Neurociencia 


Conducta antisocial, ¿cuáles son sus correlatos biológicos?

Para comenzar, y en base a una revisión dentro del amplio abanico científico de estudios sobre este tema,  me referiré a la conducta antisocial como una serie de características del comportamiento de cualquier individuo tales como: conducta exagerada, destructiva, exteriorización, infracontrol, desafiante, antisocial o delincuencia.

Dentro de la naturaleza del ser humano se encuentra la capacidad de mostrar tasas de conductas agresivas que varían en intensidad como condición biológica y natural para defenderse él mismo, a los suyos o su territorio.  Cuando a esta condición biológica le acompañan factores socioculturales, políticos, económicos y personales, se convierte en una agresividad descontrolada o violencia (San Martín, 2002).  En la medida en que este tipo de conductas resulten problemáticas el individuo puede verse envuelto en acciones que van en contra de las normas impuestas en la sociedad.

La conducta antisocial hace referencia básicamente a una diversidad de actos que violan las normas sociales y los derechos de los demás. No obstante, el término de conducta antisocial es bastante ambiguo, y, en no pocas ocasiones, se emplea haciendo referencia a un amplio conjunto de conductas claramente sin delimitar. El que una conducta se catalogue como antisocial, puede depender de juicios acerca de la severidad de los actos y de su alejamiento de las pautas normativas, en función de la edad del individuo, el sexo, la clase social y otras consideraciones.

No obstante, el punto de referencia para la conducta antisocial, siempre es el contexto sociocultural en que surge tal conducta; no habiendo criterios objetivos para determinar qué es antisocial y que están libres de juicios subjetivos acerca de lo que es socialmente apropiado (Kazdin y Buela-Casal, 2002). Estas conductas que infringen las normas sociales y de convivencia reflejan un grado de severidad que es tanto cuantitativa como cualitativamente diferente del tipo de conductas que aparecen en la vida cotidiana durante la infancia y adolescencia. Las conductas antisociales incluyen así una amplia gama de actividades tales como acciones agresivas, hurtos, vandalismo, piromanía, mentira, absentismo escolar y huidas de casa, entre otras. Aunque estas conductas son diferentes, suelen estar asociadas, pudiendo darse, por tanto, de forma conjunta. Eso sí, todas conllevan de base el infringir reglas y expectativas sociales y son conductas contra el entorno, incluyendo propiedades y personas (Kazdin y Buela-Casal, 2002).

Pero, ¿qué podemos decir de sus correlatos biológicos?621x470_548ef791b93795105f8b4567-1418655634205

Existen una serie de factores neurobiológicos de la conducta antisocial:

1.- Estudios genéticos de la conducta antisocial, las investigaciones teorizan que el trastorno antisocial de la personalidad puede emerger cuando la persona con predisposición genotípica experimentan estrés en su ambiente. Los estudios relacionados con la genética explican la variación de la conducta antisocial pero no cómo la genética y el ambiente operan para influir en ella (Baker, 2004). Los conocimientos en genética de la conducta, permiten mostrar la relación existente entre ciertas alteraciones genéticas y algunas enfermedades hereditarias. La genética y el ambiente subyacen la conducta antisocial, que puede cambiar según la combinación de estos dos factores a lo largo de la vida, debido a los múltiples factores ambientales y a un sinfín de modificaciones en las redes neuronales y los neurotransmisores.

2.-Alteraciones neuroquímicas en la conducta antisocial, los factores ambientales, pueden influir y de hecho influyen, en el cerebro, como es el caso del estrés producido por ciertos eventos. En primera instancia, la reacción más sistemática ante el estrés es la del hipotálamo. Esta estructura estimula a la glándula pineal para que libera hormonas que van a estimular la producción y secreción del cortisol, que coordina efectos en varios órganos para ayudar al cuerpo a enfrentarse a un estímulo estresante. El estrés también altera el funcionamiento de otros neurotransmisores como el ácido gamma-aminobutírico (GABA) y la transmisión serotoninérgica que, parecen, en condiciones normales, inhibir conductas agresivas y controlar los estados emocionales. Por otro lado, la red de la noradrenalina se origina en el locus coeruleus asciende a las estructuras límbicas que incluye la amígdala, el septum y el hipocampo y llega a la neocorteza. La noradrenalina afecta al estado de alerta que está vinculado con los eventos de maltrato, y la disminución en su producción predispone a la emisión de conductas antisociales.

