Especial Isabel, Historia 


Con la Iglesia hemos topado: los inicios del Santo Oficio en tiempos de los Reyes Católicos (I)

«EXURGE DOMINE ET JUDICA CAUSAM TUAM» (Álzate, oh Dios a defender Tu causa),Salmo 73 (74), que rodea a modo de lema el escudo de la Inquisición Española.

De las múltiples e hirientes falacias que la Leyenda Negra de España –inventada puerilmente por los holandeses en el siglo XVI y recogida y desarrollada con entusiasmo febril por ingleses, franceses y alemanes desde entonces hasta ahora- ha difundido sobre nuestra historia, probablemente la Inquisición española se lleva la peor parte. Sin bajar al detalle de todos los ataques de la Leyenda Negra, es el objeto de este artículo hacer sucinta crónica de los primeros pasos del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición bajo el reinado de los Reyes Católicos, así como esbozar su desarrollo posterior.

Antecedentes europeos de la Inquisición española

Expulsión cátara de Carcasona

Expulsión cátara de Carcasona

El empleo del castigo físico para el mantenimiento de la unidad religiosa y la persecución de los crímenes contra la fe no son en modo alguno invención española, y los últimos años del Bajo Imperio Romano así lo atestiguan. Edictos de los emperadores Constantino, Arcadio y Honorio ya contenían disposiciones para detectar y reprimir la herejía, cuestión importante en los años de formación de la doctrina cristiana. Estas primigenias formas de represión serían objeto de un primer intento de organización ante la amenaza de la herejía cátara (siglo XII), con el establecimiento de la Inquisición episcopal. Este primer instrumento, administrado por los obispos locales y sin sujeción a un poder central, fue sustituido en el siglo XIII por la Inquisición pontificia, ya bajo poder directo de Roma. Esta institución fue implantada en Francia, la Península Italiana, el Sacro Imperio Romano Germánico y la Corona de Aragón [1], mas no en Castilla.

Constitución de la Inquisición Real española

Debe buscarse la causa de la implantación de una Inquisición de cuño y bajo mando real en la oleada de conversiones de judíos a la fe cristiana, motivada por la creciente tensión entre comunidades religiosas que venía creciendo desde finales del siglo XIV (suscitada eminentemente por el acaparamiento de grandes fortunas y relevantes cargos públicos en manos de judíos). Andando el tiempo, las autoridades castellanas descubrieron que la mayoría de estas conversiones no eran sinceras, sino motivadas por el deseo de escapar a las persecuciones y de acceder a puestos vetados a los judíos (los denominados marranos o falsos conversos).

En efecto, una cosa era que la Corona y la Iglesia permitieran una cierta tolerancia religiosa en sus dominios y otra muy distinta que se permitiese que aquellos que se decían cristianos practicaran secretamente sus antiguos ritos judaicos, a los que habían renunciado. Este crimen contra la majestad divina no podía quedar impune de acuerdo con el pensamiento de la época (otra cosa es intentar entenderlo con nuestra mentalidad actual, ejercicio nada fácil si no se quiere caer en simplezas). De este modo, se empezó a gestar la idea de instaurar un mecanismo de represión de esta clase de herejía (como veremos más adelante, las actividades judaizantes constituían graves crímenes contra la fe). Tras ser convencida de la conveniencia de este proceder, la Reina Isabel I de Castilla solicita al Papa Sixto IV la creación de un Tribunal Inquisitorial con jurisdicción en Castilla y bajo mando de la Corona, petición a la que el Solio Pontificio da satisfacción con la bula Exigit sincerat devotionis de 1 de noviembre de 1478.

Empero, el recién creado Tribunal no habría de entrar inmediatamente en funcionamiento, convencidos los Reyes Católicos de la necesidad de abrir un periodo de gracia en el que se intentara devolver a la fe a los falsos conversos mediante medios pacíficos. Se inicia así una intensa campaña de evangelización, patrocinada por los obispos andaluces y la propia Corona. Los predicadores acuden a la puerta de los conversos para convencerlos de que abandonen sus prácticas judaizantes y abracen sinceramente, tal y como prometieron al ser bautizados, la religión de Cristo. Sin embargo, muy escasos resultados produjo esta campaña, negándose los conversos en su mayoría a escuchar a los predicadores o prometiendo acciones que luego resultaban no cumplir. Cuando los Reyes Católicos recibieron con decepción la noticia de este fracaso, decidieron que el tiempo de la clemencia había pasado, nombrando a los dos primeros inquisidores (Miguel de Morillo y Juan de San Martín, ambos dominicos) y a un asesor (Juan Ruiz de Medina) en Medina del Campo el 27 de noviembre de 1480. Este episodio, como tantos otros que forman parte de la historia de la Inquisición española, es convenientemente olvidado por la historiografía moderna, llegando a sostener historiadores de la talla de Henry Kamen (quien arrastra serios prejuicios en su análisis) o José Antonio Escudero que nada se hizo en los años que trascurrieron entre la creación formal del Santo Oficio y su efectiva puesta en funcionamiento.

