Coaching y Desarrollo Personal, Reflexiones 


¿Cómo se aprende -y desaprende- a ser sexista?

Según la Real Academia Española, el sexismo es la “discriminación de las personas por razón de sexo”, esto es, una actitud que conlleva la infravaloración de las personas en función de su sexo. La Wikipedia lo define de modo similar, pero considera también la discriminación basada en el género.

Dentro del sexismo, encontraríamos tanto el machismo como el hembrismo. Según la RAE, el machismo es una “actitud de prepotencia de los varones respecto de las mujeres”, esto es, una actitud basada en la creencia de que los hombres son superiores a las mujeres. La RAE no recoge actualmente la definición de hembrismo, el cual podríamos definir también como la actitud de prepotencia de las mujeres con respecto a los hombres.

¿Qué tipo de conductas concretas pueden estar englobadas dentro del sexismo?

Como ejemplos, os voy a aportar frases que he leído en los últimos días en redes sociales: “los hombres conducen mejor que las mujeres”, “los hombres son mejores jugando a videojuegos que las mujeres”, “los hombres no pueden criar a los hijos tan bien como lo hacen las mujeres”, etc.,  Además de lo anterior, también son sexistas las conductas como premiar más o dar un premio mayor a hombres que a mujeres (véase el cartel original que presentó el  VI Open Ciudad de Benicàssim, donde el campeón masculino recibiría 1000€ mientras que la campeona femenina 600 -posteriormente fue modificado-).

Las conductas sexistas son conductas aprendidas. Pero… ¿cómo se aprenden? 

Por un lado, pueden haberse adquirido por aprendizaje instruccional. Un niño o niña puede aprender a partir de los enunciados que expresan sus padres. Al igual que aprenden que “no hay que tocar el enchufe porque te puedes electrocutar” sin necesidad de comprobarlo, también pueden aprender reglas sexistas sin llegar a comprobar que realmente es así.

Por otro lado, también pueden haberse adquirido por aprendizaje social. Un niño o niña puede ver en los medios de comunicación conductas discriminatorias que después pueden llegar a imitar. Además, todo aquello que ven, también pueden traducirlo a un determinado enunciado (por ejemplo: “los hombres pueden decir a las mujeres cómo han de vestirse”; “los hombres no son capaces de cuidar a los hijos tan bien como lo hacen las mujeres”).

Una vez se adquieren estas reglas sexistas, pueden guiar el comportamiento. Asimismo, la expresión de las mismas o la manifestación de otras conductas sexistas pueden estar mantenidas por las consecuencias que se derivan o bien porque resultan reforzantes por si mismas. Por ejemplo, una persona puede sentir satisfacción por el mero hecho de decirse “las mujeres somos mejores que los hombres/los hombres somos mejores que las mujeres”. O bien puede ocurrir que al expresarlo, el entorno que esté presente en ese momento muestre aprobación, lo que de nuevo podría estar reforzando la expresión de estas afirmaciones.

¿Qué podemos hacer para cambiar las actitudes sexistas?

Estas actitudes se aprenden (y se pueden desaprender). Por un lado, es especialmente relevante cuidar la educación de los niños y niñas. Igual que pueden llegar a aprender reglas como “los hombres son mejores jugando a videojuegos” “los hombres no son capaces de cuidar bien a los hijos”, pueden aprender que “los hombres y las mujeres son igualmente habilidosos jugando a videojuegos y son igualmente capaces de criar a un hijo”. También es importante fomentar el pensamiento crítico, de modo que sean capaces de cuestionar las reglas sexistas que aun siguen muy presentes en la sociedad.

El cambio es complejo, puesto que no siempre son explícitas estas actitudes. Lo ideal sería poder señalar y destacar las actitudes sexistas y educar en cuál sería la alternativa igualitaria.

Como habéis podido observar, empleo principalmente la palabra “sexismo”, en lugar de hablar específica y particularmente de “machismo” y “hembrismo”. Esto es así porque considero que es importante educar con el objetivo de erradicar las actitudes discriminatorias, independientemente de si se refieren a un sexo o a otro. Y para lograrlo, es importante cuidar nuestras conductas verbales además de las manifiestas. Hemos de tener cuidado para que la lucha contra la actitud discriminatoria englobada en el machismo no nos lleve al polo opuesto (actitudes categorizadas como hembristas), ni a ignorar otro tipo de actos discriminatorios. Esta lucha ha de dirigirse a lograr una educación en torno a la igualdad. Y en este cometido, ha de quedar claro que hombres y mujeres formamos parte del mismo equipo.

 

Vía |Bases sobre Psicología del aprendizaje: Skinner, B. F. (1977). Ciencia y conducta humana. Barcelona: Fontanella.

Imagen| Sexismo

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