Cultura y Sociedad 


¿Sabemos leer?

Mariola´s bookSi habitualmente nos encontramos en cualquier ámbito vital con personas que exhiben una serie de clichés y lugares comunes peligrosos para la convivencia, y algo castradores si nos referimos al criterio lector o al acto creativo en sí, es porque existe un ambicioso plan para que así sea. Al menos en este universo las consecuencias siguen a las causas, y si pensamos de esta manera, la socialización tiene demasiado que ver: «Digo siempre lo que pienso», «no miento», «yo soy así, me tomas o me dejas», «ya leí todo lo que había que leer en su momento», «si yo soy esto, tú entiendes hasta aquí», «el mundo es como es, aunque te escondas entre libros», «para empezar el cambio no existe» y un larguísimo etcétera que tiene su corolario en la idea más nociva que se puede haber inoculado en una mente cuya finalidad, pienso yo, es crear y no limitarse: no se puede crear, solo puedes imaginar lo que experimentas. Los que piensan así responden a un eneatipo psicológico muy definido en la rueda que popularizó Claudio Naranjo. Se trata de una persona que, incapaz de darle una salida creativa a sus ideas, experiencias oníricas, ahogos, aspiraciones y deseos se convierte en un adalid de la crítica (nunca de la autocrítica) hacia todo lo que brota a su alrededor: todo le parece un remedo de algo, una mala copia, una mímesis explicable en términos racionales que, por supuesto, el hipercrítico desarrollaría mucho mejor… si quisiera, pero no quiere, porque tiene otras cosas mejores que hacer.

La idea de que la literatura debe responder a una secuencia de observaciones sobre la experiencia humana ya agotó todas las vías creativas en el XIX y el realismo desembocó en una monstruosidad de índole quirúrgica, aburrida y artísticamente totalitaria: el naturalismo, que alcanzó cotas tremebundas en Maxence Van der Meesch y algún otro. Si no bastan las opiniones de Platón, Kant o Giordano Bruno para entender que la imaginación anticipa y seduce a la conciencia, si no queremos hacer caso a Jung cuando advierte que la imagen es el mundo en el que se despliega la experiencia, porque la imagen es pura psique y como tal la imaginación es la fuente misma del pensamiento, al menos hagamos caso a los límites del racionalismo, que es lo que suele invocarse cuando el ego ha crecido más que nuestras ganas de seguir aprendiendo. Para Kant la razón e incluso la sensación no son solo reproducidos, sino producidos por la imaginación y así el acto imaginativo genera nuestra consciencia que a su vez ilumina luego nuestro mundo, eso que el hipercrítico se empecina en llamar la realidad. Para entender esta realidad, la última hornada de filósofos de la modernidad ha esbozado la teoría de cuerdas de la mecánica cuántica, que postula once dimensiones o realidades, una de ellas temporal  y diez espaciales. La teoría se basa en parte en los índices de refracción de la luz que nos llegan de otras estrellas y que explicarían por qué la gravedad no es tan poderosa como la fuerza electromagnética o la fuerza nuclear fuerte. Es decir, partiendo de lo experimental, que tanto gusta a este eneatipo racionalista, llegamos a la conclusión de que no sabemos lo que es la realidad.

En otras palabras, cuando hablamos de literatura, ¿es necesario experimentar para narrar? Otra pregunta para responder a la anterior. ¿Julio Verne viajó a la luna o al centro de la tierra para escribir sus libros? ¿Necesitó Michael Ende viajar al no universo para imaginar la nada, algo que ninguno de nosotros experimentará jamás a no ser que nuestra estrella colapse en un colosal agujero negro y nos desplacemos allá? Los límites de la experiencia física tienen mucho que ver con la creatividad. Pío Baroja no subió en su vida a un barco y menudos libros de viajes se marcó; se sentía molesto con Galdós, entre otras muchas cosas, porque no entendía como literatura que Galdós contase las cosas «tal como habían sucedido» (y leyendo los Episodios nacionales hay que darle la razón). Yukyo Mishima era un reaccionario convencido de que realmente el Japón del pasado era mejor que el actual y acabó adoptando el ritual del sepuku, en parte para advertir a las generaciones posteriores del poder de su ideología: en ninguno de sus libros se atisba odio, incomprensión o deformación grotesca hacia sus personajes liberales; al revés, parecen tan verosímiles como si los conociera mejor que a sí mismo. Y los conocía. También él, un militarista y nacionalista recalcitrante sabía lo que era tener un anhelo de libertad.

