Reflexiones 


¿Cuánto valor tiene la palabra?

El valor de la palabra

El valor de la palabra

 

La palabra, y más concretamente la elocuencia, ha sido el arma del ser humano desde milenios. La lógica aristotélica, compilada en la Edad Media por Andrónico de Rodas bajo el nombre de Organon sentó las bases para desenmascarar las falacias que se utilizaban mediante las reglas formales del silogismo.

El magno discípulo de Platón fundador del Liceo expresó su preocupación por este tema debido a la necesidad de alumbrar el verdadero significado del verbo. Y es que desde la antigüedad grecolatina hasta hoy padecemos y utilizamos ese tributo del ser humano como palanca de progreso y, desgraciadamente, retroceso.

Hay multitud de ejemplos que ilustran este hecho. Uno de los más notables fue el de Joseph Goebbels, tétrico ministro de propaganda e información nazi. Fue el que hizo popular la cita: “una mentira repetida sucesivamente se convierte en verdad”

La expresión parece una boutade pero encierra la esencia de esa manipulación que, en plena era de la comunicación en un mundo globalizado, se predica de la corrección política mediante eufemismos.

Esa manipulación, más allá de alojarse en los escenarios cotidianos de cada individuo, contamina las esferas económicas, sociales, culturales y políticas. Un dato esclarecedor son el número de golpes de estado que se dieron en los años sesenta, 61. En la última década sólo 10. ¿Por qué esa diferencia? Es el eufemismo llevado al sistema político, es decir, los movimientos autoritarios hoy en día no sobrevivirían si mostraran sus cartas totalitarias. Por ello, se llevan a cabo ímprobos esfuerzos para enmascarar sus procesos autocráticos en algo parecido a una democracia. Porque lo esencial es eso precisamente, que el término democracia ocupe un lugar principal en los espacios públicos de cualquier índole pero sin ningún contenido verdaderamente factual. Parece necesario tener ese sello de prestigio al que llaman democracia, aunque se la arrincone en la esquina más oscura del estado. Las revoluciones bolivarianas de Hispanoamérica son el mejor ejemplo de esta manera de proceder tan execrable.

George Orwell, con el estilo incisivo que le caracterizaba, en 1984 plasmó las miserias que representaban los totalitarismos con los que coexistió. Emmanuel Goldstein, personaje de su novela, representa al líder del régimen totalitario y definía en su Teoría y práctica del colectivismo oligárquico el neologismo esencial de su sistema: “doblepiensa” o “doublethink”, es decir, pronunciar mentiras creyendo profundamente en ellas. Mantener la mentira dos pasos por delante de la verdad. Se asfixiaba la verdad a través de ese procedimiento porque sabían que el vehículo para todo espíritu crítico o discrepante con el régimen es el lenguaje. Por eso vale más una verdad incómoda que una mentira ilusionante y por eso debemos recordar que, como se ha señalado al comienzo, la palabra colma de fundamento el intelecto, que es nuestra arma vital para el despliegue de nuestro ser.

El hombre, ayudándose de la palabra para jalear a los colectivos más desfavorecidos, ha conseguido apoyo para llevar a cabo auténticas atrocidades a lo largo de la historia con el único propósito de satisfacer unas ansias espurias de poder. Y en la política encontramos la disciplina que garantiza la administración de ese poder. Es por ello que, como dijo el Nobel irlandés John Bernard Shaw, a los políticos y los pañales hay que cambiarlos continuamente…y por los mismos motivos.

Nos deberíamos cuidar mucho de que nadie ni nada nos hurte lo más preciado del ser humano en este mundo, el significado de nuestras palabras.

 

Imagen| Palabras

En QAH| La educación política (I): ¿cualquiera puede ser un político?

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