Historia 


Británicos a la fuga

Para nuestra Europa, paradojas de la vida, el aniversario del centenario de la I Guerra Mundial (1914-1918) está plagado de turbulencias. Siempre se ha visto con un cierto asombro, por parte de los estudiosos posteriores, la exacerbación de los nacionalismos que hubo en cada país al declararse la mencionada guerra. Mandar a una generación hacia el abismo nunca ha gustado a ninguna sociedad. Sin embargo, en aquél tiempo se envió a la muerte segura a más de una generación. Únicamente en la batalla de Verdún (1916), una de las más sangrientas, se contabilizaron unos 700.000 fallecidos entre los dos bandos.

Siguiendo con los aniversarios del atroz conflicto nacionalista, el verano nos lleva a recordar la sangrienta batalla acaecida en el valle del río Somme. Entre el inicio de la carnicería, el primero de julio, y el cese de las hostilidades, en noviembre, a causa de una nevada, hubo más de un millón de muertos entre los dos lados del frente. Cada muerto en una guerra es digno de recordar. Las víctimas de la insensatez deben ser rememoradas. Las bajas totales son muchas pero, para esta ocasión, nos incumben unos 20.000 fallecidos y 40.000 heridos. Todos ellos el 1 de julio de 1916. Todos ellos británicos.

Británicos muertos en la batalla del Somme

Británicos muertos en la batalla del Somme

Perecieron por fuego alemán defendiendo territorio francés. No se trata de ninguna anécdota. Estamos hablando de hace una centuria y podríamos encontrar muchísimos ejemplos más. En toda la I Guerra Mundial, así como en la II Guerra Mundial. Estados Unidos decantó las guerras con su potencial a mitad de contienda, los británicos desde el primer día estuvieron, nunca mejor dicho, al pie del cañón. Atrás quedaron la Guerra de los Cien Años (1337-1453) o las de Napoleón (principios del XIX), donde franceses e ingleses no se podía ver.

El polémico periodista francés llamado Gustave Hervé, escribiendo sobre la batalla del Somme, en unos de sus momentos de serenidad, dejo para la eternidad: “Rusos, italianos, ingleses y franceses, por primera vez, se mueven simultáneamente”. La esencia de la idea la hemos perdido hoy en día y seguramente por tal motivo estamos en una Europa unida en la forma pero no el fondo. Hasta tal punto ha llegado el clímax que hace pocos días la sociedad británica ha decidido abandonar un barco que comenzaron a trazar moralmente mucho antes que el día que se signaron el Tratado de Roma (1957).

No me compete valorar si el referéndum debe ser válido en unos ciertos parámetros. El señor Cameron sabía que tenía dos posibilidades al convocarlo, dudo que ignorara que en una votación únicamente existe una opción. En caso de haber solo un posible final no sería una votación. La poca sagacidad política que ha demostrado un gran alumno de la University of Oxford es alarmante. Sus intereses han pasado por encima de sus más de 64 millones de ciudadanos. Está tardando en dimitir.

David Cameron

David Cameron defendiendo la permanencia británica en la UE.

A lo mejor los argumentos históricos no sirvan a la pendenciera posmodernidad. Romper con las raíces es muy tentador pero, como muchas tentaciones, puede resultar peligroso. No obstante, muchas veces han sido los habitantes de las singulares islas que nos han dado lecciones de romper raíces (The Great Charter o The Bill of Rights). Eso sí, siempre con su toque singular.

Según parece, la singularidad de lo sucedido en Reino Unido es que una gran mayoría de los favorables a la desunión con Europa han sido las personas mayores. Es decir, la juventud, hipotéticamente libertina y aventurera, ha preferido seguir con el ancla y contribuir a Europa. Estamos ante unos abuelos que reniegan de sus nietos.

Con lo sucedido en la mañana del pasado 24 de junio, empieza una nueva etapa de la incombustible historia de Europa. Ahora más que nunca, la idea de Josep Fontana cobra todo su sentido misterioso: el futuro es un país extraño. Aunque en nuestro caso podríamos concretar. Sin temor a equivocarnos o a ser corregidos, parafraseando al erudito Tony Judt: algo va muy mal.

Una potencia mundial desea abandonar el proyecto europeo. No se trata de sustituir ahora con París o Berlín a Londres. Simplemente no se puede. Las calles narradas, humanizadas e inmortalizadas de Charles Dickens son Europa. Puede que a muchos les parezca una sombra de lo que ha sido y que deseen marcharse o a otros les apetezca borrarlos del mapa, pero se agradecería que los actores sensatos entraran en juego.

Entrañable imagen sobre la realidad británica y europea de hace unos días en The Guardian

El populismo está sobrevolando Europa. Su planeo es aparentemente sosegado, aunque interiormente convulso. El temblor ha llegado al corazón de la UE y nada indica que no haya sido un golpe mortal. Se debe repensar la política comunitaria. No todos somos Alemania.

Casablanca es parte de Europa, igual que Jerusalén. No se precisa estar en el continente para contener esencia europea. Las dos ciudades han nutrido, a su manera, a los europeos. Los británicos han compartido su realidad con todos nosotros y no podrán negarla. Por muchas votaciones que hagan no la eliminarán. William Shakespeare escribió que fuertes razones crean fuertes acciones. Si los responsables comunitarios suponen en algo llamado “Europa”, que realicen las oportunas labores para sostenerla. Con Gran Bretaña, gracias.

Imágenes | Muertos en Somme, David Cameron, The Guardian

En QAH| Después del Brexit

RELACIONADOS