Historia 


Balaclava: hacia las fauces del infierno cabalgaron los 600

Ocurrió el 25 de octubre, hace 160 años. Como escenario, los terrenos colindantes a un puerto de Crimea. Los actores, dos habituales del XIX, ingleses contra rusos. Y de obra, la guerra, naturalmente.

Se mascaba la tragedia desde que, el 14 de septiembre de 1854, el ejército de la reina Victoria -irónicamente coaligado con el francés (sobre Waterloo, pelillos a la mar)- desembarcó en la premonitoria bahía Calamidad presto a bajar los humos -o sea, las pretensiones sobre el mundo- a Nicolás I. Tan singular alianza, de cara a la galería, respondía al filantrópico auxilio del enfermo de Europa en la pugna que mantenía desde hacía un año contra las hordas del zar. Pero, obviamente, había algo más. El autócrata ruso ambicionaba expandir sus dominios -hacia el Mediterráneo y Oriente- e Inglaterra, reina de los mares y señora de la India, corrió a parar los pies al eslavo. Otro episodio más del llamado Gran juego que enfrentó a los dos imperios, el león británico contra el oso ruso, por los mismos intereses durante casi un siglo. Lo de que en esta ocasión se llevaran al francés como socio responde únicamente a la necesidad de tenerle vigilado, no en balde en París regía otro Napoleón y había que cubrirse las espaldas.

Pese a que el 20 de septiembre ganaron a los rusos en el río Alma y tuvieron a su alcance la base naval de Sebastopol, el generalato -que en esta campaña fue de traca- malogró su victoria enfangándose en un largo asedio contra el puerto. El comandante en jefe del ejército victoriano, lord Raglan, con un muñón por brazo ganado en Waterloo, tenía que lidiar a diario con la insoportable batalla de egos de dos de sus prime donne, Lucan y Cardigan, aristócratas, de caballería y cuñados irreconciliables que apenas se dirigían palabra. El primero, tenía bajo su mando la totalidad del arma desplegada en Crimea, lo que convertía a su familiar, férula a la sazón de la afamada Brigada Ligera, en un subordinado: James Brudenell, séptimo conde de Cardigan, uno de los personajes más excéntricos que ha dado la fábrica inglesa, ya de por sí fértil en románticos especímenes durante todas las épocas.

James Thomas Brudenell ‘lord Cardigan’ (Francis Grant, ca. 1841)

Este encopetado dandi, tan pagado de sí mismo, capitaneaba a la flor y nata de los jinetes británicos, el 11º de húsares, los llamados ‘culo de cereza’ por los ajustados calzones carmesíes que lucían marcando hacia un flanco. Por aquel entonces, cuando la caballería aún galopaba, el pertenecer a ésta revestía a sus miembros de un irresistible glamour -tanto monta, monta tanto- y Cardigan, dado a lucir palmito, quiso hacer de sus hombres el regimiento más atildado del Imperio. La idea, bastante vistosa, quedó en extravagancia, pero al menos el rojo de sus pantalones -cual capa espartana- mitigó en parte la sangre que iba a derramarse aquel aciago 25 de octubre.

Ese día, en las tierras de Balaclava, se escribió otro capítulo de la historia bélica a costa la incompetencia del mando inglés. A primera hora, los reductos adelantados que protegían las fuerzas turcas sufrieron un asalto ruso. Tras una enconada resistencia, los defensores huyeron de su posición con la vergüenza de haber abandonado cañones ante el enemigo. Cuando los soldados del zar comenzaron a llevarse las piezas, lord Raglan, sobre un altozano, al ver la maniobra, llamó al capitán Nolan para que llevase a la caballería el mensaje de ataque inmediato a fin de impedir la sustracción. Así empezó el desastre.

Lord Lucan, comandante supremo del arma, en una posición más llana, no podía divisar al enemigo contra el que se le ordenaba arremeter con todas sus fuerzas. Parece ser que Nolan, al transmitir la orden, tampoco abundó en detalles, simplemente se limitó a señalar el horizonte indefinidamente. En esa lontananza había dos opciones. Al Oeste las colinas de Vorontsov, donde se daba el robo. Hacia Oriente, en un estrecho valle, el grueso de las fuerzas rusas protegidas por piezas de artillería.

Lucan se aferró a las órdenes recibidas y ordenó a su cuñado que encabezara el ataque contra la posición equivocada, esto es, el a posteriori célebre Valle de la Muerte de Balaclava. Lord Cardigan apuntó a su comandante que el objetivo -un cuello de botella de poco más de un kilómetro y medio-, estaba firmemente protegido por cañones y fusileros, pero en un alarde flemático –so british– acató la orden disponiendo a sus huestes al asalto. Ese fue el comienzo de la archiconocida Carga de la Brigada Ligera.

Los poco más de 650 jinetes que la constituían -entre lanceros, húsares y dragones-, se dirigieron de frente hacia su inmolación ante las bocas de fuego rusas. Al paso, al trote y, acero en ristre, al galope ¡y a la carga! A pesar de llegar muy dañados consiguieron alcanzar su objetivo, dando una ración de metal afilado a los sirvientes de las piezas que los habían masacrado, pero enseguida volvieron grupas ante la imposibilidad de mantener una posición tan comprometida. En el camino de regreso siguieron recibiendo plomo.

Jinetes del 11º de húsares atacando los cañones rusos (Richard Caton Wood, 1897)

El escaparate de la casquería resultante mostraba los cuerpos yacentes de unos 250 jinetes y una centena más de caballos destripados inútilmente (estamos más sensibilizados con ellos desde War Horse). Los supervivientes de aquella vacua visita a las fauces del infierno -incluido un indemne lord Cardigan- regresaron a sus filas en distinto estado de conservación, pero la caballería británica no volvió a ser la misma.

Si este soliloquio suicida, carente aún de responsable consensuado, ha devenido en leyenda, es gracias a la proverbial maña de “esos perros ingleses” -Pérez-Reverte dixit– en transformar algunos de sus más sonoros errores en gloriosa épica. El principal creador de la visión heroica sobre el hecho más conocido de la Guerra de Crimea (1853-1856) -gesta, haberla, la hubo- fue, al poco de acaecer los hechos, Alfred Tennyson, poeta laureado del Imperio. Su obra elegíaca The Charge of the Light Brigade, donde se ensalzaba hasta el empíreo a los corajudos jinetes, fue el credo militar de la Commonwealth.

Sabiendo explotar esa gloria, llenado los oídos de versos, no fue difícil hacer saltar la trinchera y, calada la bayoneta, ordenar una carga a la desesperada contra las ametralladoras de la Primera Guerra Mundial: Quis superabit?

Vía| ANTÓN, J., Héroes, aventureros y cobardes, Barcelona, RBA, 20013. Págs. 246-249; BRIGHTON, T., El Valle de la Muerte. Balaclava y la carga de la Brigada Ligera, Edhasa, 2008; SWEETMAN, J., Balaclava 1854. La carga de la Brigada Ligera, Barcelona, Osprey – Del Prado, 1994.

Más información| The National Archive; Poema de Alfred Tennyson en su versión original ‘The Charge of the Light Brigade

Imagen| Lord Cardigan; 11º de húsares cargando

En QAH| ¿Cuándo fue la última carga de caballería de la Historia?

 
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