Especial El Bosco, Patrimonio 


Animales, monstruos y criaturas fantásticas en el Bosco

Cuernos, garras, ventosas, raíces, cristal. Elementos de la más vasta naturaleza invaden el paisaje y convergen para encarnar la mayor abominación humana: el pecado y sus consecuencias. Jheronimus Bosch, el Bosco, concibió un universo monstruoso para explicar el mundo corrompido, donde a cada vicio le corresponde un castigo ejecutado por infames criaturas imaginarias. Una de las facetas más reconocibles, atractivas y sobre todo controvertidas de este autor.B

Siendo el más próspero de cuantos creadores de bestias proliferaron en las artes a fines de la Edad Media, su inmensa originalidad dificulta la relación de su obra con posibles fuentes inspiradoras. La vida cotidiana y la cultura popular acaparan quizá el mayor protagonismo en este aspecto: habiendo una clientela acomodada, el autor bebía principalmente del mundo de los marginados –mendigos, prostitutas, alcahuetas, borrachos, charlatanes–, ajenos al orden lógico, maltrechos, y por lo tanto demonizados. En el ámbito iconográfico pudieron jugar un papel crucial los mirabilia, imágenes de todo aquello raro y maravilloso para la mentalidad de la época, los grabados en obras como Ars Moriendi o La leyenda dorada, libros de horas, bestiarios…

La flora fantástica tan típica del Bosco recuerda a las filigranas que decoran los márgenes de los códices, donde se aloja también infinidad de monstruos y drôleries, ilustraciones de seres híbridos de carácter satírico. Todo ello configura un estilo pictórico que se aleja de los primitivos maestros flamencos y del canon italianizante que comenzaba a imperar. En el plano literario, además de la Biblia o las concepciones heredadas de la Antigüedad clásica, de nuevo Ars Moriendi, los escritos del místico Ruysbroeck y especialmente la Visión de Tondal conforman solo algunas de las fuentes que pudieron dar alas al extraordinario imaginario bosquiano. Por último, cabe mencionar el devastador incendio que asoló ‘s-Hertogenbosch, la localidad natal del autor, hacia 1463, durante su niñez; esto explicaría el horror de sus infiernos y su inigualable espectáculo lumínico. Asimismo, la incipiente Era de los Descubrimientos trajo al arte nuevas realidades, con frecuencia distorsionadas, de América y Asia.

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El hombre-árbol, frágil y grotesco, en mitad del Infierno. La plataforma que lleva por tocado sostiene una danza satánica en torno a una cornamusa, una especie de gaita con connotaciones sexuales; en el interior del huevo, una taberna de diablos.

Se observa, pues, un sinfín de seres reales –aves, jirafas, elefantes–, mitológicos –fénix, unicornios, grifos– y otros creados por Jheronimus combinando elementos del reino animal, vegetal y mineral. Así, en la tabla izquierda de El carro de heno, un enjambre de insectos inmundos, los ángeles rebeldes, es expulsado de los cielos, explicando de forma muy personal el origen de los males; las criaturas que tiran del carro en el panel central, inexpresivas, más próximas a lo animal que a lo humano, aluden a los vicios; en lo alto, un ser demoníaco con trompeta incorporada y cola de pavo real –la vanidad– incita al pecado. Las tentaciones de San Antonio de Lisboa contiene gran profusión de bestias: el homúnculo o niño alquímico del postigo derecho, mantenido por una “mujer-árbol” o bruja; o los demonios que portan en volandas al santo en el postigo izquierdo; en el central, oficiantes monstruosos realizan una misa negra, o el Anticristo, ricamente ataviado, ofrece vino a criaturas demoníacas. En El jardín de las delicias, la Fuente de la Vida de la tabla izquierda –la Creación– se erige en formas vegetales mineralizadas parecidas a los pináculos de las catedrales góticas; allí mismo surgen animales monstruosos tras la creación de Eva, la causante del Mal primordial; en la tabla central numerosos varones cabalgan seres reales y fantásticos, una alusión al acto sexual bastante extendida. Continuando hacia la tercera y última tabla, el Infierno, el despliegue diabólico se intensifica. Se trata de un “infierno musical” según algunos eruditos por la recurrente presencia de instrumentos, como un arpa incrustada en un laúd –evocación sexual– o una partitura que ha sido descifrada en años recientes; la música, en calidad de placer terrenal, podía ser igualmente condenada. Unas orejas atravesadas por un cuchillo –desapego ante la palabra de Dios, además de alusión sexual– o un cerdo con toca monacal que trafica con documentos legalescrítica a la corrupción eclesiástica– son solo algunos ejemplos más de este averno. El “hombre-árbol” domina el espacio: híbrido humano, animal y vegetal, se compone de un huevo –imagen ideal de la alquimia– y se sustenta en troncos que se yerguen sobre barcas de apariencia inestable en un lago helado; atado e inmóvil, su rostro demacrado mira de soslayo sugiriendo acaso la pérdida última de la condición humana. Se ha considerado un posible autorretrato del Bosco –quien materializa estas pesadillas, que posiblemente haya sufrido–, la efigie de Lucifer o el contrapunto a la creación de Adán, ahora una figura decadente que medita sobre las fatídicas consecuencias de la vida entregada a los vicios en medio del mal que gobierna el mundo. Destaca en menor medida una criatura rapaz azulina, quizá Satanás, que devora hombres avaros y defeca en un pozo sin fondo lleno de monedas. Como último ejemplo, sobresalen los diversos bocetos de monstruos, como los custodiados en Oxford, donde el autor desborda su imaginación y encaja formas imposibles. Se trata de gryllas, criaturas al tiempo inquietantes y encantadoras que constan esencialmente de cabeza y patas, variando más o menos el resto de características. Sus colores y viveza al óleo han sido ocasionalmente vinculadas a los efectos de alguna sustancia alucinógena.

