Patrimonio 


El arte plumario de la América prehispánica y virreinal

Las obras de plumaria fueron una de la creaciones artísticas más bellas y originales de toda América. Una técnica prehispánica de gran delicadeza que fascinó a Europa por su carácter exótico, y que consiguió sobrevivir, adaptándose con éxito al mensaje de la Iglesia como medio de evangelización en el continente americano tras la conquista española.

En época prehispánica las plumas de aves exóticas, como quetzales, colibríes, garzas, papagayos, guacamayos o faisanes dorados, eran muy apreciadas entre los pueblos mesoamericanos. Su plumaje era símbolo de abundancia, fertilidad, riqueza, poder, y sobre todo, divinidad. Los ornamentos litúrgicos se llenaron de estas plumas por su alto valor simbólico -sus colores e iriscencias eran la encarnación de la Luz Divina-. Por aquel entonces, las plumas eran conocidas con el nombre de “sombra de los dioses”, de esta manera, la conversión a la nueva fe fue asimilada rápidamente por parte de la población indígena a través de esta técnica ancestral en obras devocionales cristianas.

No obstante, su momento de mayor esplendor fue durante el gobierno de Ahuízot (1486- 1502), octavo señor de Tenochtitlan. El empleo de las plumas estaba regido por pragmáticas otorgadas por el señor principal: vestimenta del sacerdocio, objetos sagrados, prendas de guerreros y señores. Era además un material importante que se cobraba como tributo a ciertos pueblos sometidos a los aztecas. El valor de estas plumas era tal que en todas las casas se esmeraban en cuidar aves exóticas, en especial, en el Totocalli de Moctezuma donde se guardaban todo tipo de animales. Según Bernardino de Sahagún en su Historia general de las cosas de Nueva España o Códice Florentino, eran más de 300 las personas que se encargaban de cuidar de estas aves en las dependencias reales.

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Penacho de Moctezuma. Kunsthistorisches Museum, Viena, Austria

Tras la caída de Tenochtitlan en 1521, el Totocalli desapareció, y en su lugar, florecieron los talleres franciscanos como San José de los Naturales, adscritos al convento de San Francisco el Grande, fundado por fray Pedro de Gante. De los primeros talleres palatinos se pasó a los talleres al servicio de la nueva religión en Michoacán, Tlxacala, Tzintzuntzan y Pátzcuaro.

Los artesanos encargados de su realización eran los amantecas, o responsables de la pluma, ayudados por los tlacuilos o pintores, sobre cuya impronta trabajaban en lienzo, tabla, cobre o lámina de manguey. El aprendizaje de la técnica se daba en los cálmecac en época prehispánica como ilustra el Códice Mendoza. De los materiales y técnicas empleados por los amantecas nos da cuenta fray Bernardino de Sahagún en el Códice Florentino con láminas y textos en náhuatl.

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Los amantecas del Códice Florentino. Libro IX. ill. 99

En un primer momento, fray Juan de Zumárraga y los franciscanos, asimilaron la labor de estas escuelas prehispánicas a la práctica de la antigua religión, y sus obras fueron pasto del fuego junto a diversos libros y memoriales. Si tenemos constancia de todas estas artes prehispánicas es gracias al Códice Florentino en sus capítulos sobre orfebrería, platería y plumaria antes de la llegada de los españoles. Tras la conquista, las escuelas de arte y oficios adscritos a los conventos hicieron que la técnica no se perdiera, ahora como apoyo al proceso de evangelización. De ahí que la mayor parte de los trabajos de plumaria del siglo XVI sean de carácter religioso. Algunos objetos de plumaria muestran un dibujo occidental, como algunas de las mitras de Michoacán, en otras, la pluma parece estas pegada directamente a una xilografía o grabado.

Bajo la supervisión de los frailes y maestros, los amantecas copiaron estampas europeas e hicieron imágenes religiosas en forma de retablos, relicarios, etc. Desde los inicios de la evangelización, las comunidades indígenas y los funcionarios civiles y religiosos, mandaron a España y a Europa diversas de estas obras como regalo de calidad o testimonio para sus gabinetes de curiosidades en tesoros catedralicios u órdenes religiosas.

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“Cristo a la edad de doce años”. Siglo XVI. Kunsthistorisches Museum, Viena, Austria

La más temprana de estas obras, ya de temática cristiana, pudo ser el estandarte de Nuestra Señora realizada por indígenas para Nuño de Guzmán y su expedición a Nueva Galicia -Más de 20 esclavos se vendieron para costear la obra-. Por su parte, Clemente VII recibió de fray Domingo de Betanzos a nombre de la orden dominica, ejemplos de plumaria indígena prehispánica, y Sixto IV como regalo de los franciscanos, una imagen de San Francisco. De igual modo, se entregó a Felipe II una importante colección de mitras que enriquecerían el tesoro las catedrales de Toledo y Milán, así como las colecciones imperiales y los tesoros del Escorial.

En la actualidad se conocen siete mitras producidas por amantecas de Nueva España según el programa iconográfico de los frailes. Posiblemente fueron llevadas a España por Vasco de Quiroga para obsequiar inicialmente a los promotores del Concilio de Trento y a ciertas sedes catedralicias. Entre ellas destaca la mitra de Toledo, gemela de la mitra de Viena, con la representación del árbol de la vida y la vara de Jesé en el anverso, y la mitra de El Escorial que haría pareja con la conservada en el palacio Pitti en Florencia, donada por el emperador Carlos V a Clemente VII.

Entre otros ejemplos tenemos el Tríptico de la Epifanía del Museo de América que perteneció al convento de Santa Isabel de Ávila. También La adarga de parada de Felipe II en la Armería del Palacio Real, la cual representa los hechos gloriosos de la Casa Real, como su victoria sobre el Islam.

Lo exótico de este arte atrajo a Occidente. Príncipes, nobles y altas jerarquías eclesiásticas demandaron estas obras. Son abundantes las noticias que han llegado hasta nosotros, pero no tanto las obras, por su gran fragilidad. Su momento de esplendor en época moderna fue entre 1486 y 1502. A finales del siglo XVII desaparecen los viejos plumajeros y en el siglo XVIII se abandona por completo el preciosismo técnico característico de esta época de esplendor, tanto en el dibujo como en la colocación de la pluma en diferentes planos.

Vía| “Arte plumario en México” Castelló Yturbide, Teresa; con colaboración de Manuel Cortina Portilla [et al.] México: Fomento Cultural Banamex, 1993. “México en el mundo de las colecciones de arte” Sabau García, María Luisa. Vol. 1. México: UCOL, 1994.

Más información| Anales del Museo de América

Imagen| TREFFExpo NoticiasWikipedia

En QAH| El arte del período Postclásico: la cultura AztecaContactos y asimilación entre indígenas y españoles en la América colonial

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