Cultura y Sociedad 


Comprar, tirar, comprar: el secreto de la obsolescencia programada

 Muchos de nosotros nos hemos preguntado más de una vez por qué ese objeto que ayer funcionaba de forma normal de repente hoy ha dejado de servir.

La respuesta a esa pregunta se define con dos palabras: obsolescencia programada. Se trata de establecer una duración de vida determinada al producto mediante la reducción de la calidad del mismo con la intención de que no sea servible de por vida.

¿Quién quiere vender productos que podrían ser mejores?

En 1972 los empleados del parque de bomberos de Livemore, en California, se dieron cuenta de que una de las bombillas de la estación era importante ya que llevaba luciendo desde el año 1901. ¿Quieres verla en directo?

Fue el inventor Adolphe Chaillet quien creó un filamento específicamente diseñado para durar. La fórmula de la bombilla es un misterio que se llevó a la tumba con él, pero aún mayor es el secreto de cómo y por qué este objeto se convirtió en la primera víctima de la obsolescencia programada.

Los productores empezaron a darse cuenta de que ofrecer una bombilla duradera no era la opción más rentable para sus ventas. Necesitaron crear productos de peor calidad, con la intención de que el comprador siempre necesitase renovarlos. En Navidad de 1924 una serie de caballeros se reunieron en Ginebra para firmar un plan encubierto. Fueron los inicios del cártel Phoebus, cuyos creadores incluyeron en la trama a los principales fabricantes mundiales de bombillas.

En 1924 Thomas Edison puso a la venta su primera bombilla cuya duración era de 1500 horas. Más tarde Philips mejoró su calidad hasta ofrecer 2500 horas de luz, y aunque nunca se comercializaron también se diseñaron muchas otras con un alcance de hasta 10000 horas. En aquel momento, Phoebus coaccionó a todos los productores a vender bombillas que durasen un máximo de 1000 horas bajo pena de altas multas a los que no obedeciesen dicha norma. Querían dirigir la producción, mantener las ventas y sobre todo controlar al consumidor.

Con la revolución industrial se abarataron los costes y los productos. Los objetos eran más asequibles ya que se podían producir en masa y con ello surgió la sociedad del consumo: comprar por placer más que por necesidad.

En 1929, la recesión económica de Wall Street hizo que el consumo se parase en seco. Desde Nueva York el inversor Bernard London propuso salir de la depresión haciendo OBLIGATORIA la obsolescencia programada. Aunque nunca se puso en práctica, él sostenía que de ese modo las fábricas seguirían produciendo, la gente comprando y habría trabajo para todos.

En los años 50 la obsolescencia programada volvió a modo de antojo. Se trataba de seducir al consumidor para obtener algo un poco más nuevo y un poco antes de lo necesario. Desde entonces son los propios consumidores quienes piden a gritos las últimas tendencias, aunque no todo el mundo está dispuesto a pagar por ellas.

Sin ir más lejos, Apple fue denunciada por su producción en masa de Ipod, un caro dispositivo electrónico que debe cambiarse por otro nuevo cuando la batería deja de funcionar. Sencillamente, no existía la posibilidad de cambiarla por una nueva, la compañía sólo daba la opción de comprar un nuevo producto. Los demandantes pudieron demostrar que las baterías estaban creadas para durar poco, y tras el juicio Apple accedió a ofrecer un servicio de recambio así como ampliar la garantía a dos años.

La otra cara de la obsolescencia programada es el desecho de los productos que ésta produce. Aunque un tratado internacional prohíbe mandar residuos electrónicos a los países del tercer mundo, la mayoría de ellos terminan en vertederos de dichas tierras tras eludir la norma declarándolos como productos de segunda mano. Mike Anane, un activista medioambiental residente en Ghana, lleva años luchando por demostrar tal atrocidad.

La realidad es que vivimos en un planeta con recursos limitados en el que tanto los consumidores como las grandes compañías deben promover una ética en cuanto al consumo. Medidas como controlar la obsolescencia programada , ofrecer servicios para una adecuada recogida y desecho de los residuos, tener en cuenta el uso de energías renovables y los gastos de transporte o promover una producción leal y consumo responsable son fundamentales.

Cambiar el concepto de la industrialización y darle una visión ecológica puede suponer grandes inversiones en un principio pero es beneficioso a largo plazo. Michael Braungart cree que la industria puede imitar el ciclo de la naturaleza haciendo que los residuos de un procedimiento sean nutrientes para el siguiente, y lo demostró reinventando el proceso de producción de una industria textil. Cambió los productos tóxicos utilizados para teñir los tejidos por otros bio-degradables, de modo que las telas además de ecológicas y fertilizantes eran incluso comestibles.

El documental “Comprar, Tirar, Comprar” explica el origen y desarrollo de tan compleja materia. Para aprender más, aconsejo ver las cuatro partes  online:

http://youtu.be/ugiJz_HXXIg

Y tú, ¿cuándo TIENES que ir de compras?

Vía| Documental “Comprar, tirar, comprar”.

Más información| Una bombilla centenaria ,   La bombilla de Livemore en directo,     Chatarra electrónica Michael Braungart. Cradle to cradle

En QAH| La historia del agua embotellada , Severn Suzuki, la niña que silenció al mundo por 6:32 minutos en 1992

Imagen| Bombilla, Bolsas, Ipod

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