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Detalle de la escena inferior del Infierno de El Jardín de las delicias, bajo el hombre-árbol. Se aprecia el sentido maligno de la música, cuyos instrumentos sirven como aparatos de tortura; en un trono dorado se sienta la posible manifestación de Satanás devorando hombres; por último, se distinguen bestias diversas, como gryllas equipadas con patines de hielo o un yelmo

¿Por qué toda esta invención? La discusión ha tomado vertientes dispares: sectas heréticas, ciencias ocultas, astrología, alquimia… Desestimada la mayoría de estas ideas, solo la alquimia cobra sentido en ciertas consideraciones. El consenso, sin embargo, se ha volcado fundamentalmente en reconocer un contenido puramente religioso, moralizante. En primer lugar, para este autor con sólida formación cristiana los monstruos podrían ser una plasmación satirizada de las frágiles convicciones humanas de la sociedad de su tiempo, que se aleja de las enseñanzas de Dios en su camino a la perdición, condenándose inexorablemente al castigo infernal. En estos mundos oníricos, los monstruos se presentarían como otra manifestación del hombre mismo. El verdadero enemigo del alma, por tanto, no estaría en el mundo exterior, en fieras amenazantes, sino en el hombre, que genera sus propias luchas internas de las que debe liberarse. En segundo lugar, la necesidad de los monstruos, de la oscuridad, del Mal, radica en la necesidad de poder explicar el Bien, de fortalecer la fe; han sido creados por Dios, imperfectos, como manifestación de lo excesivo y el desorden. Y en tercer lugar, se advierte en estas criaturas gran agitación, dinamismo. El movimiento se asocia a la transformación incesante, la temporalidad de las cosas, y con ello, al terror del hombre al cambio, a lo desconocido, a la muerte. Su época, el final de la Edad Media, resucita los miedos más intrínsecos del hombre. Estos presagios, y entre ellos un eclipse en 1485, contribuirían a engendrar los monstruos del Bosco. De ahí que conceda importancia especial a la vanitas, la caducidad de las cosas de este mundo, que tanto arraigaría en periodos posteriores.

En un tiempo tachado injustamente de obsoleto y yermo, donde la fluidez de conocimiento e imágenes estaba extremadamente restringida, resulta ineludible comprender la rareza del exuberante imaginario del Bosco. Tal fue su prodigiosidad que no tuvo digno sucesor inmediato más allá de Pieter Bruegel el Viejo, y prácticamente hasta nuestros días, reivindicado en figuras como Max Ernst o Salvador Dalí. 500 años después, sus bestias siguen retando a comprender su mundo. Nuestro mundo.

La huella del Bosco: a la izquierda, detalle del Jardín de las delicias, colocado aquí horizontalmente para facilitar su comprensión; a la derecha, detalle del Gran masturbador, de Dalí

La huella del Bosco: a la izquierda, detalle del Jardín de las delicias (ca. 1490-1500), colocado aquí horizontalmente para facilitar su comprensión; a la derecha, detalle del Rostro del Gran Masturbador, de Dalí (1929)

 

 

 

 

 

 

 

 

Vía| VVAA: El Bosco. La exposición del V Centenario, catálogo de la exposición; PEÑALVER, Luis: Fenomenología de la experiencia visionaria en el Bosco: de la iconografía a la figuración; KAPPLER, Claude: Monstruos, demonios y maravillas a fines de la Edad Media; VVAA: Genios del Arte. El Bosco; El Bosco. Los sueños que fascinaron a Felipe II, Historia National Geographic nº 152; Museo Nacional del PradoEl País.

Más información| Apocatastasis: El Infierno Musical; Valdeperrillos: Los monstruos ridículosValdeperrillos: Portentos, ostentos, monstruos, prodigios y maravillas; El País: Los “Artilugios bosquianos” de BrandsEl País: El Autor: El Bosco en el Museo del Prado; RTVE: El jardín de las delicias” esconde una partitura musicalEl País: La “maximización” bosquiana. El País: El Bosco con botas (Doctor Martens), EFE: De Dalí a Madonna: El Bosco sigue vigente por su irreductible misterio.

Imagen| El País, Compartiendo el conocimientoWikimedia Commons, Museo Reina Sofía.

En QAH| De brujas y demonios: cuando el terror inspira el arte (I), De brujas y demonios: cuando el terror inspira el arte (II)La psique de Max Ernst.

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