Historia 


¿Cuál era el castigo más atroz en el ejército romano?

Hablar del ejército romano es hablar de disciplina. Roma se convirtió en la madre de prácticamente la totalidad del mundo conocido de su época, y su dominio significó la evolución tanto de Oriente como de Occidente. Desde sus inicios tintados de leyendas, con la monarquía que nació allá por los siglos VIII a VII antes de Cristo, hasta su fin, que comenzó con la caída del Imperio Romano de Occidente en el siglo V, Roma brilló y su luz es recordada como uno de los mayores y más opulentos imperios de la Historia. Su expansión se debió a su poder militar, representado en la figura de su organizado ejército, cuyas rígidas técnicas llevaban a laureadas victorias. Esta disciplina se mantenía gracias a severas doctrinas que, en algunos momentos de la historia del ejército romano, incluyeron violentos castigos.

El ejército romano evolucionó mucho a lo largo de los siglos. Resulta curioso que durante mucho tiempo, los soldados eran simples trabajadores que eran llamados a filas durante las campañas, y que volvían a sus labores una vez finalizada la guerra. Se considera que la profesionalización del ejército comenzó en tiempos de Cayo Mario, en el siglo I antes de Cristo, quien precisamente pasó a la historia como un gran político y militar que reformó el ejército. A partir de estas reformas, Roma pasaría a tener un verdadero ejército profesional en el que la rigurosa organización sería su principal fuerza. Así, podemos hablar de las principales divisiones, que estaban estructuradas en grupos de ochenta soldados, que mantuvieron el nombre de centurias desde que en sus inicios fueran cien los hombres por cada una de ellas. Seis de estas centurias formaban una cohorte con cuatrocientos ochenta soldados. Diez cohortes constituían una legión, y los ejércitos agrupaban entre dos y seis legiones habitualmente.

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En la serie Spartacus: War Of The Damned el condenado a morir saca una piedra blanca

La Historia normalmente nos presenta a los soldados romanos como disciplinados guerreros que luchaban por el honor y la gloria de Roma. Así era, y es por ello que los más duros castigos estaban destinados a los comportamientos relacionados con la insumisión, la cobardía, la rebelión o la deserción. El más cruel de estos castigos, aplicados en casos de extrema gravedad, se conocía con el nombre de decimatio. De aquí vendría el actual verbo “diezmar” que normalmente utilizamos para referirnos a la disminución en número. Concretamente significaría: quitar uno de cada diez. Y eso, precisamente, era lo que se hacía mediante este castigo. La cohorte o cohortes que habían estado inmiscuidas en el delito, eran seleccionadas y divididas en grupos de diez hombres. Por cada uno de esos grupos, y de manera totalmente aleatoria, se escogía a un soldado, sin distinción de rango. Los nueve restantes eran obligados a matar a golpes de vara a ese elegido. En algunos casos se utilizaba la lapidación. De cualquier modo, la decimatio suponía una dura pena, tanto para el condenado a morir como para el condenado a matar a su propio compañero de una manera tan salvaje. Además, los supervivientes debían abandonar el campamento establecido, pasando las noches fuera, lo que en medio de una campaña suponía un verdadero peligro al quedar a merced del enemigo.

Ilustración del diezmado

Ilustración del diezmado

Son varios los casos documentados que conocemos en los que se utilizó este castigo. Ya en el año 294 antes de Cristo, durante la Tercera Guerra Samnita, el censor Apio Claudio aplicó la decimatio a garrotazos a una unidad de infantería que había sido localizada abandonando la batalla. Durante la rebelión de los esclavos liderada por el gladiador Espartaco en el siglo I antes de Cristo, Marco Licinio Craso, quien conseguiría acabar con dicha revuelta, también impuso este castigo a una unidad que huyó ante la fiereza de los adversarios. El propio Marco Antonio diezmó a dos cohortes que habían actuado con cobardía permitiendo al enemigo incendiar sus máquinas de asedio. En el año 18, toda una legión, la III Augusta, en África, fue sometida a la pena de decimatio por haber huido de la batalla contra los númidas. Se cree que la última vez que se aplicó este castigo fue en el año 69, en tiempos del emperador Galba.

Sin embargo, este tipo de ajusticiamientos muchas veces generaban el efecto contrario. Lejos de afianzar la fidelidad de los soldados, se despertaba en ellos una sensación de desvinculación, rompiéndose el espíritu de grupo y estimulando una sensación de desconfianza hacia los líderes que imponían tales penas. El propio emperador bizantino Mauricio I dejó escrito en su manual militar Strategikon su opinión acerca de este tipo de castigos, afirmando que el daño que hacían a la moral de las tropas era peor que el propio delito cometido. Partimos de la certeza de que las unidades afectadas perdían una décima parte de sus soldados, y el estado en el que quedaban los restantes sería más bien de dudosa efectividad. La brutalidad de la decimatio contrasta con la rigurosidad con la que se aplicaban otros castigos. Siempre que la pena no fuera la muerte, el encargado de aplicar el castigo no podía excederse en la ejecución del mismo, puesto que en caso de que el condenado muriese, el verdugo sería sometido al mismo final. El atroz acto de la decimatio invita a pensar si las deserciones no se harían en muchos casos, precisamente, para evitar este tipo de castigos.

En colaboración con QAH| Corresponsal en la Historia

Vía| Matyszak, Philip. Legionario. Manual del soldado romano. Editorial Akal. Madrid, 2010

Imagen| Ilustración

En QAH| El ejército romano (II): División interna

 

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