Historia 


Campesino, General, Dictador, Héroe

Estatua de Cincinato en Schönbrunn

Estatua de Cincinato en Schönbrunn

A lo largo de la Historia no son pocos los que han sido reconocidos universalmente como héroes nacionales o de guerra, sin embargo, todos han tenido sus claroscuros de virtud y la mayor parte de ellos conservan celosamente en sus tumbas los secretos que les han llevado a amasar tanto poder en vida. Irremediablemente, todo héroe o gobernante ha tenido un periodo de cenit y ascenso, y otro de caída y descrédito, ya sea en su mismo tiempo o posteriormente. A tantos otros desafortunados, la consagración les ha venido póstumamente y no han podido saborear las mieles del triunfo.

Cuando hablamos de la Antigua Roma todos pensamos en el Imperio de los siglos I y II d.C., fechas en que sin duda la civilización romana adquirió el summum del progreso social, artístico e intelectual, y la hegemonía policomilitar en más de medio Mundo. En cambio, los inicios no son sencillos y como otros imperios, también los romanos han sufrido momentos problemáticos y convulsos. Si bien se dice que de los momentos de desesperación surgen los héroes, para revertir las tragedias, en la Antigua República de Roma surgió literalmente. Más de cuatrocientos años antes de que el primer emperador fuera laureado, la orgullosa Roma estaba privada de su posterior esplendor y gobernada en forma de república senatorial. En aquellos tiempos, hacia el año 460 a.C., la campiña italiana estaba habitada por multitud de diversos pueblos latinos como los etruscos, los samnitas, los ecuos, los volscos y los propios romanos, mientras que al norte había constantes incursiones celtas y al sur griegas y cartaginesas.

La ciudad de Roma difícilmente podía librar guerras contra todos sus enemigos de la península itálica y dependió totalmente de la pericia de sus generales y la valentía de sus ciudadanos que conformaban un ejército poco numeroso pero soberbiamente organizado. Entre los mejores generales romanos había destacado Lucio Quincio Cincinato -Lucius Quinctius Cincinnatus-, un patricio con unas particulares ideas contrarias al tribunado y a toda la ley escrita, convencido de que la política y la civilización debían fluir como un río sin necesidad de presas, o leyes. Debido a su descontento con las leyes del Senado y a que su hijo Caeso había sido forzosamente exiliado de Roma por hablar y criticar duramente a los tribunos, disgustado, se retiró de la política activa jurando que nunca volvería a intervenir en las decisiones legislativas de Roma. Durante aquel tiempo, se dedicaba a arar con sus propias manos las ricas tierras de su pequeña finca a las orillas del Tíber, cuando recibió la llamada del Senado tras la muerte del cónsul Publio Valerio Publícola en ejercicio de su cargo. El Senado requirió a Cincinato para mediar entre los tribunos y los plebeyos a propósito de la Ley Terentilia Arsa -que prohibía el intercambio de tierras y la creación de latifundios o mancomunidades entre los plebeyos- y sofocar la revuelta liderada por la aquea Cloelia, para lo que desempeñó el cargo de cónsul suffectus. Lucio Quincio retiró la ley impopular y la rebelión se disipó, a su vez él volvió a sus labores campestres devolviendo el cargo al Senado.

Cincinato abandona el arado

Cincinato abandona el arado para dictar leyes a Roma, 1806, cuadro de Juan Antonio Ribera

