Historia 


Cuando sobran palabras: el laconismo espartano

Si una época se ha puesto de moda últimamente hasta el punto de hablar sobre ella en las barras de los bares y en la cola del supermercado, esa es sin duda la Antigua Grecia. Son multitud los libros y películas que se vienen haciendo sobre la temática griega, sobre todo aquéllos referentes a las Guerras Médicas (contra los persas medos, nada que ver con los doctores) y a las distintas contiendas entre las ciudades-estado (Guerras del Peloponeso y de Corinto) o bien basadas en la mitología olímpica y sus diferentes personajes, sin olvidar la notable Guerra de Troya. Sin embargo, existe una unanimidad casi total sobre el interés del público general sobre la polis helena bañada por el río Eurotas, Lacedemonia, o mejor dicho por la versión más conocida de su nombre: Esparta.

Esparta en Laconia

Esparta

Lacedemón (otro nombre que se usa para referirse a Esparta) surgió como entidad política en el siglo X a.C. y para el año 650 a.C. ya era toda una potencia militar en la Antigua Grecia. En referencia a las distintas denominaciones generalmente se prefiere denominar Laconia a la región donde se asienta el estado de Lacedemón (o Lacedemonia) ya que los propios “espartanos” se denominaban a sí mismos como lacedemonios, ésto se observa en los escudos donde en tiempo de guerra aparecía la letra lambda en representación de su ciudad-estado, ya que nuestra L equivale en griego a Λ (lambda), mientras que se dejaba la denominación de Esparta únicamente para la propia ciudad, así parecen explicarlo Homero y Heródoto. Curiosamente estos nombres vienen, supuestamente, de la mitología griega, donde Lacedemón, quien era hijo de Zeus, fue el primer rey y llamó a su reino como él mismo, mientras que puso a la capital el nombre de su esposa, Esparta, quien era hija de Eurotas, el río a cuyas orillas se situaba la ciudad. Sin embargo, y aquí es donde vienen los errores, solo los nacidos dentro de la ciudad podían ser llamados espartanos, y eran la flor y nata de toda Laconia. Rápidamente, en pocos siglos, se convirtieron en el paradigma del guerrero perfecto, convirtiendo al ejército espartiata en una potencia hegemónica militar en toda Grecia y a su ciudad-estado en una de las más poderosas del mundo antiguo. Su figura romántica se agrandó con diversas gestas como la archiconocida batalla del Paso de las Termópilas, aunque ciertamente los ejércitos espartanos fueron casi invencibles durante, literalmente, siglos. Además, hay que sumar que la educación espartana o agogé resulta al mismo tiempo tan brutal, bárbara y fascinante que es imposible no sentirse tentado por conocer más la vida de los nobles y fieros espartanos.

Naturalmente, esta perfecta aleación es más de lo que necesita un decente escritor para borronear varios bestseller, aunque todos parecen olvidarse de dos cuestiones no menos importantes.

Mujeres espartanas defendiéndose de los mesenios, sin mucha dificultad

Mujeres espartanas defendiéndose de los mesenios, sin mucha dificultad

La primera es bastante difícil de creer incluso para nuestros días, si bien es rigurosamente cierta: las mujeres espartanas gozaban de más derechos, casi similares a las de los hombres espartanos, que en ningún otro lugar o cultura de la Edad Antigua, muy por delante de las atenienses, romanas y persas. Esto era así ya que las mujeres sustentaban gran parte de la economía (y el poder) cuando los hombres espartanos estaban en la guerra, haciéndose cargo de los esclavos y las cosechas. Si ésto fuera poco, además, se jactaban de ser las únicas mujeres que “parían guerreros de verdad” (como dijo la reina Gorgo, esposa de Leónidas I, a una mujer de Ática), convirtiendo a la madre espartana en una idiosincrasia de madre coraje, especialmente durante la agogé cuando los niños eran apartados para entrenarse. Son especialmente reseñables varias anécdotas sobre el firme carácter de las espartanas, a veces superior al de los hombres. En una de ellas una madre al recibir la noticia de que su hijo mayor había muerto en la guerra había contestado: “así su hermano menor podrá ocupar su lugar”. En otra de ellas una anciana mujer respondió a la noticia de que su hijo se había comportado como un cobarde en la batalla, cosiéndose a pulso parte de sus genitales para “desparirlo” por su vergüenza. Otra crónica cuenta que un joven espartano había vuelto de la guerra y que su madre le había preguntado la situación del frente a lo que el joven respondió que todos sus compañeros estaban muertos, la madre cogió una daga y mató a su hijo diciendo: “¿esperabas que me creyera que te han enviado a traer las malas noticias?”, suponiendo que su hijo era un desertor. Los desertores por jóvenes que fueran estaban tan mal vistos en Esparta que habitualmente sus madres los mataban al regresar a casa. Un caso muy particular es el de Gyrtias, una anciana espartana que cuando unos niños sollozantes le trajeron a su nieto Acrotato tras un entrenamiento de pelea en el que había sido seriamente herido, la vieja dama dijo: “Guardad silencio, (él) solo está mostrando el tipo de sangre que lleva dentro.”

