por la buena fortuna de Chuen Li, decidieron ir a su casa a felicitarle. Al llegar, Chuen Li y su hijo estaban sentados sobre una de las vallas del picadero, contemplando a los sementales recién atrapados. Les dijeron lo contentos que estaban por ellos y por su buena fortuna. Chuen Li, orgulloso, pero agotado por el duro día de trabajo, los miró cálidamente y les dijo:

“Tal vez. Que el tiempo lo decida”

Una mañana, pocos días después de haber logrado llenar sus establos, mientras intentaba domar a uno de los sementales, el hijo de Chuen Li sufrió una aparatosa caída. Se había fracturado la pierna derecha por varios sitios y a duras penas podía caminar. Chuen Li pidió ayuda al resto de aldeanos para traer al pueblo al mejor médico de la zona y, entre todos, lo consiguieron. Todos se hallaban reunidos alrededor de la casa de Chuen Li, mientras el médico examinaba la pierna de su hijo. Al final, el médico salió de la casa y, ante las preguntas de los aldeanos, les contó que el hijo de Chuen Li nunca se recuperaría plenamente. De ahora en adelante no podría correr y se vería obligado a usar un bastón para caminar, pues su pierna derecha no sería capaz de soportar el peso de su cuerpo. Uno a uno, los aldeanos entraron a la casa para tratar de animar a Chuen Li y hacerle ver que lo ocurrido no era culpa suya, sino otro golpe de mala fortuna. Ninguno entendía como un hombre tan bueno podía tener tan mala suerte. Pero de nuevo las palabras de Chuen Li les cogieron por sorpresa. Sentado en una mesa sobre la que había una vela próxima a apagarse y un libro que había estado leyendo,  Chuen Li los miró y les dijo:

“Tal vez. Que el tiempo lo decida”

Siete meses después estalló la guerra. Miembros del ejército aparecieron en el pueblo para reclutar a los jóvenes en edad de combatir. Todas las familias del pueblo vieron partir a sus hijos sin saber cuándo volverían a verlos. Todas excepto la de Chuen Li, cuyo hijo no había sido incorporado a las tropas del ejército por culpa de una cojera en su pierna derecha. De nuevo, las familias se volvieron hacia Chuen Li para felicitarle por la suerte que había tenido y, de nuevo, éste les dijo:

“Tal vez. Que el tiempo lo decida” 

Si tan solo leemos uno de los fragmentos del texto al azar, el mensaje será distinto del que percibimos cuando leemos el cuento en su totalidad. Cada fragmento puede hacernos sentir tristeza, alegría, envidia, compasión o cualquier otra cosa. Sin embargo, sólo será un fragmento de algo mucho más grande cuyo significado está aún por descubrir, al igual que ocurre cuando observamos nuestras vidas. El fragmento que escojamos y la interpretación que le demos sólo depende de cada uno de nosotros, pero todos haríamos bien en recordarnos la importancia de poner las cosas en perspectiva, habilidad que este cuento que comparto ilustra de maravilla.

 

Vía| Cuentos populares Zen, sugerido por Guillermo Ballenato Prieto

Imagen| Caballo

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