Coaching Profesional 


Cerrar puertas, abrir ventanas

“Todo comienza con el perdón, porque para sanar al mundo, primero tenemos que curarnos a nosotros mismos”.  -Michael Jackson.

A lo largo de nuestra trayectoria, vamos atravesando infinitud de momentos de todo tipo e, indudablemente, no todos serán siempre de nuestro agrado por lo que creo que estaremos de acuerdo al afirmar que en la vida existen mejores y peores momentos.

Todos y cada uno de nosotros en algún instante de nuestra vida hemos actuado de manera que consideramos inadecuada o inapropiada y, acto seguido, tras ser conscientes de ello, tratamos de vencer nuestro orgullo y nuestro ego esforzándonos por pedir disculpas, perdonar al otro por nuestras “malas” acciones de la misma forma que esperamos, en ocasiones en vano, una disculpa cuando alguien obra inadecuadamente con nosotros.

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Perdonarse

Todo lo anterior, en mayor o menor medida puede resultarnos familiar y común en nuestras vidas pero por el camino siempre acabamos olvidando un aspecto verdaderamente importante y es que, ¿acaso no deberíamos ser capaces de perdonarnos a nosotros mismos? ¿Quién no ha vivido con un sentimiento de culpa, insatisfacción, infelicidad llegando incluso a la incapacidad todo ello originado por no ser capaz de perdonarse por sus propios errores?

Como seres humanos que somos, errar es nuestra única manera de aprender pero, ¿Qué pasa si no somos capaces de perdonamos a nosotros mismos por cada error cometido? Es impensable tan siquiera llegar a plantearse la idea de tener que vivir llevando a cuestas ese lastre y más cuando se convierte justamente en el detonante que nos acaba invadiendo la mente llegando hasta el punto de sentirnos incapaces de continuar nuestro camino. ¿No creéis?

Parémonos un momento a reflexionar sobre lo incoherentes que llegamos a ser a veces. La situación sería similar a la siguiente: cometemos errores, nos juzgamos por ello y, en lugar de aprender de lo ocurrido y que nos sirva de lección para avanzar, muy al contrario viene a vernos un sentimiento de culpa e incapacidad haciéndonos sentir de lo más despreciables e impidiéndonos seguir hacia delante. Es justo ahí donde inicia el temible círculo vicioso.

En ese preciso momento se hace necesario dejar atrás todo aquello que nos impide avanzar, nuestros sentimientos de culpa, fracaso e incapacidad abriendo paso a una nueva y mejor versión de nosotros mismos, despegándonos y desechando todas esas autoetiquetas que ¡Hay que ver cómo nos gusta autocalificarnos, sobre todo despectivamente!

Es hora de cerrar puertas, abrir ventanas y sentir cómo el aire invade nuestro rostro.

Abrir ventanas

Es hora de perdonarnos por nuestros errores pasados, presentes y por qué no, por los futuros porque todos sabemos que es nuestra más preciada herramienta de aprendizaje,  aprender de intentos fallidos que tanto nos encanta llamar fracasos y enfrentarnos a la persona más crítica a la que jamás nos enfrentaremos nunca. Y sí, hablo de un enfrentamiento cara a cara, frente a frente con  nosotros mismos. Hablo de actuar con la suficiente valentía como para hacer introspección, aceptarnos tal y como somos pero mediante una aceptación sincera, real y profunda, mirando cara a cara nuestros miedos y enfrentándonos a ellos en el campo de batalla. Hablo de hacer un pulso debilidades vs fortalezas y ganarlo mediante la armonía. De buscar esa paz interior tan ansiada mejorando aquello que no te haga feliz y dejando atrás todo tipo de reproches, críticas y juicios de valor tan dañinos para nuestro ser.

Siguiendo a Gandhi, “Perdonar es el valor de los valientes. Solamente aquel que es bastante fuerte para perdonar una ofensa, sabe amar” Quizás por ello considero que perdonarse a uno mismo es de los actos más complejos y a la vez gratificantes por ser la única manera de reconocer que somos humanos, imperfectos y adoramos por encima de todo cada una de esas cosas por formar parte de nuestro ser.

Vía| Belén González

Imagen| Pexels, We love it

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