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Clavos e incompetencia: un cóctel peligroso para una batalla

Tras su regreso desde la isla de Elba, todo había ido mal para Napoleón: las potencias que estaban discutiendo continuamente en el Congreso de Viena, olvidaron sus diferencias y formaron la VII Coalición contra él.
Rápidamente hubo de levantar un nuevo ejército ante el que se presentó no como el veterano general que había compartido con sus hombres los rigores de la guerra sino con los atuendos imperiales.

elba

Retorno de la isla de Elba

Buena parte de sus mariscales no se encontraban a su disposición: o habían fallecido (caso de su competente jefe de Estado Mayor, Berthier), se habían pasado al campo realista (caso de Marmont) o fueron dejados en retaguardia (como Davout en Paris). Aquellos con los que sí podía contar el emperador, para colmo, fueron asignados en una más que dudosa elección por parte del mismo: a Soult, que se había batido el cobre frente al Duque de Wellington por toda la geografía peninsular, se le nombró jefe de Estado Mayor. Michel Ney, que sí tenía experiencia contra los prusianos y cuyas cualidades intelectuales eran cuando menos limitadas, fue nombre jefe del ala izquierda, la que se iba a enfrenta al duque de hierro.
Así, y pese a la llamada Campaña de los Cien Días comenzó de un modo prometedor, pronto se pusieron de manifiesto unas carencias que se iban a arrastrar hasta el desenlace del 18 de junio de 1815, durante la batalla de Waterloo.
Con objeto de que los aliados no pudieran coordinarse, Napoleón  debía tomar la iniciativa y marchar hacia el norte para derrotar rápidamente a anglobelgas y prusianos, bajo el mando de Wellington y Blücher respectivamente. Usaría una estrategia central, haciendo avanzar a sus hombres entre ambos ejércitos impidiendo su integración y venciéndolos por separado.
Tras cruzar el Sambre, los franceses se encontraron con las fuerzas enemigas en Quatre Bras y Ligny el 16 de junio, desarrollándose dos batallas paralelas en las que la descoordinación de las dos alas del ejército francés fue tal que el cuerpo de ejército de D’Erlon, que podía haber resultado decisivo a la hora de acabar con los prusianos, se paseó entre ambas batallas sin llegar a participar en ninguna y creando una confusión en la de Ligny , al ser enviado a una localidad al sur del dispositivo galo tras confundir en el despacho el nombre de dos poblaciones, lo que hizo retrasar el asalto final de la guardia imperial. La máxima militar, “orden, contraorden, desorden” se manifestó fehacientemente.

Ligny

Batalla de Ligny.

Resultado de las acciones del 16 de junio, fue que los ejércitos aliados escaparon de las garras imperiales: el prusiano hacia Wavre perseguido por Grouchy, y Wellington a Mont Saint Jean, en Waterloo. Este último había mantenido en su poder el cruce de caminos de Quatre Bras pese a que Ney podía haberlo tomado el día anterior a la batalla sin pegar un solo tiro.
Los despropósitos continuaron el 18 de junio, en Waterloo: había llovido durante toda la noche y, Napoleón, decidió retrasar el comienzo de la batalla ante los ejércitos desplegados, con objeto de potenciar el efecto de su artillería, pues el barro absorbería parte del efecto de la misma (principalmente el devastador rebote de los proyectiles). Eso daría tiempo a Blücher a llegar al campo de batalla mientas aún se estaba desarrollando la misma.
Sin embargo, tal vez el fiel de la balanza se decantaría definitivamente a favor de la Coalición a las cuatro de la tarde: tras el infructuoso asalto del castillo de Hougoumont y Le Haye-Sainte, el cuerpo de ejército de D’Erlon asalto el centro aliado a la una sólo para verse desorganizado y siendo perseguido por la caballería de Uxbridge que, en su empuje, se acercó demasiado a las líneas francesas. Frente a los hombres de Somerset y Ponsonby, las brigadas que componían esa caballería, se encontraba el 4º Cuerpo de Ejército de Caballería del general Milhaud, integrado en el ala derecha de Michel Ney.

