Patrimonio 


El bodegón flamenco y la pintura de animales

Género bautizado con el nombre de “Still-leven”, cuya denominación sugería la idea de plasmación de la naturaleza en estado de reposo e inmovilidad, esta definición englobaría en una terminología única el amplio abanico de posibilidades lingüísticas tales como bodegón, lienzo de frutas o de flores, pintura de comidas, etc., que la tradición artística ha entendido como el bodegón, o la representación de elementos relacionados con el comer y el beber, la recreación de instrumentos musicales o la exposición de una bella y variada flora y fauna, tratados siempre de manera independiente.

Puesto de mercado con hortalizas, Pieter Artsen. Staatlichen Museen, Berlín.

Puesto de mercado con hortalizas, Pieter Artsen. Staatlichen Museen, Berlín.

Sabemos que desde la Antigüedad ha existido una complacencia por este tipo de pintura, si bien no sería hasta época moderna, cuando las naturalezas muertas adquirieron un perfil verdaderamente definido. De hecho, será en la Flandes del siglo XVI, cuando autores de la talla de Pieter Aertsen o Joachim Beuckelaer, comenzaran a situar los elementos que conforman el bodegón en los primeros planos de sus cuadros, restando así importancia al resto de la composición, e invirtiendo con ello el orden tradicional de los valores. La figura humana (al principio de cuerpo entero, después solo la mitad), acabará por desaparecer, quedando únicamente el bodegón en toda su esencia, es decir, la estimación de los objetos por sí mismos, como elemento principal y protagonista.

Los talleres de pintura de Amberes se especializaron prontamente en la elaboración de bodegones de animales, puesto que nada mejor para los salones con sillones confortables y chimeneas monumentales, eran las escenas de cacerías románticas, cuya contemplación despertaba el apetito voraz de los señores flamencos ante los manjares de rica caza que eran expuestos ante sus ojos (PIJOÁN, 1980).

El gusto por esta clase de escenas se relaciona estrechamente con la pasión por la caza, cultivada por las clases más altas de la sociedad. Se trataba de una de las aficiones características de príncipes y nobles. Un deporte de lujo en el que, en ocasiones, tenían que procurarse de antemano las fieras, para apresarlas en lugares accesibles a la presencia de cazadores. De hecho, se gastaban verdaderas fortunas en expediciones donde los ciervos, jabalíes o venados eran los verdaderos protagonistas.

Caza del venado. Frans Snyders. Museo del Prado

Caza del venado. Frans Snyders. Museo del Prado

En consonancia con estos postulados, los pintores animalistas flamencos pintaron las cacerías haciendo a estas bestias las indiscutibles estrellas del cuadro, tanto que aullidos, rugidos o gruñidos parecen escaparse del lienzo.

Se trataba de representar una iconografía cinegética, que expresara las ideas estéticas de las clases superiores. En las fuentes literarias contemporáneas se la consideraba una manera adecuada de fomentar el valor y el dominio de uno mismo, pues la cacería se transformaba en una lucha heroica entre el hombre y el animal. De ahí que los nuevos ricos burgueses, a quiénes también les estaba permitido celebrar cacerías, anhelasen tener en sus mansiones un recuerdo de las piezas cobradas durante el transcurso de esta elitista afición, a modo de obra artística, la cual podía considerarse como un verdadero trofeo.

Caza del oso, Paul de Vos. Hermitage

Caza del oso, Paul de Vos. Museo del Hermitage

Uno de los grandes maestros dedicados a representar este tipo de composiciones fue Frans Snyders, cuyas obras se caracterizan por el dinamismo y el dramatismo. Colaborador en numerosas ocasiones del gran maestro Rubens, ambos supieron dar lo mejor de sí mismos (uno en la realización de animales y el otro de figuras) en los lienzos flamencos  que tanto gustaron a los monarcas hispanos como adorno de sus palacetes de recreo. Junto a Snyders destaca también la figura de Jan Fyt y sus composiciones elegantes, o Paul de Vos, cuyos cuadros están llenos  de vida y denotan el conocimiento pormenorizado que poseía el artista sobre el comportamiento de los animales en las batidas.

En línea con estas composiciones, existieron también una variedad de pinturas relacionadas con el creciente interés por la representación de escenas con animales vivos en acción, que venían siendo alentadas por la floreciente publicación de fábulas de animales (muy populares durante esos años), y que suponían el resurgimiento de un género clásico que hicieran famosos poetas como Esopo y Fedro. De hecho, en los Países Bajos gozó de gran popularidad la traducción popular de Esopo de Marcus Geeraerts Las verdaderas fábulas de animales de 1567, donde se encerraban toda una serie de mensajes moralizantes.

En relación con ellas, se sitúan las escenas en las que monos, vestidos como personas, imitan todo tipo de actividades humanas. Se trata de unos animales que desde la Edad Media constituían una metáfora satírica de la necedad y del pecado humano en todas sus formas; algo que pintores como el gran David Teniers supieron plasmar en algunos de sus lienzos, donde estos ruidosos animales campean a “sus anchas” por toda la superficie, recreando parodias con una fuerte carga crítica o un símbolo del desenfreno en cualquier dirección.

Monos en la cocina, David Teniers. Hermitage

Monos en la cocina, David Teniers. Museo del Hermitage

Vía| DÍAZ PADRÓN, M., El siglo de Rubens en el Museo del Prado. Catálogo razonado de la pintura flamenca del siglo XVII. Editorial Prensa Ibérica S.A. Museo del Prado, Barcelona, 1995

Más Información| AYALA MALLORY, N. (1995): La pintura flamenca del siglo XVII, Alianza Forma, Madrid; CHONG, A. et alii. (1999): Still-Life painting from the netherlands 1550-1720. Rijksmuseum Amsterdam, The Cleveland Museum or Art the authors and Vitgeveri Waandersbire Zwolle; PIJOÁN, J. (1980): Historia General del Arte. El Arte del Renacimiento en el Norte y el Centro de Europa. Summa Artis, Tº XV, Espasa-Calpe S.A., Madrid.

Imagen| Puesto de mercado con hortalizasCaza del venadoCaza del osoMonos en la cocina

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