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¿Acompañar cualquier momento del día con una canción?

Hablar hoy de música es decir iTunes, archivos mp3, descargas por Internet, Spotify y otras aplicaciones para escuchar música en streaming que han vuelto a revolucionar la industria. Pero retrocedamos unas cuantas décadas.

En los tiempos en los que aparecieron los Beatles la gente era seguidora de determinados cantantes, grupos o bandas: se era de los Beatles o de los Stones, Elvis o Frank Sinatra. Pasaron algunos años y se empezó a hablar no solo de bandas, sino de más y más géneros y subgéneros musicales. Así se escuchaban cosas como: “¡Bob Marley es un grande! Yo solamente escucho reggae”; “a Claudio le va el heavy-metal” o “ya se han ‘cargado’ a otro rapero”.

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En este sentido, el fenómeno característico entre los voraces consumidores de música de principios del siglo XXI son las listas de reproducción. Algo así como la versión contemporánea o Apple de las casetes de audio que se titulaban “varios” y que se grababan con mucho cariño y esmero a las novias o novios de los 80’.

 

Ahora, basta con abrir Spotify desde el teléfono o un ordenador para recibir propuestas de listas interminables de canciones para afrontar cualquier situación de la vida: música para estudiar, para ir en Metro o en avión, comenzar el día, acostarse, relajarse, cocinar, bailar con tus hijos, salir a correr, pasear por el monte, ir a la playa… Además, en casi todas las oficinas es normal ver a sus empleados con los auriculares puestos, en muchos momentos de la jornada laboral.

Una vez escuché al pianista y director Daniel Barenboim quejarse amargamente sobre esos hilos musicales que emiten música clásica en ascensores, salas de espera o aviones. La mayoría de estas piezas, decía, no se hicieron para ser escuchadas de fondo mientras la gente conversa, sino obras enormes y complejas que merecen poner los cinco sentidos en ellas. Creo que a lo que se refería Barenboim tiene que ver con las ganas de colgar que me entran cuando llamo a algún sitio por teléfono y me dejan “en espera” con alguna famosísima serenata de Mozart o el Himno de la alegría. Cada cosa tiene su momento y lugar; por supuesto me sentiría feliz de escuchar eso mismo en un auditorio de excelente acústica, a cargo de una orquesta con su señor director, solistas y un inmenso coro.

Al igual que creo que hay una música o canción justa para cada momento (¡y un ritmo!) y me resulta divertidísimo pasar el rato intentando descubrir cuál podría ser, también considero es importante dejar espacio libre al silencio. Muchas veces me he dado cuenta de que es lo que mi cuerpo necesitaba y no le hacía caso.

Hay algunos superdotados que no paran de escuchar melodías en su cabeza ni en el silencio más absoluto. Beethoven, por ejemplo, pasó los diez últimos años de su vida sordo como una tapia, pero nunca dejó de componer.

¿Y tú? ¿Qué opinas?

Por Miguel Olalquiaga

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