Finalizado este periodo de gracia, se publica el primer Edicto de Fe en diciembre de 1480, por el que se anuncia la persecución de los judaizantes en las zonas de Sevilla y Cádiz.

Escudo_inquisicion

Escudo de la Inquisición española. De la Cruz penden una espada, como símbolo de lucha contra el hereje pertinaz, y una rama de olivo, símbolo de reconciliación con los arrepentidos.

Naturaleza y competencias del Santo Oficio

A pesar de lo que pueda pensarse si se procede abruptamente, el Santo Oficio no era un tribunal exclusivamente eclesiástico. El padre Tarsicio de Azcona, al analizar la institución en su magno estudio sobre Isabel de Castilla, concluye que se trata de un ente mixto, al mismo tiempo real y eclesiástico, tal y como demuestran los siguientes elementos:

         I.            Todos sus miembros eran nombrados por la Corona, si bien algunos de ellos (como el Inquisidor General) debían ser posteriormente confirmados por Roma;

       II.            La ejecución de las penas corporales recaía en el poder civil (la relajación al brazo secular), dado que la Iglesia tiene prohibido derramar sangre de sus hijos, aún de los más rebeldes; y

      III.            El Santo Oficio aunaba competencias exclusivamente religiosas (represión de ofensas contra la fe, como la herejía, la blasfemia, la bigamia, la sodomía…) y puntualmente servía a fines de la Corona (tales como la persecución del felón Antonio Pérez y otros [2]).

Según la mayor parte de la historiografía, en el hecho de constituirse en Inquisición real, y en cierto modo ajena al control del Romano Pontífice, radica la auténtica singularidad de la Inquisición española.

El inicial propósito de combatir la herejía de los conversos judaizantes (esta práctica se consideraba herética desde las decretales de Bonifacio VIII) quedó rápidamente eclipsado (en parte por su rápida depuración) por la lucha contra los delitos contra la fe de todo tipo, como la sodomía, la bigamia, la poligamia, la poliandria, la blasfemia, la brujería, la nigromancia…

Representación de la Matanza de San Bartolomé de François Dubois

Representación de la Matanza de San Bartolomé de François Dubois

Con el estallido de la Reforma y el desencadenamiento de las terribles guerras de religión que asolaron Europa en los siglos XVI y XVII, la persecución de la herejía adquirió proporciones mucho mayores. Sirva a modo de definición de herejía la extraída del canon 751 del corpus iuris canonici «Se llama herejía la negación pertinaz, después de recibido el bautismo, de una verdad que ha de creerse con fe divina y católica, o la duda pertinaz sobre la misma». Puede verse que se trata de la ofensa contra la fe que consiste en los apartamientos más graves del dogma. Es singularmente relevante esta lucha contra la secta de Lutero, pues una vez extinguidos los focos de protestantismo de Sevilla y Valladolid, la presencia protestante prácticamente desaparece de España. A costa de algunas ejecuciones en la hoguera, España se libra, a juicio de los historiadores más autorizados e imparciales (J. Dumont, J. Juderías, entre otros) de las enormes masacres que habría supuesto una guerra de religión, mal menor que desde luego parece compensar las enormes matanzas que sufrían los países tildados de «liberales» como Inglaterra, donde al decir de J. Dumont, Enrique VIII perseguía a los católicos, María a los anglicanos e Isabel a los católicos y a los calvinistas.