El mal lector no es solo un sujeto pasivo que malinterpreta la información leyendo lo que le interesa leer, buscando identificarse a sí mismo o identificar al autor en cada párrafo para adherirse o repudiar ideológicamente lo que lee: el mal lector es un tema literario en sí mismo. Desde El Quijote hasta El péndulo de Foucault, pasando por Madame Bovary, Las desventuras del joven Werther, Una dama extraviada, El gran Gatsby, Pregúntale al polvo o El revés de la trama se nos advierte seriamente de los peligros que conlleva adaptar lo que se está leyendo a nuestras inclinaciones personales. Aunque nos lo tomemos al pie de la letra. En el caso de Goethe con consecuencias tan trágicas como la ola de pistoletazos en la sien que provoca su libro. «Pero si yo escribí el libro para romper con el romanticismo», se quejaba Goethe. El mal lector, nos dice Umberto Eco, «no es capaz de discriminar y se pierde la ironía intertextual, porque su labor se divide entre la identificación de las ideas del autor y la identificación suya con alguno de los personajes. Le pongo un ejemplo: recibo mensualmente centenares de cartas sobre El nombre de la rosa, preguntándome dónde está el dichoso libro perdido de Aristóteles, cómo me documenté sobre él y por qué no existe en un plano material. Obviamente estas personas son incapaces de concebir que se pueda imaginar mundos nuevos, aunque sea a partir datos históricos».

Hay casos más sangrantes aún de mal lector. Cuentan en la biblioteca del archivo general de Simancas que han tenido épocas de locura con las peticiones vía mail y en persona de una copia del libro maldito del árabe loco Abdul Allhazred, nada menos que el Necronomicón, mencionado por H. P. Lovecraft en algunos de sus libros. Aunque no  sorprende que haya personas tan desesperadas intentando resucitar deidades extra terráqueas que extingan a nuestra especie, lo que sí sorprende es que se tome a Lovecraft literalmente. En cada libro muestra a un tipo racional, un científico, un convencido del poder de la razón ilustrada, que es el último en enterarse de todo y al que los bichos acaban mordiendo el trasero, porque sus límites son vistos por él como un privilegio, y si el sueño de la razón produce monstruos, no digamos el sueño de la imaginación.

Se escuchan también muchas muestras de mal lector en espacios de crítica literaria, donde los tertulianos aseveran con la boca enorme que don Quijote es solo un loco. Que los seres humanos no se comportan así y que, poco más o menos, los personajes de Cervantes son planos y predecibles. ¿Se puede ser categórico a riesgo de perder la cortesía? Esto es ridículo. Los seres humanos solemos ver gigantes donde hay molinos, no es patrimonio de Alonso Quijano sino de la humanidad en pleno estar bastante locuela. Que los personajes simbolicen una cruzada entre hiperrealismo e idealismo no los convierte en planos ni simplistas, refleja un antagonismo crucial en cada mente humana. Todos tenemos las ínfulas de cambiar el mundo del hidalgo, todos queremos atarnos al suelo cuando nuestra panza es oronda y hemos conseguido la ínsula barataria. La grandeza de estos personajes reside en que representan algo que ni siquiera se ha formulado aún en ese siglo, la pugna entre los complejos autónomos de la mente; no hay un solo ser humano que no tenga un Panza y un Quijano en su interior. Por no hablar de la creación de una literatura inédita con situaciones, planteamientos y perspectivas aún no vistos en las letras universales hasta este libro. Los fenómenos de transferencia que se dan de un personaje a otro (recordemos que Sancho reflexiona como Alonso y Alonso casi rompe a llorar cuando advierte que se comporta tan pragmáticamente como Sancho) abren el camino a la novela moderna, y la interrelación de ambientes y tipos (recordemos a los dos en un páramo oscuro pensando en fantasmagorías e intentando engañarse el uno al otro sobre su valentía, mientras Sancho se ensucia los pantalones) recuerda al mejor Samuel Beckett de Final de partida.

Podría decirse que leer es descubrir, y con ello adquirir la humildad suficiente para entender que estamos aquí para aprender y crear. Si piensas que escriben para ti, mal lector (a no ser que, efectivamente, estés leyendo a alguien que se dedica exclusivamente a eso). Si piensas que no hay nada nuevo bajo el sol y que todo está escrito, mal lector. Si piensas que el solipsismo es una patraña… flaco favor le haces a nuestra joven especie.

Imagen| Libro

En colaboración con QAH| El electrobardo

 

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