Historia 


Al emperador le untaron estiércol en la cara

La Historia del Imperio Bizantino o Imperio Romano de Oriente (ellos siempre se consideraron romanos) está llena de soberanos y peculiares usurpadores, militares, estadistas, emperatrices que detentan el poder, etapas de gloria, sombras e innumerables disputas religiosas. Pero entre toda esta amalgama de características vamos a quedarnos con una: los emperadores odiados. Algunos de estos gobernantes fueron un verdadero desastre, así que vamos a viajar al siglo XII para conocer a uno de los mejores, ¿o deberíamos decir peores?

A finales del siglo XI llega al poder una nueva dinastía, los Commeno, que se mantiene en el trono de Constantinopla hasta 1180. Procedían de Plafagonia, una región del Norte Anatolia y su primer emperador fue Alejo I, con el que llegaron profundos cambios. La economía pasó a basarse en grandes explotaciones controladas por terratenientes y no en pequeñas propiedades de campesinos libres, e incluso se abandonó el palacio imperial para trasladarse a otro más pequeño. Con esos aires de cambio la situación del Estado Bizantino parecía ir a mejor, pero todo lo bueno se acaba… Llegó Andrónico.

Palacio de Blanquernas

Palacio de Blanquernas

Andrónico Commeno fue el último emperador de la dinastía y fue destronado y sustituido por el primer representante de la estirpe de los Ángeles. Su vida es muy interesante ya que estuvo encarcelado, en el exilio, y él mismo fue un usurpador. Una vez llegado al poder, que le duró sólo dos años, cometió el error de enemistarse con la aristocracia, por lo que fue derribado y condenado a una horrible muerte que el bizantinista francés Charles Diehl nos relata así:

Andrónico Comneno fue insultado, se le rompieron los dientes, se le arrancó la barba y el cabello, las mujeres se cebaron a puñetazos y se le sacó un ojo.

Juan II, tío de Andrónico

Juan II, tío de Andrónico

Entonces empezó su espeluznante suplicio: sus antiguas víctimas le hicieron desfilar por las calles subido a un camello sarnoso entre burlas de la multitud, que le daba bastonazos, le arrojaba piedras y excrementos, e incluso agua hirviendo. A continuación le llevaron al Hipódromo, donde se ensañaron brutalmente con él cortándole las manos, arrancándole el cabello y los dientes y sacándole un ojo. Tras darle un breve descanso, fue colgado por los pies entre dos columnas cercanas a una escultura de la Loba Capitolina, y cuantos quisieron golpearle pudieron hacerlo. Andrónico no profirió un lamento durante su suplicio. Las únicas palabras que repetía eran:

Apiadaos de mí, Señor; para qué habéis de estrellar una caña ya quebrada.

Finalmente, un soldado italiano se decidió a rematar al infortunado hundiéndole su espada en las entrañas, para poner fin a su agonía. El nuevo Emperador ordenó que el cadáver mutilado de Andrónico permaneciera insepulto.

Y es que los bizantinos lo de torturar lo llevaban bien: uno de sus castigos más populares era el de cegar, sin perder de vista el de amputar la nariz. Tanto es así que existen emperadores como Justiniano II, llamado Rhinotmetos, que se traduce como nariz cortada.

Pero esa es otra historia.

En colaboración con QAH| Ad Absurdum
Vía|Diehl, C. (1963) Grandeza y servidumbre de Bizancio, Espasa Calpe. Madrid.

Vasiliev, A. (2004) Historia del Imperio Bizantino, Madrid.
Más información|Yerasimos, S. (2007) Constantinopla. La herencia histórica de Estambul. Ullmann & Könemann. Postdam.
Imagen|Palacio de BlanquernasJuan II, tío de Andrónico

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