Especial Isabel, Historia 


Con la Iglesia hemos topado: los inicios del Santo Oficio en tiempos de los Reyes Católicos (II)

Retomamos pues la cuestión donde la dejamos.

Organización: Suprema, Consejos y tribunales inferiores

La escueta organización prevista en la bula de 1478 se desarrolló rápidamente por medio de nuevas bulas y órdenes reales, creándose un entramado de tribunales sometidos al mando único del Consejo de la General y Suprema Inquisición (conocido por elipsis de su nombre como la Suprema), cuyos miembros eran nombrados por el Rey de entre una terna propuesta por el Inquisidor General, quien presidia el Consejo. A su vez, este designaba directamente (esto es, sin necesidad de confirmación regia) al fiscal. Este fue el único Consejo en la miríada de organismos del régimen polisinodial que emergía en época de los Reyes Católicos, junto con el Consejo de Guerra y el Consejo de Estado, gozaba de jurisdicción universal en todos los dominios de la Monarquía Hispánica. Al frente de la Suprema se encontraba el Inquisidor General, máxima magistratura de la institución y cuyo primer titular fue el célebre dominico fray Tomás de Torquemada. Torquemada no sólo organizó eficazmente la estructura del Santo Oficio, también dictó una serie de Instrucciones regulatorias del proceso inquisitorial (todas las dictadas bajo su mandato recibieron el nombre de Instrucciones Viejas). Es este tema muy interesante pero que no podemos detenernos a examinar aquí, por lo que aguardaremos mejor ocasión para darle justo análisis en postrer artículo. Tras Torquemada, ocuparían el cargo distintas figuras de gran altura humanista, como Jiménez de Cisneros, Adriano de Utrecht (quien sería después Romano Pontífice), Alfonso Manrique o Fernando Valdés.

Por debajo de la Suprema, se erigían los distintos Consejos, organizados por razón de lugar (Castilla, Aragón, Italia…) que agrupaban los tribunales inferiores, órganos sobre los que recaía el grueso de la labor inquisitorial. Tras una primera etapa en que fueron itinerantes, se establecieron en ciudades donde se consideraba mayor la presencia de herejes, tales como Zaragoza, Sevilla, Barcelona, Llerena… Además del inquisidor-juez titular del tribunal y de sus distintos auxiliares (trataremos este tema en profundidad en nuestro futuro artículo sobre el proceso inquisitorial), debe resaltarse la figura de los familiares. Se trataba de individuos que, no formando parte del Santo Oficio, colaboraban en la detección de la herejía, mediante denuncia o acusación ante la autoridad pertinente. La historiografía dominante, tributaria en su mayoría de la Leyenda Negra, los describe como una marabunta de individuos de la más baja estofa, de cuyo nombramiento no quedaba traza escrita alguna y que actuaban sin exhibir acreditación alguna de sus poderes. Tal es el retrato que hace de ellos el duque de Saint-Simon tras su estancia en Madrid como embajador del Rey Cristianísimo. Sin embargo, la lectura de las Instrucciones Nuevas dictadas por la Suprema tras el mandato de Torquemada, desvela un celo inusual para la época en el proceder de los familiares. Para empezar, sólo podían ser nombrados familiares individuos casados, de reputación intachable y sobre los que se conducía una cuidadosa investigación para comprobar su buena fe y honradez. De hecho, muchos próceres (como don Lope de Vega y Carpio o el padre del mismísimo Miguel de Cervantes Saavedra) y Grandes de España fueron familiares. Una vez nombrados, sus poderes quedaban recogidos por escrito y por duplicado (una copia para el familiar y otra para el tribunal, de forma a poder descubrir diplomas falsos) y un Notario daba fe de su contenido y de la identidad de las partes. Asimismo, debían exhibir sus poderes en todas las actuaciones que entablasen en nombre del Santo Oficio.

Intervención en la expulsión de los judíos

La expulsión de los judíos, según la serie "Isabel"

La expulsión de los judíos, según la serie “Isabel”

Suele achacarse la responsabilidad de la decisión de expulsar a los hijos de Israel de los reinos españoles a las ponzoñosas palabras vertidas por Torquemada en los oídos de los Reyes Católicos. Nada más lejos de la realidad. La copiosa exposición de motivos del decreto de expulsión del 31 de marzo de 1492 se remite constantemente a las deliberaciones de las Cortes de Toledo celebradas en 1480, cuando la Inquisición apenas echaba a andar y su influencia era mínima. La propia historiografía judía ha llegado a reconocer que la cabeza pensante de la expulsión, y quien logro vencer las dudas del Rey Fernando fue Isabel, y no Torquemada. J. Dumont, tras analizar el tema, concluye que la única intervención de Torquemada en un proceso y en una decisión exclusivamente reales (y no inquisitoriales) consistió en dar un plazo de 9 días más a los judíos, habida cuenta del tiempo trascurrido entre la firma del decreto y su promulgación. Finalmente, ningún bien que los judíos se vieron obligados a dejar atrás fue a parar a las arcas del Santo Oficio, sino que se destinó a las reales haciendas.