esparta-educacion-madre-hijo

Madre espartana entregando a su hijo el hoplon

Sin embargo, la anécdota más conocida es cuando una madre espartana le dio el hoplon (escudo) a su hijo y le dijo: “vuelve con él o sobre él”, simbolizando que únicamente podría regresar victorioso (con el escudo) o muerto (sobre él), pero nunca vencido; esta frase se convirtió pronto en el lema de Esparta y era repetida continuamente de madres a hijos y esposas a esposos antes de que partieran a la guerra. El significado es mucho más denso y complejo de lo que parece, ya que los hoplon habitualmente eran heredados de padres a hijos, siendo posible que un espartano luchara con el escudo que había pertenecido a su abuelo y por ello simbolizaba todo el linaje y honor de su familia. Perder el escudo en batalla ya no digamos abandonarlo era una causa de grave deshonor y por ello los espartanos trataban de recuperarlo a toda costa, a menudo jugándose la vida. Asimismo, cuando un espartano moría en batalla su cuerpo y su escudo eran devueltos a su familia para que sus hijos pudieran usarlo y ocupar su lugar.

Estas anécdotas ponen de manifiesto la segunda de las cuestiones que más arriba comentábamos: el laconismo. Durante la agogé los niños espartanos no solo eran entrenados en el combate y la rectitud de la violencia, sino que también aprendían poesía, música, danza y oratoria. Sin embargo, a diferencia de Atenas, la retórica y oratoria espartanas se entrenaban de forma muy distinta: con el silencio. Los tutores y maestros espartanos enseñaban a los jóvenes reclutas a hablar lo menos posible, a una brutal eficiencia lingüística donde únicamente debían utilizarse las palabras justas y necesarias, evitando por tanto los largos discursos y soliloquios de los filósofos atenienses. Esta particular forma de oratoria se caracterizaba por expresarse de forma breve, concisa e ingeniosamente, y servía fundamentalmente para desarmar discursos largos y demagógicos. El laconismo servía a la militarización como forma de comunicación militar y provenía también de las corrientes filosóficas de los minimalistas y los estoicos, fundamentales en el pensamiento espartano. Una de las bases principales del laconismo era el uso de una ironía mordaz, altamente incisiva para provocar al contendiente y hacer reír al aliado, para entrenar esto los jóvenes se sentaban frente a un maestro y debían responder ante sus provocaciones. Si la respuesta o provocación del joven hacía reír al maestro, evitaba el castigo físico, pero si no argumentaba con suficiente rapidez o ingenio, recibía una paliza. El humor debía ser una característica capital ya que era una forma de burlarse de la propia muerte y de pormenorizar todos los riesgos.

Los soldados espartanos utilizaban a menudo el laconismo en batalla casi en forma de un chiste de guerra, en vez de los típicos gritos o sonidos guturales para aterrorizar al enemigo y también evitaban las largas arengas antes de las batallas, sustituyéndolas simplemente por una frase lacónica que podía ser dicha por cualquier soldado, no necesariamente por su rey o general, pues todos tenían el derecho y había sido instruidos en alzar la voz. Curiosamente, los espartanos eran respetados y admirados en toda Grecia por su valentía y excelente formación militar pero habitualmente despreciados y considerados un poco simplones o maleducados en materia de retórica. Paradójicamente los propios espartanos preferían que así fuera, ya que si bien no tenían inconveniente en mostrar a los extranjeros cómo eran sus entrenamientos físicos jamás lo hacían con sus lecciones de retórica, ya que era su arma secreta, por lo que los visitantes se llevaban la imagen de que eran unos nobles brutos poco versados.

Espartiatas entonando y con instrumentos musicales

Espartiatas entonando y con instrumentos musicales

Además, los espartanos eran únicos relatando sus viejas batallas e historias, eso sí de una forma muy particular, muy espartana. Las crónicas eran contadas de generación a generación de una forma narrativa muy directa, no en poética altamente adornada como se hacía en Atenas y otras polis. También solían incluirse detalles técnicos de la batalla, como eran la posición geográfica, las formaciones y las tácticas que se usaron, además de las anécdotas o chistes lacónicos que se hicieron. Siempre tenían un carácter heroico y ejemplificante además de formativo y ensalzaban el espíritu del grupo y la ciudad, colectivo, frente a la valentía individual. Como es lógico, tales historias también estaban bastante resumidas y de hecho existía una cierta competición por ver qué guerrero era capaz de hacer el mejor resumen de la última batalla. El rey o los éforos solían elegir a los mejores oradores para relatar estos sucesos, lo que suponía uno de los mayores honores que un espartano podía recibir, incluso mayor que los militares.

Aunque resulte poco estoico a nuestros ojos, muchas de las lecciones y enseñanzas militares espartanas, así como los planes tácticos e instrucciones de batalla se recitaban en forma de canciones, de esta manera era más sencillo recordarlas y podían “repasarse” mientras se marchaba. Y así también se entrenaba la imagen del colectivo ya que tanto en el canto como en batalla actuaban bien compenetrados de forma coral, suponiendo un impresionante y aterrador efecto el ver a miles de hombres cantando al son, perfectamente rítmicos y entonados.

CONTINÚA…

Vía| Elocuent, Ancientgreek

Imagen| EspartaEspartanasHoplon, espartiatas

En QAH| Agogé: la educación espartana

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