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¿Considerar un simple apretón de manos como garantía de un acuerdo?

Si hablamos de llegar a un acuerdo, considerar el apretón de manos como única garantía de su cumplimiento parece poco seguro. Lo más conveniente es recoger documentalmente aquello que se ha pactado, aunque para un contrato, como mero acuerdo de voluntades, bastaría con dar la palabra o un apretón de manos. En concreto, nuestro Código Civil establece que el contrato es el “acuerdo de voluntades sobre causa y cosa que son objeto del contrato” sin especificar la manera en que se establezca la relación entre las partes. Aunque se admite legalmente, hay ocasiones en que, además de exigirse la forma escrita interviene una tercera persona cualificada como podría ser un Notario.

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Sin embargo, aun resultando más seguro sellar acuerdos mediante documentos firmados, hoy en día se sigue utilizando aquella máxima del derecho romano que dice “pacta sunt servanda” -los pactos deben cumplirse-. Confiar en la buena voluntad y “trigo limpio” de los contrarios es algo impensable para muchos pero que algunas personas continúan haciendo. Respecto a la conveniencia o no es preciso tener presente algo importante: las palabras y los gestos pueden olvidarse o desaparecer pero lo escrito siempre permanece. En este sentido, cuando es necesario establecer nuevos términos o comprobar si se cumplen las premisas establecidas en cualquier contrato o pacto, contar con un documento escrito facilita la tarea porque no hay que recordar, sino simplemente leer lo que en su momento se firmó. No basta con tener buena fe o memoria, a veces es imprescindible, práctico y fiable poder recurrir a un documento.
office-227168_640Las relaciones personales son propensas a este tipo de acuerdo. Entre amigos o familiares es más frecuente encontrar el apretón de manos como firma y en ciertos casos la vida personal y los negocios se entrecruzan dando pie al uso de esta fórmula. Establecer una verdad absoluta sobre este tema no es posible. Allá cada cual con lo qué hace, acuerda, firma o dice.

 

Y tú, ¿qué opinas?

Por María Font

 

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