Historia 


Asturias es España y lo demás tierra conquistada

 

Cruz de la Victoria, emblema de Asturias que de dice portó Don Pelayo en la Batalla de Covadonga

Cruz de la Victoria, emblema de Asturias que se dice portó Don Pelayo en la Batalla de Covadonga

Así reza una antigua frase del refranero castellano que es inevitablemente repetida a diestro y siniestro por aquellos que han tenido el enorme privilegio de nacer en el histórico Principado de Asturias y que en momentos clave de sus vidas hace incluso que se emocionen profundamente.

La alusión hace referencia directa al siglo VIII, cuando casi la totalidad de la península estaba invadida por los musulmanes y el cristianismo así como los habitantes libres autóctonos de España, los visigodos, estaban refugiados en las altas montañas de Asturias y Cantabria. Sin embargo, tan fieros como combativos, los habitantes de esta verde y lluviosa región no daban por perdida la contienda por el alma de España y a tal efecto atacaban las caravanas tanto mercantiles como militares sarracenas que osaban adentrarse en los ancianos bosques de Asturias.

A pesar de llevar décadas actuando de esta forma con entre poco y ningún resultado provechoso, el punto de inflexión llegó en la primavera del año 722 en una acción bélica que se conoce como Batalla de Covadonga, considerada por los historiadores el momento de arranque de la Reconquista y la reextensión del cristianismo por toda España.

Para los primeros meses del año 722, España estaba regida por el Imperio Omeya con al-Ándalus como su baluarte en la península y base de operaciones desde donde las tropas y las mercancías eran enviadas y recibidas. El Norte también estaba ocupado, y en Asturias, las órdenes y comandas venían de la bahía de Gijón donde un líder bereber llamado Munuza –Otman ben Neza– gobernaba de forma férrea y tirana. Sin embargo, su autoridad fue desafiada por los nobles astures que encabezados por Don Pelayo y reunidos en Cangas de Onís en 718, decidieron rebelarse contra el expolio musulmán negándose a pagar los impuestos del jaray y el yizia. La versión más romántica cuenta que Munuza se había quedado prendado por la gran belleza de la hermana de Pelayo, Ermesinda, y que la había obligado a casarse con él a cambio de la vida de Don Alonso, su prometido legítimo; y que por tanto Don Pelayo, enfurecido por la traición de Munuza había iniciado la rebelión para lavar el honor de su hermana y darle muerte al pérfido gobernante.

Estatua de Don Pelayo portando la Cruz de la Victoria en Gijón

Estatua de Don Pelayo portando la Cruz de la Victoria en Gijón

Tras varios años y acciones de represión y castigo de las tropas bereberes locales, el gobernador Munuza solicitó la intervención de refuerzos y un contingente que partiría desde Córdoba para pacificar la región. Aunque no muy preocupado por la situación del norte más extremo de sus dominios, el valí Anbasa ibn Suhaym al-Kalbi envió al general Al Qama al mando de un cuerpo expedicionario de tropas sarracenas –cuyo número es probable que fuera de 1.400 soldados, aunque la crónica cristiana lo estima en 187.000– con la misión de suprimir la rebelión y ejecutar a los principales líderes.

En cambio, las tropas de Don Pelayo, posteriormente fundador del Reino de Asturias con el nombre de Rey Pelayo I,  se cuantificaban en poco más de 300 hombres. A pesar de su importante inferioridad numérica, el gran genio militar de Don Pelayo estuvo en, como todo buen estratega, elegir un terreno propicio y utilizar la orografía de la región en su propio beneficio para apropiarse la victoria en la batalla –la leyenda cuenta que se le apareció la Virgen de Covadonga que le exhortó a combatir en ese lugar, protegido por las montañas, y que fue ella quien provocó el futuro derrumbe de la ladera que aplastó al ejército musulmán–. El noble visigodo esperó junto a sus hombres al contingente que les perseguía, en el angosto valle  de los Picos de Europa cuyo fondo de saco es cerrado por el Monte Auseva y donde no existe espacio virtual para que un gran cuerpo de ejército atacante maniobre, de forma que debería perder los frentes y la ordenación para poder moverse, lo que en último caso le haría prescindir de su ventaja táctica, numérica y ofensiva.

En la primavera de 722, las tropas sarracenas al mando de Al Qama entraron confiadas en la trampa que les había tendido Don Pelayo, y en una batalla desigual, fueron diezmadas y dadas en fuga. En la desorganizada huida, la mitad de las fuerzas astures se concentraron en la mística cueva de Covadonga desde donde abatían a los desconcertados evadidos con piedras y todo lo que estuviera a su alcance. Gran parte de las tropas árabes, incluido su general, fallecieron a manos de los astures, mientras que otro buen número del contingente sufrió importantes pérdidas debido al desprendimiento, quizá provocado, de una ladera de la montaña cerca de Cosgaya. En cambio, del frente astur se dice que solo sobrevivieron Don Pelayo y otros diez hombres leales a él, guiados por la divina providencia y por la Virgen de Covadonga como los elegidos para expulsar a los musulmanes de España.

Representación de los astures en la Cueva de Covadonga, durante la batalla del mismo nombre.

Representación de los astures en la Cueva de Covadonga asediada por los sarracenos, durante la batalla del mismo nombre.

La derrota musulmana obligó al gobernador Munuza a escapar de Gijón con el resto de sus maltrechas tropas, pero no lo consiguió ya que halló la muerte a escasos kilómetros de la capital a manos de los astures.

Con la decisiva derrota musulmana en Asturias y frenado definitivamente su avance en el Norte, los cristianos gozaron de la primera victoria de rebelión contra las tropas Omeyas en siglos y que su región no volviera a ser invadida nuevamente; incluso, dado el ejemplo de la valentía de Don Pelayo muchos astures se unieron a su causa en una organizada insurrección militar a gran escala que desembocaría en la expulsión de los sarracenos del Norte, la fundación del Reino de Asturias y de otros reinos cristianos en la península y como culmen la formación del Reino de España.

Y es que, en el tiempo de los nacionalismos en auge, el asturiano medio se siente profundamente afortunado de haber nacido en su tierra, Asturias, pero también como dice el refrán y ya que no entiende una cosa sin la otra: fervientemente español.

 

Vía|Sánchez-Albornoz, Claudio. “El Reino de Asturias. Orígenes de la nación española.” Colección: Biblioteca Histórica Asturiana, Silverio Cañada, Gijón, 1989.

Imágenes|Cruz, Pelayo, Batalla

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