Cultura y Sociedad, Patrimonio 


Bartolomé Esteban Murillo y La adoración de los pastores

El menor de catorce hermanos, Bartolomé Esteban Murillo debió nacer en Sevilla en los últimos días de 1617 pues fue bautizado en Sta. María Magdalena el primero de enero de 1618. En la capital andaluza vivió hasta su muerte en 1682. Aunque algunas de sus obras aparecen firmadas con el apellido paterno Esteban, nuestro autor tomó como frecuente usar el segundo materno; María Pérez Murillo.

"Adoración de los pastores", Bartolomé Esteban Murillo.

“Adoración de los pastores”, Bartolomé Esteban Murillo.

Fue Sevilla testigo de una obra amplia y variada, siendo en su mayor parte de temática religiosa, aunque salpicada de delicadas escenas de niños, adolescentes y minuciosos retratos. Su pintura, basada en el estudio de la escuela italiana y flamenca, se adaptó al gusto y la devoción de su país, llegando a ser un pintor de gran prestigio y consideración. Las primeras obras de Murillo denotan una evidente influencia del Naturalismo tenebrista que tanto éxito estaba cosechando en Sevilla por aquellas fechas, teniendo en Zurbarán a su máximo representante. Sería lógico pensar que si el joven Murillo pretende obtener rápidos triunfos será en un estilo admitido por todas las fuerzas artísticas de la ciudad, teniendo tiempo posteriormente de introducir novedades en su pintura. Así, esta Adoración de los Pastores muestra una importante influencia de la obra de Ribera, sin olvidar a Zurbarán y al joven Velázquez.

La obra conforme a la tradición pictórica del Nacimiento que sigue la descripción facilitada en el Evangelio ( Lc, II, 7-20.), nos representa el Nacimiento de Cristo en un pesebre, ejemplo de pobreza y renuncia a los bienes materiales, junto a su Madre vestida con la tradicional saya roja -copartícipe de la Pasión de su hijo- y manto azul –símbolo de la esperanza en el Cielo- y su padre putativo representado como un anciano, rodeados por unos pastores: una mujer, un hombre viejo, un hombre joven y un niño, es decir, todas las edades y todos los sexos: la humanidad acude al Nacimiento de Dios. Todos traen presentes, ejemplo de caridad y reconocimiento de la divinidad del nacido, y unos animales: el buey, que sigue una tradición que surge en los relatos apócrifos de la infancia de Jesús; un gallo y un cordero. El primero se constituiría en símbolo del animal que canta a la salida de un dios; el cordero como símbolo eucarístico de la razón de ser de este Nacimiento. La escena se complementa con un pequeño “rompimiento” en el que unos querubines adoran la escena divina.

Los tonos predominantes son los típicos del Naturalismo: marrones, blancos, sienas y pardos que contrastan con los rojos y azules intensos. No faltan características propiamente murillescas, como la suavidad general del modelado o varios tipos con los que nos volvemos a topar en otras obras del artista, como la Virgen que atiende al Niño o la mujer que le ofrece una cesta de huevos. La pincelada minuciosa del pintor muestra todo tipo de detalles, desde los pliegues de los paños hasta las briznas de paja del pesebre. La composición carece de profundidad, como era habitual, al cerrarse con un fondo neutro normalmente muy oscuro, marcando una típica diagonal barroca aunque aquí no sea muy pronunciada. Como obra barroca que es, trata un tema religioso por excelencia, a través del cual se pueden llegar a descubrir una serie de valores religiosos como la pobreza, la caridad, la adoración de Dios, la humildad o la familia y otros valores dogmáticos como el Nacimiento de Cristo, la Divinidad de su persona o la Virginidad de su Madre, todo ello por medio de unos valores plásticos que tratan de conmover.

Vía | Portús, J.: Guía de la pintura barroca española, Museo del Prado, 2001. Valdivieso González, E.: Pintura Barroca Sevillana. Guadalquivir Ediciones, 2003.

Imagen | Adoración de los pastores 

 

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