Ciencia, Neurociencia 


Aprendiendo a dormir

El sueño cumple una función fundamental en la autorregulación y recuperación del organismo de todas las personas y en todas las edades, pero muy especialmente en la de los niños. Además, como el resto de los hábitos, requiere de un correcto aprendizaje que se va forjando desde los primeros momentos de la vida. Por esta razón, y ante la importancia del sueño en los menores, nos centraremos en desarrollar detalladamente las correctas horas de sueño que deben cumplir, así como algunas orientaciones para lograrlo.

¿Cuántas horas debe dormir un niño?

No todos los niños tienen las mismas necesidades de descanso dependiendo éstas de su carácter, estado de salud, hábitos familiares, ambiente que le rodea…; además, a medida que van creciendo, la cantidad de horas de sueño se reduce, cambiando asimismo, su distribución a lo largo del día.

Por término medio duermen las siguientes horas:

EDADHORAS DE SUEÑO
De 0 a 3 meses16 a 20 horas

(Secuencia alimentación-higiene-sueño)

De 6 a 3 meses14 a 15 horas

(Aumentan el número de horas seguidas de sueño por la noche. Comienza a aumentar el tiempo de vigilia durante el día)

Noche + Siesta
De 6 a 12 meses13 a 15 horas

(Dos siestas asociadas a la comida: después del desayuno y después de comer)

De 12 a 24 meses13 a 14 horas

(Una siesta después de la comida)

De 24 a 36 meses12 a 14 horas

(Una siesta después de la comida)

 

¿Qué podemos hacer para evitar problemas en la adquisición adecuada de este hábito?

Lograr que algunos niños concilien o mantengan el sueño se convierte a veces en una tarea difícil. Las dificultades en el sueño repercuten tanto en el niño como en sus progenitores, creándose un círculo vicioso de irritabilidad y cansancio en todos los miembros de la familia que sólo es posible romper instaurando o reeducando una adquisición correcta del mismo.

Proponemos algunas orientaciones:

  • El ambiente: es muy importante a la hora de acostar al niño. La habitación debe tener una temperatura adecuada (17-20ºC) y la utilización de una ropa de dormir acorde a la estación también le ayudará a conciliar el sueño. Un niño poco o demasiado arropado, puede que tenga la necesidad de despertarse por encontrarse incómodo.
  • Dejar al bebé en la cuna cuando aparezcan muestras de cansancio o somnolencia. Si queremos que aprenda a dormirse él solo, debemos acostarlo cuando todavía está despierto, sin la ayuda de alimento o de los brazos del adulto.
  • Enseñarle a diferenciar el día de la noche: luz y ruidos un poco atenuados para dormir durante el día y oscuridad y silencio por la noche. Así, poco a poco, irá asociando el día con la actividad y la noche con el descanso.
  • A partir del tercer o cuarto mes puede ser un buen momento, si las condiciones del hogar lo permiten, para sacarlo de la habitación de los padres. De no ser posible, es recomendable establecer “mediante algún separador” el espacio exclusivo del niño en esta habitación.
  • A los seis meses, aparece en algunos niños la resistencia a quedarse solos en la habitación a la hora de acostarse; esto puede estar relacionado con la “angustia por la separación” y podemos mitigarla ofreciéndole un muñeco o juguete que asocie con dormir y que le proporcione seguridad.

Esta sensación, precisamente, es la que más necesita para disfrutar de una buena noche de sueño.

Desde muy pequeño, es recomendable instaurar la misma rutina antes de acostarlo; la secuencia podría ser:

Baño a cena a cuento a arroparle y besarle a decirle “buenas noches” a apagar la luz a abandonar la habitación.

Repetirlo siempre a la misma hora y de la misma manera aunque cambie el adulto que lo acuesta.

  • Antes de ir a la cama, evitar actividades o juegos que puedan sobreexcitarle.
  • Si manifiesta miedo a la oscuridad, se le puede dejar una pequeña luz encendida (que sobre todo tiene un valor simbólico) o la puerta entornada.
  • Si el niño se despierta llorando, acudir a la habitación para comprobar que no ocurre nada; también para estos momentos es importante establecer una rutina para atenderle:

Acariciarle a arroparle a susurrarle “buenas noches” y a abandonar la habitación de manera que entienda que no se va a levantar de la cuna o de la cama.

En sucesivos episodios, este procedimiento se llevará a cabo retrasando progresivamente nuestra intervención; de este modo conseguiremos que aprenda que llorando no conseguirá que los padres se levanten. En estos momentos es imprescindible guardar la calma y no ceder.

  • Ante la “resistencia a irse a la cama” no es aconsejable prestar demasiada atención. Simplemente mantendremos rutinas compuestas por secuencias del tipo de las que hemos hablado antes, que le anticipan el momento de acostarse, le preparan para hacerlo y le dan seguridad.
  • Conforme se va haciendo mayor, resulta útil emplear alguna técnica de relajación que le ayude a quedarse dormido; algunos niños no quieren ir a la cama simplemente porque les cuesta conciliar el sueño.
  • Ante circunstancias excepcionales tales como enfermedad, incorporación al centro infantil, nueva situación o problema familiar…, pueden aparecer algunas dificultades en el sueño. Ante ello, inicialmente debemos mostrar una mayor flexibilidad y paciencia, entenderlo y hacérselo entender como algo transitorio y, lo antes posible, volver a las rutinas ya instauradas.
  • En ocasiones, a partir de los dos o tres años, pueden aparecer algunos trastornos en el sueño o Parasomnias entre otras: pesadillas, terrores nocturnos, sonambulismo…, generalmente transitorios pero que, si persisten, requieren de una intervención especializada. Es importante tener en cuenta que nos referimos a auténticas parasomnias, es decir, que están descartadas conductas como llorar, gritar, levantarse continuamente…, con el fin de lograr ciertas respuestas por parte de los padres como: que duerman con él, llamar su atención o evitar un hábito correcto de sueño.
  • Resulta conveniente que ambos padres se turnen a la hora de acostarle o de atenderle cuando se despierta reclamándolos durante la noche.
  • Es importante no ceder ante la insistencia del niño de dormir en la cama con sus padres, manifestándole nuestra satisfacción cuando duerme solo.
  • Por último, tener presente siempre que el comportamiento que adquieren los padres una noche, tiende a fijarse en los hábitos de sueño del niño y así, si se le duerme en brazos, se le mece o permite que pase a la cama de los adultos, va a tender a reclamar esta situación las noches siguientes y recordar que es más fácil instaurar un buen hábito que reeducar uno mal aprendido.

* Vía| Centro Aragonés de Tecnologías para la educación

* Imagen| Imagen de portada, Imagen de artículo

* En QAH| Mi hijo no tiene un sueño reparador

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