Cultura y Sociedad, Historia 


Cuando el nazismo y el comunismo se dieron la mano

Durante los años treinta del pasado siglo —en el contexto del nacimiento y crecimiento de los totalitarismos en Europa—, Francia y Gran Bretaña mantuvieron una falsa seguridad con su política de apaciguamiento, con la lógica de que Hitler pusiera fin a sus ofensivas tras conseguir sus reivindicaciones territoriales y militares. Así Hitler consiguió, sin apenas oposición de estos dos países, saltarse el Tratado de Versalles, llevando a cabo la remilitarización de Renania en 1936, la anexión de Austria en marzo de 1938 y la ocupación de los Sudetes (región checoslovaca) en octubre de 1938; pero fue cuando Hitler invadió el resto de Checoslovaquia en marzo de 1939 y apuntó a Polonia como siguiente víctima cuando los gobiernos francés y británico comprendieron que la política de apaciguamiento había sido un fracaso.

Así, Neville Chamberlain, primer ministro británico, y su homólogo francés, Edouard Daladier, mostraron su descontento amenazando a Hitler: si el dictador alemán ocupaba Polonia, una reivindicación que siempre había defendido, Gran Bretaña y Francia le declararían la guerra, con un posible apoyo de la URSS. Esto parecía en un primer momento que pudiera contener a Hitler, pero no fue así. Hitler se adelantó y firmó un pacto secreto de no agresión con la Unión Soviética, conocido como el pacto Ribbentrop-Mólotov.

Molotov firma el pacto bajo la mirada de
Von Ribentropp y Stalin

Este tratado de no agresión fue firmado en Moscú el 23 de agosto de 1939 por el ministro de Asuntos Exteriores de Alemania, Joachim von Ribbentrop, y su homólogo ruso, Viacheslav Mólotov, en presencia de Stalin, aunque no de Hitler. Algunos historiadores consideran este acuerdo como una de las principales consecuencias del estallido de la 2º Guerra Mundial y el hecho de que ésta se prolongara durante casi seis años.

El tratado contenía cláusulas de no agresión mutua en caso de controversias territoriales o militares a través de consultas mutuas, así como no formar parte de alianzas con terceros en contra de uno de estos dos países firmantes. A ello se unía el propósito de estrechar vínculos económicos y comerciales otorgándose tratos preferenciales. Y, por último, se establecía un reparto de la Europa del este y central fijando los límites de la influencia alemana y soviética mediante mutuo acuerdo, fijando y respetando las zonas de influencia en Europa de ambas potencias.

De este modo, Alemania se alejaba del peligro de una guerra de dos frentes, tan temida por el ejército alemán y su técnica de la guerra relámpago; y por otro lado la URSS proseguía en su expansión territorial, al reconocerse la libertad de acción sobre Finlandia, Estonia, Letonia, el este de Polonia y Rumania, y así propagar la revolución comunista en otros países. Según explica el marxólogo austríaco Maximilien Rubel “Stalin acordó en 1939 con Hitler un pacto de no agresión, porque le temía más que a nadie”. Joseph Goebbels, ministro de propaganda del Tercer Reich, escribió en su diario el 24 de agosto de 1939: Ayer anunciamos un pacto de no agresión con Moscú. Gran sensación mundial. Todo el equilibrio europeo se tambalea. Londres y París no pueden creerlo. A ver cómo reacciona el mundo ante esta cortina de humo”.

En primavera de 1941 se puso fin a este pacto tras la ofensiva de Alemania sobre territorio soviético, ataque conocido como Operación Barbarroja,  del que hablaré en mi próxima entrega.

Vía| Muy Historia (Número 8) y Pacto Molotov-Ribbentrop (1939)

Más Información| La Vanguardia (24 de agosto de 1939)

Imagen | Google

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