Patrimonio 


Rodin: el escultor, el hombre

Si algo puede definir al gran maestro francés Auguste Rodin, es el hecho de poseer una personalidad arrolladora, que le permitió transmitir su fuerza, vitalidad y por supuesto su talento, a cada una de sus obras. Genio creador, sus dos pasiones fueron las mujeres y la escultura y sintió devoción hacia ambas hasta su muerte.

Auguste Rodin

El escultor vino a nacer un 12 de noviembre de 1840, y desde muy niño sintió un interés exacerbado por el dibujo, lo que provocó que sus padres, cuando el joven contaba con catorce años, le permitiesen ingresar en la Escuela de Artes Decorativas. Allí recibió una formación práctica no sólo como dibujante, sino también como moldeador y decorador.

A los dieciocho Rodin entrará a trabajar en casa de un contratista de albañilería, donde ejecutará tareas de moldeador y estuquista y donde “suelta la mano” en la ejecución de menudencias ornamentales. El artista cumpliría los veinte llevando una doble vida: artesano de día y escultor de noche.

A este primer período se debe la escultura que realiza de su padre Jean Baptiste Rodin, la cual no gusta a su progenitor por su gesto severo y austero. Y no será la única ocasión en la que reciba la desaprobación del modelo, puesto que el joven Auguste había conseguido alcanzar una habilidad especial para hacer resaltar la personalidad, el interior de unos personajes, que no siempre fueron conformes de mostrar lo más profundo de su intimidad, a los ojos de todo aquel que quisiera contemplarlos.

A finales de 1863, el artista conocerá a una persona que le marcará para siempre: la joven Rose Beuret, quien acompañará al maestro durante el resto de su vida. Ella será la fiel esposa, la madre de su único hijo y su ayudante constante, tanto en los primeros años en los que sacó adelante el pequeño taller en la calle Lebrum, como a lo largo de todos sus años de madurez y vejez, aun cuando Rodin encuentra el amor de forma más placentera al lado de jovencitas que idolatran tanto su genio como su persona.

Mignon

A estos años pertenecen en la colección del artista grupos escultóricos de formas amables, evocadoras,  con imágenes de la joven Rose con su hijo o bustos femeninos como el de Mignon (de nuevo la propia Rose), de una belleza natural y serena.

Y será también en estos momentos cuando el maestro tome como modelo a un anciano de su barrio. Un hombre de edad castigado por la miseria y el alcohol, cuya nariz rota acentúa más aún su expresión decrépita. Con esta obra, se reafirmaría en su voluntad de no idealizar al modelo, sino plasmar y transmitir su interior. De hecho, gracias a la intervención de su amigo Charles Aubruy, el escultor Carriere-Belleuse conoció esta obra y le ofreció trabajo en su taller.

Rodin tuvo entonces que esculpir según las directrices del maestro y adaptarse a su estilo. Se le encargan figuras graciosas, elegantes y convencionales, que agradan al público pero le alejan de las ideas que él pretende expresar: el carácter y la verdad.

El hombre de la nariz rota

Un punto de inflexión en su carrera lo supondría el viaje que en 1875 realiza a Italia. En el país transalpino conocerá las obras del gran Miguel Ángel y a través del genio italiano descubriría las etapas de la creación, cuando la obra saca a la luz el esfuerzo intenso del escultor para dar forma a la idea.

De nuevo en Francia y tras fracasar en varios concursos en los que el joven participó, retoma su trabajo con Carrier-Belleuse, pero en esta ocasión lo hará en la manufactura de Sèvres, donde llegó a convertirse en ceramista. Rodin trabajó en la conocida fábrica durante cuatro años, dejando a su imaginación guiar su mano, para dibujar motivos decorativos inspirados en elementos florales, pájaros o desnudos femeninos.

A su vez, cada tarde, cada fin de semana libre, se verá consagrado a sus trabajos pesonales: El hombre que camina y San Juan son obras de esta época.

Llegados los años ochenta, el maestro comenzará a sentir un cierto reconocimiento, sus finanzas mejorarán y abrirá varios talleres en lo que contrata modelos profesionales y ayudantes que trabajan a sus órdenes. A estos momentos, de hecho, se deben algunos de los encargos más importantes de su carrera como las Puertas del Infierno o Los Burgueses de Calais.

Las Puertas del Infierno

La primera se pone en relación con un encargo que Antoine Proust, Ministro de Bellas Artes, le demanda para el proyecto del nuevo Museo de Artes Decorativas. Durante una entrevista entre ambos y de forma espontánea Rodin le propuse hacer “alguna cosa según Dante”. La obra, que debería concluir en 1884, le hizo embolsarse al maestro 8000 francos, si bien llegó a ocuparle hasta veinte años de su vida. Para su creación Rodin tuvo desde un principio en mente la Puerta del Paraíso de Ghiberti y a su vez, Dante le obsesionaba hasta el punto de que se había dedicado a acumular bosquejos reproduciendo al poeta Virgilio conduciendo a Dante a los infiernos. Pronto se quedará con este tema del Infierno, siguiendo en este punto la tradición de otros artistas como Gustave Doré.

La puerta constaría de 186 figuras, de las cuales algunas fueron individualizadas y representadas con el tiempo por separado, como el conocidísimo Pensador (concebido en principio como la figura de Dante) o la maravillosa pareja del Beso inspirada en los amores de Paolo y Francesca.

El Pensador

Sin embargo, el encargo nunca se concluyó por parte del gobierno y las puertas quedaron en el estudio del escultor, quién durante treinta y siete años fue modificando figuras y resolviendo problemas de composición y expresión.

Ésos fueron sin duda los años más fecundos del escultor, y lo serían dominados por el encantamiento de una pasión compartida. En 1883, el maestro de cuarenta y tres años, conoce a la joven Camille Claudel de veinte. Ésta tenía el sueño de convertirse en escultora y para conseguirlo decidió tomar clases. Auguste reconoce en la muchacha a una escultora nata, pues al igual que él, tiene la voluntad de traducir lo real captando el movimiento y el interior de los personajes. Muy pronto, el amor común por la escultura se convertirá en carnal y a la vez prohibido. Una pasión desenfrenada que se traducirá en una fervorosa ejecución artística. Cada uno se entregará al otro a través de sus obras. Si Rodin esculpirá parejas como Fugit Amor, que revelan la intensidad de su relación, Camille le responderá con un excepcional busto del maestro, que él amará de forma especial.

Fugit amor

Ahora bien, Camille no será su única conquista, los años no le volverán juicioso, pero sí  famoso y los honores le acercarán una nube de jóvenes admiradoras que van a seducir tanto al escultor como al hombre.

Ésos últimos momentos, esculpirá simbólicas manos: La Catedral o La Mano de Dios son himnos a la creación humana y divina.

El día de Nochebuena de 1917 muere y es enterrado con Rose (que había fallecido meses antes) bajo la mirada del Pensador, mientras la muchedumbre acudía a rendirle un último homenaje. Rodin, finalmente, había conseguido la gloria.

 

Vía| GOLDSCHEIDER, C. (1989): Rodin 1840-1886. Editorial Gustavo Gili, S.A, Barcelona.

Imagen|Rodin, Mignon, El hombre de la nariz rotaLas Puertas del Infierno, El Pensador, Fugit Amor.

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