En las Indias, la Inquisición recibió una misión adicional: la protección del indio. En efecto, las protectoras Leyes de Indias le conferían un estatuto igual al del español venido de la península, y conocedores los monarcas españoles de las dificultades de hacer cumplir tan deseable precepto allende los mares, encomendaron su vigilancia a quien más era temido por los propios españoles. Así, Humboldt, al relatar sus viajes por la América española en la segunda mitad del siglo XVIII, escribe que no había mejor lugar en aquel continente para vivir para un esclavo que en los dominios del Rey Católico. Describe cómo los esclavos de los españoles tenían derecho a casarse, a ganar dinero, a comprar su libertad y a no sufrir trato vejatorio de sus amos. Y también cómo en caso de verse vulnerados sus derechos, podían acudir prestos a denunciar estos abusos al Santo Oficio. Dada la escasa reputación de Humboldt como pro-español, no vemos motivo para levantar testimonio de duda sobre su narración.

Índice de libros prohibidos por la Inquisición, o Index librorum prohibitorum et expurgatorum

Índice de libros prohibidos por la Inquisición, o Index librorum prohibitorum et expurgatorum

Otro punto en el que detenerse es el de la censura inquisitorial. Desde que el Inquisidor General Valdés publicase el primer Index en 1559, prácticamente cada sucesor en su cargo lo completaba con nuevas obras prohibidas que ponían en peligro la integridad de la fe. Aunque resulte de todo punto intolerable para la mentalidad actual, fuertemente influenciada por los prejuicios de la Ilustración francesa [3], hay que señalar que, como claman la mayoría de los autores respetables y no imbuidos de prejuicios antiespañoles, los dos Siglos de Oro de las letras españolas coincidieron con los de mayor actividad del Santo Oficio, lo que parece minar la afirmación general de que la Inquisición privó a España de toda cultura. Así, algunos diputados liberales (que a juicio de H. Kamen hablaban sin tener mucha idea del papel que había desempeñado el Santo Oficio en la historia de su país) llegan a declarar durante las sesiones de las Cortes de Cádiz que «se dejó de escribir en España desde que se estableció la Inquisición». Quizás ninguno de estos insignes señores conociese de la existencia de gigantes de las letras como Cervantes, Quevedo, Lope de Vega, Calderón, Tirso de Molina, Rojas, fray Luis de Granada, Boscán, Garcilaso, Fray Luís de León y tantos otros que no encuentran prácticamente parangón en las letras europeas (que de hecho muchas veces se inspiraron, sino copiaron, a los españoles). ¿No conocían a Juan de la Cosa, autor del primer mapamundi? ¿Tampoco a Alonso de Santacruz, que se anticipó en siglo y medio al barón de Humboldt al trazar el primer mapa de las variaciones magnéticas? ¿Por ventura puede ignorarse la inagotable lista de marinos y descubridores españoles que surcaron los mares y arribaron a todas las costas? ¿O a los magníficos arquitectos, pintores y escultores que eran dignos hijos del león español? No parece que pueda sustentarse tal afirmación sin sentar patente de necio o de malvado [4]. Y es que, como decía don Marcelino Menéndez y Pelayo:

«¿Por qué no había industria en España? Por la Inquisición.

¿Por qué somos holgazanes los españoles? Por la Inquisición.

¿Por qué duermen los españoles la siesta? Por la Inquisición.

¿Por qué hay corridas de toros en España? Por la Inquisición »

En la segunda parte de este artículo abordaremos la organización administrativa de la Inquisición, su papel en la expulsión de los judíos en 1492 y haremos final balance de sus tres siglos de Historia.
Vía| Procès contradictoire de l’inquisition espagnole, Jean Dumont. Les grandes erreurs historiques (Éditions Famot); La Leyenda Negra, Julián Juderías (Editora Nacional Madrid, 1967).

[1] Sirva de anécdota que el principal representante de la inquisición pontificia en Aragón fue San Raimundo de Peñafort, patrón de los juristas.

[2] Gregorio Marañón narra en su magistral obra sobre Antonio Pérez que, dada la escasez de fuerzas del orden bajo mando real en la Península Ibérica, la Inquisición fue encargada de la vigilancia de la frontera con Francia para evitar el contrabando de caballos. El fundamento era simple, a la par que alambicado: se presumía que todo tráfico ilícito de equinos al país vecino, entonces sumidos en las guerras de religión, podía servir para sostener la causa de algún príncipe protestante, lo que irremisiblemente redundaba en herejía.

[3] País donde, por cierto, se prohibía la obra del padre Mariana en la que se defendía la justicia de dar muerte al tirano.

[4] Una relación completa, casi inabarcable, de insignes españoles que destacaron por sus contribuciones a las letras, el arte y la ciencia puede ser encontrada en la obra de Julián Juderías, Libro I, Capítulos X y ss.

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