3.- Los estudios realizados con técnicas de neuroimagen proporcioan datos importantes a cerca de funciones de ciertas áreas del cerebro de aquellos sujetos que manifiestan conductas antisociales. La Tomografía de Emisión de Positrones (PET) ha permitido visualizar en sujetos antisociales, hipometabolismo en aquellas zonas del cerebro que se encuentran involucradas en la reacción y la modulación emocional, como la corteza prefrontal y la amígdala (Raine, 1999). En estudios con Resonancia Magnética (RMF), el sistema neuronal subyacente en el proceso emocional encontraron anormalidades en la función de las estructuras del sistema límbico y la corteza frontal durante el procesamiento de estímulos afectivos. Se mostraron alteraciones en el cíngulo anterior, la amígdala, el estriado ventral y formación hipocampal, generalmente asociados con procesos relacionados con la emoción y la memoria. Por tanto, las reacciones emocionales y las funciones cognoscitivas y comportamentales que son inherentes a las conductas antisociales, podrían estar mediadas por la corteza prefrontal, estructuras del complejo sistema límbico, como el hipocampo y la amígdala entre otras y sus interconexiones (Kielne et al. 2001).

Podemos decir que la agresividad es una conducta cuya función es la superveniencia y que,a pesar de tener una raíz en los engranajes neuroendocrinos, presenta notorias influencias de la mediación social y cultural (Tobeña, 2001). 

4.- En cuanto a las alteraciones neuropsicológicas, en algunos sujetos puede encontrarse un patrón de disfunciones clínicas, propiamente neuropsicologicas, que podrían corresponderse con el funcionamiento e interconexión de la corteza prefrontal y algunas estructuras del sistema límbico como el hipocampo y la amígdala. Las funciones ejecutivas, que hacen referencia a las capacidades imlicadas en: percepción de la relación con el entorno, planificación para su logro, pensamiento alternativo, valoración de posibilidades y elección de una de ellas; la ejecución, como capacidad para iniciar, proseguir y detener conductas de forma ordenada, llevar a cabo la ejecución de forma eficaz, relacionada con la habilidad para controlar, auto corregir, etc; son los componentes más destacados en diferentes medios asociados a las conductas antisociales.  En la revisión realizada por Teichner y Golden (2000) se concluyó que, en general, los jóvenes delincuentes manifiestan déficit en las habilidades que involucran flexibilidad cognitiva, habilidades de planificación, formulación de metas, deterioro en la atención, concentración y en la inhibición de conductas agresivas.

En resumen, los sujetos antisociales existe un componente hereditario, genético u hormonal que le llevara a comportarse de forma antisocial. Una alteración en los neurotransmisores asociada a la baja actividad de la corteza prefrontal podría predisponer a la manifestación de conductas antisociales. Neuropsicológicamente, un funcionamiento prefrontal reducido puede traducirse en una pérdida de inhibición o control de estructuras subcorticales, como la amígdala y el hipocampo, asociadas a impulsos emocionales. flexibilidad intelectual, el razonamiento y la habilidad para resolver problemas, así como la disminución en la capacidad para usar la información suministradas por autorregulación verbal, puede deteriorar seriamente las habilidades sociales necesarias para plantear soluciones no-agresivas a los conflictos (Bonilla, J. y Fernández-Guinea, S, 2006).

Sin una predisposición genética,  facilitación cognitiva y social, las conductas antisociales no se presentarían.

Por lo tanto, la inferencia terapéutica actual debería dirigirse a técnicas de intervención cognitivas, conductules y sociales a la espera de un mayor control genético sobre el cuál en la actualidad no podemos actuar, o así lo creemos.

VÍA |   http://masterforense.com/pdf/2006/2006art4.pdf

http://ijnp.oxfordjournals.org/content/early/2014/12/09/ijnp.pyu107

IMAGEN | Conducta Antisocial

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