Balance de la actuación inquisitorial en España

No podemos acabar esta crónica sin hacer breve balance del total de condenados que sucumbieron en las hogueras del Santo Oficio, tema recurrente al tratar esta materia donde los haya. Desde que quien fue secretario del Santo Oficio, fray Juan Antonio Llorente, publicase en 1822 en París su Historia Crítica de la Inquisición, la inmensa mayoría de la historiografía moderna ha tomado por buenas las cifras de quien, como personaje de primer rango de la institución, debía conocer mejor sus actuaciones. La obra de Llorente apunta un total de 341.021 condenados, desglosados de la siguiente manera: 31.912 quemados vivos, 17.659 quemados en efigie y 291.450 condenados a penitencias varias (penas leves tales como el encierro en monasterio u hospital, abjuración, retractación o multa). Aún tomando la cifra de condenados a muerte por la Inquisición española como válida (veremos enseguida que no lo es), comprobamos que queda muy lejos de los 100.000 muertos que dejaron en Francia las guerras entre católicos y hugonotes, las 100.000 brujas quemadas en el Sacro Imperio durante el siglo XVII (según H. Kamen), los 40.000 irlandeses pasados por las armas o esclavizados por los ingleses o el millón y medio de protestantes que se vieron obligados a abandonar los países en que reinaba la feliz tolerancia religiosa rumbo a América del Norte, por miedo a ser pasados por las armas por la secta dominante de turno.

Pero resulta además que las cifras de Llorente son redomadamente falsarias, y basta la lectura de su propia obra para percatarse de ello. Admitiendo que carece de documentación suficiente como para contabilizar los condenados por cada tribunal en toda su historia, extrapola para los tres siglos de existencia de la Inquisición los datos de los primeros años del Tribunal de Sevilla. Sacando un número medio de entre diversas fuentes (aunque acaba sumando los datos de los historiadores Bernáldez y Mariana), lo divide por la mitad y supone que este número se repite año tras año durante tres siglos, y que todos los tribunales tuvieron la misma actividad [1]. Estas cifras, rechazadas incluso por historiadores bastante anti-españoles como H. Kamen, suelen enarbolarse como bandera negra que señala el oscurantismo y la intolerancia de España y de los españoles, mientras que los historiadores más serios (F. Braudel, L. Poliakov) simplemente reconocen que no hay forma de conocer exactamente el número de condenados por la Inquisición, aunque también sostienen que fueron muchísimas menos que las que pretende Llorente.

Tribunal de la Inquisición, de Francisco de Goya 1819

Tribunal de la Inquisición, de Francisco de Goya 1819

Para terminar, quisiéramos mencionar que, cuando Llorente escribe este estudio, la Inquisición hacía tiempo que no condenaba a nadie en España, mientras que en la muy liberal Inglaterra se seguía decapitando a los unitaristas (seguidores de la doctrina que niega la Santísima Trinidad).

Creemos que no se necesitan muchas más pruebas para rebatir la mendacidad de las acusaciones vertidas contra la Inquisición española (y por extensión, contra España), pero a quien desee instruirse en profundidad sobre tan interesante tema no podemos dejar de recomendarle los libros en que hemos pasado este artículo.

El Santo Oficio termina su andadura en 1834, suprimido por orden de Isabel II, si bien había sido abolida (formalmente, sin efectos reales) por las Cortes de Cádiz en 1812.

Vía| Procès contradictoire de l’inquisition espagnole, Jean Dumont. Les grandes erreurs historiques (Éditions Famot); La Leyenda Negra, Julián Juderías (Editora Nacional Madrid, 1967).

Imagen| Torquemada, Expulsión judíos, Tribunal de la Inquisición

Vídeo| Evangelizar con una mano y perseguir al hereje con la otra, ¿Podía condenar a muerte la Inquisición?

En QAH| La forja de los Reyes Católicos: Madrigal de las Altas Torres y Sos del Rey Católico; Los Pactos de Guisando; Colón antes del Descubrimiento; Dos reinas, un solo trono; El poder de los nobles en la Castilla del siglo XV; El Portugal coetáneo de los Reyes Católicos; El conflicto catalano-aragonés: 10 años de guerra;  Hernando de Talavera y su papel en la Corte; Los judíos en España hasta su expulsión en 1492; Hacia la modernidad. El ejército de los Reyes Católicos; Isabel de Solís (Zoraida) y su influencia en la corte nazarí; La Guerra de Granada; La rendición de Granada; Tras la huella de los Reyes Católicos en los monasterios de España; La España de los cinco reinos: El origen del escudo español actual; Creación apogeo y ocaso de la Inquisición española; Con la Iglesia hemos topado: Los inicios del Santo Oficio en tiempos de los Reyes Católicos (I)


[1] Más adelante en su obra, Llorente lleva a sostener la sandez de que, al ser España más fértil que Francia, de no haber existido la Inquisición nuestro país habría albergado 28 millones de almas a principios del siglo XIX, que por entonces sólo contaba 11 (y dado que Francia sí llegaba a los 28 millones). Es decir, se añadirían 17 millones de víctimas indirectas a la cuenta del Santo Oficio.

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