coraceros

Carga de coraceros

Es precisamente en este momento cuando sucedió uno de los hechos más misteriosos de la Historia Militar: según la historiografía tradicional, Ney, agresivo general de caballería que en varias batallas se había encontrado aislado en la retaguardia enemiga tras efectuar impetuosas cargas (como en Jena), ordenó la carga de los 5000 jinetes olvidándose de ordenar a la infantería bajo su mando que los siguiera.
Sin embargo, la carta del capitán Fortune Brack, del 2º de lanceros de la caballería ligera de la guardia, explica que la carga fue fortuita:


Exaltados por nuestro reciente éxito contra Ponsonby, y por el movimiento de avance que ví que estaban realizando los coraceros a nuestra derecha, exclamé; ¡Los ingleses están perdidos! La posición a la que han sido empujados lo deja claro. Sólo pueden replegarse a través de una estrecha carretera flanqueada por bosques intransitables. ¡Una sola piedra rota en ese camino hará que todo su ejército se nuestro! ¡O bien su general es el más ignorante de los oficiales o ha perdido la cabeza! Los ingleses tomarán conciencia de su situación. Fijaos, mirad, han desenganchado sus cañones”.
Yo no era consciente del hecho de que las baterías inglesas solían combatir desenganchadas.
Hablé a grandes voces y mis palabras fueron escuchadas. Unos cuantos oficiales del frente de nuestro regimiento se adelantaron para unirse a nuestro grupo. La hilera derecha de la línea del regimiento siguió sus pasos; el movimiento fue imitado por los escuadrones de la izquierda para mantener la alineación, y después por los cazadores a caballo de la Guardia. Este desplazamiento, de sólo unos pocos pasos a la derecha, se hizo más marcado (al ser imitado) a la izquierda. La brigada de los dragones y los granaderos a caballo, que estaban a la espera de la orden de cargar en cualquier momento, creyeron que ésta había sido dada.
Se lanzaron al ataque, ¡y los demás los seguimos!
Así es como se produjo la carga de la caballería imperial, sobre cuyos motivos tantos escritores han especulado de manera tan dispar.
A partir de ese momento, alineándonos por la izquierda, cruzamos diagonalmente la  carretera (Charleroi-Bruselas) para tener a la totalidad de la caballería de la Guardia en el lado izquierdo de la ruta en cuestión. Atravesamos el llano, ascendimos por la pendiente de la altiplanicie sobre la que estaba apostado el ejército británico, y atacamos juntos.
El orden en que ese ejército estaba dispuesto, al menos la parte expuesta a nuestra vista, era el siguiente:
A la derecha estaban los Scots Foot, cerca del sotobosque que se extendía hasta la parte inferior de la ladera. Esta infantería abrió contra nosotros un fuego intenso y bien dirigido.
Luego estaban los cuadros de la infantería de línea, ordenados según un patrón de escaques, y después cuadros similares de infantería ligera hannoveriana; a continuación había una granja fortificada (La Haye Sainte).
Entre los cuadros había baterías desenganchadas, cuyos artilleros disparaban y después se ocultaban bajo sus cañones, y detrás de ellos algo de infantería y de caballería.
Entre la granja, a cuya altura casi habíamos llegado, y nosotros estaban cargando los coraceros. Avanzamos entre las baterías, que no conseguimos arrastrar con nosotros.
Dimos la vuelta y acometimos contra los cuadros, que ofrecieron la más honrosa de las resistencias.
Algunos de ellos se mostraban tan impertérritos que seguían disparando salvas sucesivas ordenadamente por hileras.
Se ha dicho que los dragones y los granaderos franceses a caballo a nuestra izquierda rompieron varios cuadros, personalmente yo no vi tal cosa. Y puedo afirmar que nosotros, los lanceros, no tuvimos la misma suerte, y que cruzamos nuestras lanzas con las bayonetas inglesas en vano. Muchos de nuestros soldados arrojaron sus armas como lanzas contra las filas delanteras intentando romper los cuadros.
El gasto en munición por parte de la primera línea de los ingleses, y el patrón compacto de los cuadros que la componían, significaba que los disparos se realizaban a quemarropa, pero fueron los daños que la artillería y los cuadros de la segunda línea nos estaban causando, en ausencia de todo apoyo de la infantería y la artillería a nuestro ataque, lo que determinó nuestra retirada.
Nos desplazamos lentamente y nos volvimos de nuevo hacia el frente al llegar al fondo de la pendiente, de modo que apenas alcanzábamos a distinguir el frente inglés.
Fue entonces cuando el mariscal Ney, sólo y sin que ninguno de sus mandos lo acompañase, cabalgó a lo largo de nuestro frente, arengándonos, llamando a los oficiales que conocía por su nombre. Su rostro reflejaba angustia y gritaba una y otra vez: “¡Franceses, mantengámonos firmes! ¡Es aquí donde se encuentran las llaves de nuestra libertad!” Le cito palabra por palabra.
Cinco veces repetimos la carga; pero dado que las condiciones permanecieron inalteradas, retornamos a nuestra posición rezagada cinco veces.

