Historia 


Cincinnatus, Gaius et alii

Últimamente me desayuno a Mary Beard. Con una buena taza de Early Grey y el aire acondicionado a una temperatura parecida a la del limes en Vindolanda -a los ingleses hay que leerles en contexto-, durante la hora prima doy cuenta de su nuevo y revelador libro SPQR. Una historia de la antigua Roma (Crítica, 2016).

1.-Mary Beard

Y oigan, es para partirse, pero por no llorar. Mientras subrayo y anoto al margen de cara a una reseña crítica, mi mente relaciona algunos de los hechos y personajes de la vieja urbe con nuestro actual panorama político. Llámenme enrevesado, que lo soy, pero como decían aquellos, “nihil novum sub sole”.

Verán, todo empezó con la historia de un personaje que hoy día habita en el neblinoso espacio liminal existente entre historia y leyenda, pero el caso resulta muy ejemplificador y merece la pena rescatarlo. Lucius Quincius Cincinnatus –Cincinato para los amigos- vivió a mediados del siglo V a. E., en los albores de la República (vid. págs. 146-147). Nuestro protagonista ha pasado a los anales, casi exclusivamente, por un hecho que resultó tan asombroso a los antiguos que consideraron necesario fijarlo por escrito para que no cayese en el olvido: aquel, tras haber ejercido un cargo político -el de dictador, ni más ni menos-, una vez cumplido el trabajo para el que se le habían concedido aquellos poderes absolutos y extraordinarios, abandonó el cargo y retomó sus quehaceres cotidianos como un simple y llano agricultor. Aquello debió ser la leche, tanto para entonces como para los colonos de una nueva ciudad norteamericana que, muchos siglos después, aún fijándose en su extravagante ejemplo, decidieron ponerle su nombre a la fundación, Cincinnati.

Los yankees, al “granjero que salvó al Estado”, posteriormente le erigieron hasta una escultura y todo. Ahí está, devolviendo las fasces que simbolizan su poder dictatorial (el hacha del medio, representa la potestad de administrar vida y muerte a su discreción, en plan Guardia Civil) y cogiendo el arado del labriego al que volvió tras ejercer su cargo una vez  resuelta la crisis temporal que afectaba a Roma.

2.-Cincinnatus (Cincinnati) [1 MB]

¿Quién sabe si realmente existió Cincinato o sólo fue una interesada creación posterior con el fin de recordar a los prohombres de la toga  –ejem, ejem– que no debían aferrarse al cargo hasta la eternidad?

Pues miren, leyendo este pasaje del libro de nuestra admirada catedrática de Clásicas de Cambridge -reciente (y merecidísimo) premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales– mi mente, sin duda pasada de teína, lo he puesto en relación con Cayo Lara, Gaius para los romanos. ¡Patres conscripti!, no se aspavienten por tamaña osadía, déjenme explicarles. Como bien sabrán, porque la noticia ha tenido muchos voceros, hace pocos días el ex líder de Izquierda Unida publicó un tuit en el que anunciaba a sus cientos de miles de seguidores que, tras haber cedido el testigo, pasaba a engrosar las pingües listas de desempleados que tiene España.

Y yo me pregunto ¿acaso esto debe ser noticia? ¿Es necesario jactarse de un hecho que debería ser normal? Pues sí y no, que hay para todos. En este, nuestro país, donde en cada manifestación popular -en el estricto sentido romano del término- se recuerda a nuestros dirigentes (políticos, hay bien pocos o ninguno) que dimitir no es un nombre ruso, el gesto de abandonar un cargo y sueldo dejando que la nueva savia regenere, es de agradecer. Pero considero que este tipo de triste cotidianeidad (“apuntarme al paro”) debería hacerse sin pretensión de eco, con la naturalidad de la supuestamente hizo gala Cincinato. Si el hecho merece salir en los papeles que sea otro el que lo juzgue y publique la foto del otrora poderoso pasando a ser uno más inter pares. Ibidem con respecto a Andrés Herzog. ¡Por lo menos no se hicieron un selfie!, creo…

3.-Tuit

A este respecto, el libro de Mary Beard, que cuando le da es tan ácida e irónica como siempre rigurosa, proporciona al lector tan amplia serie de fortuitas coincidencias con nuestro presente que a ratos se diría escrito por una compatriota sardónica. Para su minucioso análisis escojo el té, con leche y mucho azúcar, porque en sí ya tiene buenas dosis de amargor como para regarlo con expreso.

Cuando uno lee que Cicerón -al que, por cierto, pone de vuelta y media- dijo que el mítico rey Servio Tulio “dividió al pueblo (…) para asegurar que el poder del voto no estuviera bajo el control de la chusma sino de los ricos, procurando así que el mayor número no tuviera el mayor poder”, afirmando a continuación que aquello era “un principio al que siempre deberíamos adherirnos en política” (Pág. 114), lo escrito por aquel homo novus hecho a sí mismo, tan loado hasta entonces por miles de palmeros, nos suena bastante y él empieza a caernos gordo.

