Salud y Deporte 


Anorexia y Bulimia: Némesis adolescentes

Si bien es cierto que padecer una enfermedad es un suplicio para el propio enfermo e incluso muchas veces también para su entorno familiar, siempre hay patologías más soportables que otras, llegando incluso a aceptarse y adoptarse como una parte más de la vida del paciente.

Sin embargo, hay otras particularmente invalidantes para realizar una vida normal, para relacionarse naturalmente con la familia, la pareja o las amistades, ya sin entrar en cuestiones de relaciones de compañerismo laboral o con desconocidos. Probablemente, si tuviéramos que disponer cuáles son más problemáticas y cuáles menos, nos resultaría complicado ponernos de acuerdo o al menos tardaríamos en llegar a un consenso. Pues bien, para muchos profesionales sanitarios son las alteraciones de la conducta psíquica, representadas especialmente en los trastornos psiquiátricos, los máximos exponentes de la invalidación y la incapacitación para llevar una vida normal.

Curiosamente, para el gran público en general padecer una enfermedad psiquiátrica no es sinónimo de gravedad salvo que se trate de una psicosis o psicopatía especialmente florida, idea alentada obviamente por el oportunismo morboso de las obras de ficción televisivas o cinematográficas. Pues bien, si atendemos literalmente a las definiciones, un psicópata no es más que una persona, un paciente o enfermo en este caso, que padece un trastorno psiquiátrico, habitualmente un trastorno de la conducta o de la personalidad. Es muy importante decir que la conducta de un enfermo psicopático rara o muy rara vez es violenta y simplemente atiende a modificaciones erráticas o imaginarias respecto a los cánones de comportamiento normal o socialmente aceptado como tal. Por lo tanto y atendiendo a las experiencias y la bibliografía que poseemos, podemos decir que no existe una conducta determinada o canónica que nos permita diferenciar a primera vista a un psicópata de una persona “normal”. Además, estos enfermos llevan una vida cotidiana común gracias a su medicación que reduce sus brotes al mínimo, mayoritariamente. Otro día hablaremos de ésto en mayor profundidad.

Imagen descriptiva de un TA

Imagen descriptiva de un TA

Desgraciadamente, un tipo específico de trastorno de naturaliza psiquiátrica se ha hecho famoso y notorio debido a una masiva extensión entre la población adolescente: los trastornos de conducta alimenticia -TCA o TA, por sus siglas-. A diferencia de lo que se pueda pensar, no existe un único trastorno alimenticio, si bien es cierto que casi todos ellos presentan conductas en muchos casos similares e intercambiables y que las bases psicológicas son habitualmente las mismas; los cambios provendrían entonces de la distinta aplicación práctica de las conductas. Su complejidad viene determinada ya que suelen ser trastornos mixtos, es decir, los síntomas no son puros de un trastorno concreto, sino que pueden aparecer de dos o incluso tres entes patológicos distintos, lo que dificulta el diagnóstico. Pero si debemos hacer mención a un punto concreto de su problemática es que muchas veces no se descubren y rara vez son confesados.

Las conductas de los enfermos que poseen TCAs son lo que denominamos: inconfesables y subreptivas, lo que quiere decir que nunca se declaran, se miente sobre ellas y suelen ser secretas o al menos se trata de mantenerlas en secreto. Por ello, la mayor parte de estos trastornos son diagnosticados en fases avanzadas por los médicos o en fases medias por el “chivatazo” de alguien cercano al enfermo. Todo esto hace que los TCAs sean considerados como enfermedades crónicas y progresivas que en la mayoría de los casos se convierten en una pesada carga para quien las padece, poniendo en riesgo su vida.

Como decíamos anteriormente, se manifiestan a través de la conducta con la comida o los alimentos -bebida incluida- con una amplia gama de síntomas, entre los que prevalecen las alteraciones o distorsiones de la autoimagen corporal, el irracional temor a engordar y la adquisición de unos valores únicamente basados en la imagen corporal como la totalidad del Yo. Dicho en otras palabras, una persona que padece un TCA siempre se verá gorda o con más peso del que realmente tiene, a niveles realmente escalofriantes, a pesar de ver con total realismo a la gente que la rodea. Esa persona se relaciona con el mundo exterior a través de su físico, esto quiere decir que su físico representa lo que es; si su físico es el correcto, siente que tiene cabida en la sociedad.

Si intentamos diferenciar varios trastornos, podemos distinguir la Anorexia Nerviosa -AN- y la Bulimia Nerviosa -BN- como las entidades mayoritarias en las pacientes femeninas y la Vigorexia en los pacientes masculinos, aunque no existe exclusividad por sexos. Se ha encontrado que un 2% de las mujeres padecen Anorexia Nerviosa y casi 3% Bulimia Nerviosa, aunque se estima que ambos porcentajes deben ser superiores ya que muchas de estas enfermedades no están diagnosticadas. Reiterando la idea descrita anteriormente, la proporción de mujeres que los padecen respecto a los hombres es de 10 a 1. Sin embargo, las estimaciones crecen exponencialmente si nos centramos solo en hallar las conductas de forma puntual o habitual, sin llegar al diagnóstico como evidente. Los trastornos alimenticios suelen aparecer habitualmente entre los 14 y los 24 años de edad en el periodo de la pubertad o la adolescencia debido a los cambios físicos y mentales que el sujeto adquiere.

Analizando estas psicopatías, se ha llegado a la conclusión de que existen varios factores que intervienen en el desarrollo de la enfermedad:

  • Biológicos: niveles anormales de diferentes neurotransmisores y sustancias bioquímicas predisponen a padecer ansiedad, perfeccionismo patológico, y trastornos obsesivo compulsivos -TOC- y por lo tanto más vulnerables a padecer un TA. La insuficiente nutrición acentúa ésto.
  • Psicológicos: el denominador común es poseer unas expectativas no realistas sobre sí mismo o sobre las personas que los rodean, unidos a sentimientos como incapacidad, ineptitud, depresión, etc. Un excesivo perfeccionismo, ambición con triunfar o con el éxito real o ficticio, aceptación social o conformidad de un grupo concreto pueden ser detonantes.
  • Familiares: los familiares, amigos o parejas sobreprotectoras, disfuncionales o inflexibles en la perfección tienden a alimentar estos trastornos mediante inseguridades, ocultación de sentimientos, aparente dureza externa y fragilidad interna. Es importante decir que casi la mayor parte de los refuerzos positivos -comentarios, actuaciones o ideas- sobre las conductas de trastorno alimenticio provienen de los padres o las parejas.
  • Sociales: estamos ante lo que algunos expertos han definido como el disparador del problema. Los medios de comunicación, las casas de moda, las redes sociales, todo en general, asocian lo bueno y lo correcto, el éxito, con la belleza física de canon actual. Todo lo que se aleje de ello es considerado como imperfecto, repugnante y que no encaja con la sociedad. Asimismo, también se imponen perfiles poco reales a los que aspirar, como por ejemplo en los elementos publicitarios, que al no ser alcanzados provocan una profunda frustración.
  • Deportivos: algunos deportes donde el mantenimiento de una figura física concreta es exigible provocan la predisposición a padecer un TA. Algunos ejemplos son: danza, hípica, natación sincronizada, gimnasia rítmica y artística, culturismo, atletismo, entre otros.

 

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Conductas y Psicología de un trastorno: Anorexia y Bulimia

Vía|Sección de Psiquiatría de los trastornos alimenticios, Servicio de Psiquiatría, Hospital Universitario Central de Asturias.

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