Capitán Fortune Brack.
2º de Lanceros de la caballería ligera de la Guardia.
1835


Ney, arrastrado por la situación, se dejaría arrastrar por la marea de jinetes que sobrepasaron la posición de la artillería de Wellington sin inutilizar los cañones: estas armas, que se cargaban por la boca del arma, conectaba la carga de pólvora propelente con el exterior por un pequeño orificio llamado oído y, para disparar, se acercaba una mecha encendida al mismo lo que provocaba que la chispa pasara al interior del cañón haciendo detonar la pólvora. Los cañones se inutilizaban clavando un clavo en el oído.
La caballería se encontraba dando vueltas alrededor de los cuadros enemigos, sin poder romper la mayoría de los mismos (sólo la desmoralización de los hombres o el atacarlos en el momento en que se estaban formando, podían romper una formación en cuadro) y recibiendo una granizada de fuego que iba mermando paulatinamente a los hombres de Milhaud.

cañón

Cañón de época napoleónica.

Cuando Napoleón se dio cuenta de lo que estaba sucediendo, ordenó a Soult que enviara a la infantería de apoyo.
Los ingleses, mientras tanto, tenían la percepción de que la batalla estaría perdida en cuanto esa infantería llegara o en cuanto la caballería girara sus propios cañones y los apuntara sobre los muy vulnerables a la artillería cuadros. Sin embargo, Wellington ordenó en ese momento a Uxbridge que reuniera toda la caballería que pudiera encontrar y la lanzara sobre los franceses antes de que llegara la temida infantería.
El coronel Heymés, ayuda de campo de Ney, se dio cuenta en este preciso momento de que no se habían inutilizado los cañones y solicitó a sus hombres clavos para hacerlo: en cada unidad, varios hombres eran los encargados de llevar clavos y martillos, sin embargo, parecía que todos ellos hubieran caído en acción previamente.

Cuadro

Cuadro de infantería británica en Waterloo

Uxbridge cargó contra la caballería gala que, extenuada por la carga y el combate, fue incapaz de hacerle frente. Desorganizada, se retiró a sus propias líneas, dejando que los aliados recuperaran su artillería que, pronto, la volvieron a utilizar.
La batalla se había perdido definitivamente y unos clavos y la incompetencia de un general que nunca debió estar al mando de un ala del ejército francés, habían sido los causantes. El ataque de la guardia joven, la última resistencia de la vieja guardia, que muere pero no se rinde, fueron los últimos actos de una campaña que fue de mal en peor. Bien decía Tsun Tzu que la batalla la gana el que comete menos errores.

En colaboración con| Historia Rei Militaris.

Vía| Durschmied, Erik: El factor clave. Cómo el azar y la estupidez han cambiado la historia. Ed. Salvat, 2002.

Más información| González Martín, Francisco J.: Las batallas gemelas. Quatre Bras y Ligny (16 de junio de 1815). HRM Ediciones, Zaragoza 2015.

Barbero, AlessandroLa batalla. Historia de Waterloo. Ed. Destino, 2004.
Hofschröer, PeterWaterloo. Ariel, 2005.

Imágenes| Retorno de Elba, Batalla de Ligny, Carga de coraceros, Cañón, Cuadro.

En QAH| ¡Doscientos años de Historia nos contemplan!; Rothschild y Waterloo, el poder de la información

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