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¿Consumir pornografía gratuita?

La pornografía de por sí no es ni buena ni mala. Nos ayuda a satisfacer uno de nuestros muchos instintos de forma entretenida y sin mucha complicación. A lo largo de toda la historia, el ser humano ha producido diferentes imágenes para satisfacer sus necesidades eróticas. Se trata de fantasías que representan la abundancia sexual sin las complicaciones de las relaciones reales. No hay conversación, no hay cortejo, no hay dulzura, simplemente sexo.

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El problema surge cuando una conducta placentera como el sexo pasa a convertirse en un comportamiento inevitable, deteriorando las relaciones familiares, afectivas, sociales, económicas o laborales. Es entonces cuando su consumo compulsivo lo convierte en una disfunción sexual: el Trastorno de la Hipersexualidad o “adicción al sexo”.

photographer-234907_640 (1)Los expertos definen este trastorno como una pérdida de control de la conducta en la que se incrementa progresivamente la frecuencia de la actividad sexual, tanto a nivel de fantasías, como de la utilización compulsiva de diversos medios (Internet) o el comportamiento sexual abierto, no discriminado y compulsivo con conductas sexuales, anónimas o no, pero múltiples y breves.

Con la llegada de Internet la oferta y el acceso libre y gratuito a contenidos pornográficos se ha multiplicado. Se calcula que existen ya 25 millones de páginas web con esta temática. Esto, lógicamente, ha disparado el consumo de pornografía hasta cuotas desconocidas y ha multiplicado el número de adicciones diagnosticadas qué, por desgracia, los expertos consideran que no son más que la punta del iceberg.

Mientras, el negocio del porno a través de Internet mueve millones de euros. La intimidad y la privacidad de la red han permitido que filias y fetiches ocultos se conviertan en mercado, gracias a la facilidad de difusión. Los sitios web porno populares de Internet generan un tráfico generan de visitas equiparables a Google o Facebook. Y con todo lo anterior, y como en casi todos los casos en los que analizamos el impacto que Internet y las redes sociales han tenido en la sociedad contemporánea, nos enfrentamos al debate que surge del acceso inmediato, libre y gratuito a todo tipo de contenidos en la Red. Hay casos obvios en los que es desaconsejable que se permita ese acceso. Todos estaríamos de acuerdo en limitar el acceso de menores a este tipo de contenidos.

Pero a no todos les gusta que se tomen medidas que, justificadas por la adecuación del contenido a determinados usuarios, restrinjan el libre acceso a cualquier contenido que deseemos compartir o usar para fines propios. Pero más allá del debate ético o moral que podamos plantear, y al igual que en otros muchos campos, la tecnología nos da la respuesta. Es imposible controlar el acceso a Internet o censurar los contenidos a los que se accede, por lo qué, en realidad depende de cómo cada uno se maneje en Internet y como de eficiente sea la educación que imparte sobre el uso de Internet dentro de su ámbito familiar.

¿Tú qué opinas?

Por Juan Canut

 

 

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