En el 458 a.C., se inició la invasión de los ecuos y los volscos que amenazaban con conquistar la propia Roma. El Senado volvió a requerir los servicios de Cincinato al mando de las legiones, esta vez como dictator -o dictador-, cargo pluripotenciario -con poderes absolutos- que se entregaba a los cónsules en casos de severa crisis o extrema necesidad para que desempeñaran su función de forma totalitaria -habitualmente, en ejercicio militar, cuando la capital estaba amenazada-. Si bien la figura de Cincinato es real y verídica, la leyenda que da pie a más interpretaciones cuenta que tenía las manos en el arado cuando recibió los resultados de la votación del Senado que le instauraban en el cargo, como se muestra en el cuadro del pintor español del siglo XIX, Juan Antonio Ribera. Lucio Quincio Cincinato aceptó el honor y se presentó en el Foro a la mañana siguiente con la túnica orlada en púrpura, de dictador. Aquella misma tarde hizo un vehemente discurso ante todos los romanos llamando a las armas para la defensa de Roma. Momentos posteriores, se puso al mando de las legiones y comandó a las huestes hasta el campamento de los ecuos, donde amparado por la medianoche mandó erigir una empalizada alrededor de los invasores, rodeándolos completamente. Los legionarios romanos comenzaron a proferir gritos de guerra en ánimo a los compatriotas que estaban sitiados por los ecuos. Los ánimos surtieron tal efecto que los asediados se lanzaron contra los ecuos con bravura, a su vez los hombres de Cincinato también se arrojaron al combate. Los ecuos invasores cogidos en dos frentes y viéndose totalmente rodeados, se rindieron a las tropas de Cincinato. El dictador les dejó irse libremente y en paz con la condición que entregaran la armas y a sus principales cabecillas, en un gesto de magnanimidad sin precedente para hallarnos en el siglo V a.C. Tras expulsar a los invasores y hacerse con la victoria, Lucio Quincio Cincinato se despojó de la toga dictatorial, le devolvió el poder al Senado y se retiró a su finca con su arado, apenas una semana después. Hay que tener en cuenta que el cargo de dictador aun siendo temporal equivalía a seis meses de poder absoluto en Roma, y podía ser prolongado en caso necesario por el Senado una vez cumplido este plazo.

En el 439 a.C., a la dilatada edad de ochenta años, Cincinato fue requerido por Tito Quincio Capitolino, el cónsul que representaba al Senado en aquel momento, para ocupar el cargo de dictador por segunda vez -aunque existe controversia a este respecto-. El pueblo de Roma padecía una tremenda hambruna por las malas cosechas de trigo de los últimos años y uno de los hombres más ricos de la ciudad, Espurio Melio, aprovechó la funesta situación para intentar dar un golpe de Estado respaldado por su inmensa fortuna. El prohombre había comprado a los etruscos ingentes cantidades de trigo de forma claramente especulativa, y los distribuyó entre el pueblo hambriento. La plebe seducida por sus regalos salvadores le seguía por las calles y le exaltaba hasta cotas consideradas en aquella época ilegales para un particular sin cargo elegido o título senatorial. Sus obsequios y corruptelas con los tribunos hicieron que éstos le ofrecieran formalmente el consulado a cambio de continuar haciéndoles partícipes de sus favores y promesas. Sin duda las intenciones de Melio eran ambiciosas y rápidamente el Senado obtuvo pruebas de los sobornos y oscuras maquinaciones del potentado, entre las que destacaba el almacenamiento de armas y las reuniones secretas con los enemigos de la República de Roma -etruscos, samnitas, ecuos-. Los ancianos senadores estimaron que la libertad del pueblo de Roma estaba en peligro mientras el poder de Melio aumentase y a tal efecto recurrieron otra vez a la dictadura como solución. A pesar de la avanzada edad de Cincinato, su estado de salud físico y su vigor e ingenio intelectual estaban aún intactos. En nombre del senado y de la dictadura Cincinato envió a Cayo Servilio, el magister equitum -comandante de la caballería- a llevar a Melio ante el Foro para ser juzgado y condenado. Espurio Melio comprendió lo sospechoso de la citación y huyó para buscar la protección del pueblo y de los tribunos sobornados; pero, en la fuga, Servilio lo detuvo y le dio muerte.

Estatua de Cincinato sosteniendo un fasces y un arado, la unión del consulado y la labranza

Estatua de Cincinato sosteniendo un fasces y un arado, la unión de la política y la labranza

En el Senado, Lucio Quincio Cincinato le agradeció la labor realizada a Servilio con los honores de un héroe y se retiró a sus labores de labranza, dejando el poder de Roma en manos de los políticos, otra vez.

La historia de la vida de Cincinato era considerada por los historiados e intelectuales romanos, tales como Tito Livio y Catón el Viejo, como la representación del arquetipo de virtud y valores de la República de Roma, entre los que pueden destacarse: la rectitud, la honradez, la integridad, la frugalidad rústica y la falta de ambición y honores personales. Además, todo este cúmulo de virtudes no hicieron menos evidentes su extraordinaria visión estratégica militar y su inigualable talento legislativo y político.

Su figura aún es recordada y reverenciada en muchos lugares del mundo, especialmente en Italia y en Estados Unidos -donde tiene una ciudad con su nombre: Cincinnati, Ohio; y donde se le compara con George Washington, el Cincinato estadounidense-, como el paradigma del perfecto político, muy distante desgraciadamente del actual.

Vía| Biografíasyvidas, amantesdelahistoria

Más información| UNAV

Imágenes| Estatua, CincinatoFascesyarado

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