Patrimonio 


El sueño inacabado de Aníbal González: la Basílica de la Inmaculada Milagrosa

El nombre de Aníbal González (1875-1929) resuena con afecto y gratitud en Sevilla, ciudad que lo vio nacer y morir y a la que concedió un magnífico legado integrado por numerosas y sus más representativas creaciones. El arquitecto, máximo exponente del regionalismo andaluz, ha dejado buena parte de Andalucía, además de otras zonas de España, salpicada de obras de mayor y menor envergadura, entre las que destaca su magnum opus: la Plaza de España, el proyecto más ambicioso y núcleo de la Exposición Iberoamericana de Sevilla (1929), de cuyas obras fue director.

Panorama de la Plaza de España, Sevilla

Panorama de la Plaza de España, Sevilla

El estilo del artista oscila entre el modernismo de su primera etapa y el historicismo de la segunda, incluyendo el neogótico, el neomudéjar y el neorrenacentista. Más allá de su eminente contribución a la Exposición Iberoamericana, buena parte de su trayectoria transcurrió atendiendo encargos para la burguesía, a excepción de sus últimos años.

Fachada oeste del Edificio ABC, proyectado por Aníbal González en el Paseo de la castellana, Madrid

Fachada oeste del Edificio ABC, proyectado por Aníbal González en el Paseo de la castellana, Madrid

Por diversas desavenencias –discordia y presión en la gestión de la Exposición, recortes de presupuesto y agotamiento físico–, Aníbal González terminó desvinculándose del asunto de la Exposición tras 15 años al frente para centrar sus últimos días en un proyecto final. Una obra apenas conocida para muchos sevillanos pese a sus pretensiones monumentales. Y es que sería un proyecto que apenas iniciado debió afrontar la mayor de las adversidades: la muerte de su creador, y por ende la renuncia a su continuación. Se trata de la Basílica de la Inmaculada Milagrosa, un templo neogótico de notable magnitud que supuso, ante todo, un desafío.

El propio rey Alfonso XIII, que presenció parte del desarrollo de las obras de la Exposición Iberoamericana, dejó constancia de su admiración por la ciudad hasta tal punto que sugirió a su alcalde no erigir edificios tan altos como para distorsionar el bello paisaje urbano de aquel momento. La misma Plaza de España, con sus dos torres de 74 metros, contó con considerables críticas por rivalizar con la Giralda, de 98,5 metros –sin contar el Giraldillo–. La basílica, por sus características, sacudiría aún más las críticas.

La creciente devoción por la Inmaculada, según algunos profesada por el propio arquitecto, advertía la necesidad de un santuario mayor para acoger la imagen y sus fieles. Esto, añadido quizá al deseo de Aníbal González de ejecutar su arte libremente, sin atender a discrepancias, y por supuesto su afán de volver a conmover con un gran proyecto tras la frustración anterior, fue el impulso definitivo para el proyecto. Todo ello en un momento inestable para la ciudad y España en general, sumida en la dictadura de Primo de Rivera.

La idea de Aníbal González era fastuosa en todos los sentidos. Los terrenos destinados a la construcción, conocidos como Huerta del Rey –actuales Jardines de La Buhaira– y cedidos por la Compañía de Jesús, albergarían una gran plaza de 120 metros de diámetro para realzar la fachada de la basílica, de 45 metros de altura, con tres puertas ojivales y flanqueada por dos majestuosas torres de 100 metros. La planta, de cruz latina, ocuparía unos 10.000 metros cuadrados –téngase en cuenta que la Catedral de Sevilla, acaso la mayor entre las catedrales católicas, consta de una planta de más de 11.500– y constaría de tres naves –la catedral sevillana tiene cinco–, siendo la nave central considerablemente más alta para dar cabida a vastos ventanales. La disposición del deambulatorio permitiría divisar la imagen de la Inmaculada desde cualquier parte del templo. Inspirada en el gótico francés y español, la basílica presentaría influencias evidentes de su rival local especialmente en el exterior. A su vez sería el eje de un complejo mayor, la Ciudad Escolar del Inmaculado Corazón de María, que comprendía varias escuelas, un salón de actos y una residencia. No se trataba en absoluto de una creación vanguardista –basta con citar a otros autores contemporáneos de Aníbal González como Le Corbusier o Mies van der Rohe–, si bien casaría con el corte castizo y monumental de la ciudad.

Reconstrucción del complejo Ciudad Escolar del Inmaculado Corazón de María, en que se aprecia la basílica a la derecha

Reconstrucción del complejo Ciudad Escolar del Inmaculado Corazón de María, en que se aprecia la basílica a la derecha

Fachada principal del proyecto de Aníbal González para la basílica

Fachada principal del proyecto de Aníbal González para la basílica

Por otra parte, el presupuesto dependía en buena medida de donaciones, lo que pondría en peligro el desarrollo de las obras. Aun así, en julio de 1928 se iniciaron las mismas colocando la primera piedra, bendecida por el cardenal Ilundain, arzobispo de la ciudad, y con la presencia de Alfonso XIII. Este solemne comienzo contrasta con los acontecimientos acaecidos menos de un año después: la muerte sobrevino al arquitecto en mayo de 1929, cuando había poco más que los cimientos.

El fervor por la Inmaculada decayó tan pronto como las obras cesaron. El proyecto quedó aparcado, aunque con intención de ser reanudado. Sin embargo, solo se efectuó tiempo después parte del resto del complejo levantando un colegio, mientras que los basamentos de la basílica han sido ocupados hace escasos años por un restaurante. Un desenlace deplorable que obliga a cuestionarnos cómo habría lucido hoy el patrimonio sevillano de haberse completado el templo, y más aún, de qué manera habría cambiado la historia de la ciudad.

 

Vía| Portal de Archivos de Andalucía, Sevillanadas, Postales y fotos antiguas de Sevilla.

Más información| Portal de Archivos de Andalucía, Estado actual del basamento en Google Maps.

Imagen| Wikimedia CommonsLas Mil Millas, Portal de Archivos de Andalucía, Sevillanadas.

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