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¿Considerar que la prostitución debe ser una actividad económica?

La prostitución existe desde tiempo inmemorial. Esta actividad es motivo de grandes controversias desde el momento en que se ha establecido en algunos países como actividad económica. La conveniencia o no de esta medida ha motivado la aparición de grandes defensores y detractores al tiempo. El hecho de que en la prostitución, y todo lo que le rodea, existan intereses económicos, políticos, sociales y, sobre todo, humanitarios, supone un maremagnum de criterios argumentados a favor y en contra de su regulación.

 

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Uno de los puntos más polémicos es el tráfico de seres humanos. El que haya personas que ejerzan la prostitución de forma voluntaria no quita para que la realidad de muchas otras sea una vida de esclavitud. Someter a otros a hacer cosas en contra de su voluntad es algo muy habitual en este mundo. Hay un mercado o tráfico de personas que, habida cuenta de los pingües beneficios económicos que se desprenden de la prostitución como negocio, prolifera auspiciado por gente sin escrúpulos. Niños, niñas, mujeres y hombres son víctimas de redes internacionales y nacionales de explotación que ejercen un poder absoluto sobre ellos y les dejan sin libertad de elección. Tratar a las personas como ganado es el lado más oscuro de esta actividad.

girl-114441_640girl-114441_640girl-114441_640Tener presente este punto negro de criminalidad y falta de humanidad es necesario a la hora de abordar su regulación como actividad económica. Si esta legalización terminará con las implicaciones delictivas, que caracterizan gran parte de las transacciones que se realizan, se estaría ganando parte de una gran batalla por los derechos humanos. Si la nueva consideración sólo va a ser una forma de legalizar los abusos, que en muchos casos se cometen, serviría sólo a medias.

 

Está claro que regularla supone considerarla como una profesión más con sus derechos y obligaciones. Pero hay que ser cautos en el cómo para no beneficiar únicamente a los explotadores de personas.

 

 

Y tú, ¿qué opinas?

 

Por María Font

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