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Categorías esteticas. Lo sublime (I)

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“La balsa de la Medusa”. Théodore Géricault, 1819. Museo del Louvre.

Según Kant, en su “Crítica del juicio” la estética es la disciplina que estudia e investiga el origen sistemático del sentimiento puro y su manifestación, que es el arte. Podríamos decir que es la ciencia que reflexiona sobre  los problemas del arte.

Existen categorías tales como lo bello, lo feo, lo sublime, lo grotesco, lo siniestro, lo trágico, lo cómico, lo ridículo, lo gracioso… En esta serie de artículos nos centraremos en lo sublime.

La categoría estética de lo sublime tiene una fuente fundamental para su estudio: la “Indagación filosófica sobre nuestras ideas de lo sublime y lo bello” escrita en 1757 por el filósofo y político dublinés Edmun Burke. En su obra encontramos las bases para identificar ese componente de lo sublime en el arte.

La categoría estética se gesta en una nueva sociedad en la que la experiencia, la percepción sensorial, la imaginación y la subjetividad del individuo cobran una importancia que antes jamás habían tenido, comenzando a imponerse como nuevos medios de conocimiento, de explicación y de representación de la realidad.

Era mucha la tinta que hasta mediados del siglo XVIII se había derramado para definir la belleza, pero en cambio eran muy pocos los elementos con los que Burke contaba a la hora de establecer las características de lo sublime. El primer autor que habla acerca de lo sublime es Longino, y desde sus primitivas pinceladas parte el pensador para dar una nueva dimensión a lo sublime. No obstante es mucho más fuerte la influencia que recibió de Milton. Su obra “El Paraíso perdido” es un gran ejemplo cargado de imágenes de lo sublime, como las descripciones del infierno y las criaturas que lo habitan. Muy posteriormente, Víctor Hugo también mencionará El “Paraíso perdido” en el revelador prefacio de “Cromwell”, en el que además lleva a cabo un estudio sobre las categorías estéticas anunciando un nuevo tipo de gusto, el gusto por lo feo, por lo grotesco (del que hablaremos en otro artículo).

Centrándonos en el “Paraíso perdido” de Milton, allí encontramos pasajes como estos:

[…] Un antro horrible, por todos los lado
Acosado por un gran horno en llamas,
Llamas que calor no dan, sino visibles
Tinieblas que solo servían para descubrir escenas de infortunio,
Regiones de dolor, lúgubres sombras,
En donde nunca la paz y el descanso
Podían habitar, ni la esperanza
Si jamás venía, y tortura sin fin,
Siempre afilada, y un ardiente diluvio
Fomentado con un incombustible
Azufre abrasador. […] […] Por sombríos
Y fatigosos valles atraviesan,
Y por muchos parajes dolorosos,
Helados y encendidos Alpes, peñas,
Cuevas, lagos, estanques, lodazales,
Cavernas y sombras de muerte, al que Dios creó
Universo por maldición, y sólo bueno
Para el mal, donde la vida muere,
La muerte vive, y la Naturaleza
Perversa engendra seres que son todo
Lo monstruoso, abominable, indecible
Y prodigioso que las fábulas han
Forjado o el miedo ha concebido. […]

Llegados a este punto resulta inevitable relacionar lo sublime con el dolor. Una de las razones que hace que una obra sublime pueda llamarse así, es que las impresiones que causa están en la delgada línea que separa dolor y placer. Se encuentran es ese punto intermedio y comparten elementos de uno y de otro. En su ensayo, Burke considera sublime todo aquello que sirve para excitar las ideas de dolor y peligro.

Todo esto produce un tipo de emoción más fuerte, ya que el dolor suele causar experiencias más intensas que el placer, por eso nos atraen cuadros tan polémicos en su tiempo como “La balsa de la Medusa”, un acontecimiento real que Géricault representó 2 años después del desastre de la fragata Méduse, o series especialmente escabrosas de Goya, como Los desastres de la guerra, también inspirados en hechos que pudieron tener lugar. Yendo más lejos, también suele causar una admiración especial las torturas de los infiernos medievales. Incluso el éxito de la tragedia griega radica en ese placer que el espectador siente al ser testigo del dolor de los personajes.

El miedo es una pasión estrechamente ligada con la percepción de dolor e incluso de muerte. El miedo conduce lentamente hacia el terror, y el terror es el principio predominante de lo sublime. El terror es, como afirma Ángel González “una máquina de hacer vacío”. Pero de “vacío” hablaremos en el siguiente artículo de esta serie sobre lo sublime.

Vía| BURKE, Edmun: De lo sublime y de lo bello. Madrid. Alianza, 2005.

Imagen| Géricault

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