Esta mañana mismo, con las tostadas, al enterarme de que a comienzos del siglo I a. E. el rey oriental Mitrídates VI fue “convertido en un práctico enemigo en los círculos políticos romanos”, un oportuno “coco que justificaba campañas potencialmente lucrativas” (Pág. 288), me ha venido a la mente el reciente y envidiable informe Chilcot sobre la intervención británica en la última guerra iraquí. El saber que Lucio Cornelio Sila -otro dictador romano que luchó contra aquel monarca- al final de sus días escribió unas memorias exculpatorias para intentar justificar sus variados desmanes (Pág. 266), inevitablemente me ha recordado a nuestro ex presidente Aznar remitiéndose a las suyas a la hora de dar explicaciones sobre la decisión de participar en un conflicto contra un país dotado de unas armas de destrucción masiva inexistentes (menos mal que nuestro por aquel entonces Ministro de Defensa, Federico Trillo,  ha salido raudo en su apoyo afirmando que “España no fue a la guerra de Irak”…y el video que en cariñosa respuesta publicó poco después Pérez-Reverte en su Twitter -donde se puede ver a varios soldados españoles batiéndose el cobre en Nayaf– debe ser un montaje de mal gusto).

Continuando con la lectura me entero de que poco tiempo después, Cicerón, de nuevo, quien abogó por otorgar a Pompeyo ingentes medios y poderes para combatir a los piratas en el Este, “admitió también haberse doblegado a los intereses comerciales de Roma, preocupado por los efectos que la prolongada inestabilidad, real o imaginaria, de Oriente pudieran tener sobre los beneficios privados y también sobre la economía del Estado”. Y culmina la profesora: “En el mundo antiguo los piratas eran una amenaza endémica y una expresión de temor convenientemente indefinida, no muy diferente del moderno «terrorista»” (Págs. 288-289)…

Sí, puede que sea un paranoico y coja las cosas por los pelos -de la calva de César, permítanmelo- pero cuando leo que se atribuye a Yugurta la siguiente y profética frase “Roma es una ciudad en venta y condenada a caer tan pronto como encuentre comprador” (Pág. 283), por la parte que les toca me vienen a la mente las esculturas clásicas tapadas para que sus desnudos no hiriesen la sensibilidad del presidente iraní durante su último viaje de negocios a la capital de Italia.

También podría hablarles de las subastas al mejor postor en las que el Estado privatizaba determinadas y lucrativas parcelas de la administración pública (Pág. 280), de las medidas electorales que tuvieron que tomarse para evitar los habituales pucherazos (Pág. 278) o “de los delitos que los romanos podían cometer en el extranjero, bajo la capa protectora a su estatus oficial” (Pág. 270), que en particular tanto se asemejan al último lío de nuestro embajador en la India, Gustavo de Arístegui. Pero hoy me quedo con la alarmante historia del incidente acaecido en el teatro de Ásculo, allá por el año 91 a. E., el cual para la autora inglesa supuso un detonante de la guerra social que se dio en las postrimerías de la República. Aquella jornada en el graderío había de todo, pero “a la parte romana de la multitud no le había gustado la postura antirromana de un actor cómico y lo atacó con tanta violencia que acabó por matar al desgraciado comediante” (Pág. 267). Menos mal que la concurrencia que boicoteó la obra de Paco León, ¡Cómo está Madriz!, no llegó a tal punto de indignación, pero tiempo al tiempo, quién sabe…

¿Hasta cuándo, nuestros particulares Catilinas, abusarán de nuestra paciencia? Es difícil saberlo. Para ver si me entero prosigo con la lectura de esta maravillosa obra, que tan bien ejemplifica aquella máxima de “el pueblo que no conoce su historia está condenado a repetirla”. Todos los caminos llevan a Roma y en estas páginas no falta ninguno de los figurantes de nuestro particular foro: los viejos patricios salvapatrias, los nuevos arribistas que arrogándose la potestad tribunicia dicen luchar por los derechos de la plebe, e incluso, por si echaban de menos a alguno, ciertos sacerdotes conservadores velando por los intereses de su lobby.

Pues lo dicho, “nada hay nuevo bajo el sol”…bueno, sí, en Hispania le hemos puesto un impuesto, valga la redundancia.

Vía| BEARD, M., SPQR. Una historia de la antigua Roma, Barcelona, Crítica, 2016 (2015). Págs. 146-147; HAZEL, J., Quién es quién en la Antigua Roma, Madrid, Acento, 2002 (2001). Pág. 102.

Imágenes| Mary Beard;  Escultura de Cincinato; Tuit de Cayo Lara.

 

 

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