Historia 


Acepto ser libre si salvas a mis compañeros, si no moriré con ellos

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Se llamaban Salvador Pigem, Miguel Massip González y Manuel Torras Sais. Ninguno llegó a cumplir el cuarto de siglo. Los tres fueron Misioneros Claretianos que vivieron, y murieron, en el Barbastro de 1936, posiblemente una de las poblaciones españolas donde el odio se hizo más presente en los albores de la Guerra Civil. Junto con sus compañeros y formadores fueron detenidos el 20 de julio, concretamente a las cinco de la tarde, hora taurina. Fueron fusilados, al igual que el resto de Misioneros Claretianos de Barbastro en agosto de ese mismo año. En total cincuenta y uno.

Durante los años treinta el anarquismo tuvo mucha fuerza en Barbastro. La CNT contaba por entonces con 440 afiliados en esta población que, por entonces, tenía unos 8.000 habitantes. No eran muchos quizá, pero si lo suficientemente influyentes como para liderar la corriente revolucionaria barbastrense. Nombres como Eugenio Sopena, Leoncio Fantova, Ángeles Arilla (esta última pertenecía a la FAI) y otros tuvieron un papel decisivo en los acontecimientos sucedidos en la capital del Somontano entre el 20 de julio y el 18 de agosto, cuando fueron fusilados los últimos Claretianos. El propio ayuntamiento, gobernado por Pascual Sanz, estaba bajo el dominio de los revolucionarios.

Los días previos al 20 de julio fueron tensos en Barbastro. El día 19 los anarquistas se hicieron con armas tras asaltar varias armerías de la ciudad, mientras que en el cuartel militar los soldados se sublevaron ante el coronel Villalba, quien anteriormente había garantizado a los Misioneros que velaría por su seguridad. El anticlericalismo latente en Barbastro y otras poblaciones de Huesca explotó y muchos clérigos e, incluso, laicos, comenzaron a ser detenidos y ejecutados. Los Misioneros Claretianos eran sabedores de que los revolucionarios iban a registrar el Seminario con el pretexto de que allí había armas escondidas. Varios de los seminaristas debían realizar el servicio militar, que por entonces era obligatorio. Los encargados de instruirles fueron Mariano Cuello y Gonzalo Creus. La instrucción se llevó a cabo en la plaza de toros de Barbastro. Desde el 13 de julio había corrido por Barbastro el rumor de que los seminaristas se estaban entrenando militarmente a puerta cerrada. En España se vivía un ambiente prebélico, con lo cual dicho rumor adquirió una proyección incendiaria que estalló con el golpe militar del 18 de julio. Dos días después se registró el Seminario, donde tan solo se encontró una escopeta… de madera. Los jóvenes Misioneros fueron trasladados al salón de los Escolapios, situado junto al ayuntamiento de Barbastro. Allí permanecerían hasta mediados de agosto, conscientes de su destino. Durante el encierro se dedicaron a rezar, conversar y darse ánimo entre ellos. Tuvieron incluso tiempo para el humor. Crearon un “Comité de la Risa” que les permitiría, durante aquellos días de encierro, mediante la fantasía, la ingenuidad y el buen humor,  vencer el temor a la muerte hasta tal punto que los milicianos de guardia pensaban que su jolgorio se debía a que preparaban una escapatoria. Los seminaristas, fieles a su vocación, incluso hicieron frente a la tentación de la carne, venciéndola. Ocurrió que los milicianos introdujeron en el salón a varias meretrices a las cuales los Misioneros no hicieron caso. Ellas trataban de inoportunarles, ellos bajaban la cabeza modestamente.

Los milicianos anarquistas ofrecieron la libertad a los seminaristas claretianos si renegaban de su fe y su condición clerical. Les instaban a unirse a la revolución. Ninguno de ellos aceptó, fieles tanto a los valores en los que habían sido educados como a los compromisos y votos que habían adquirido. Pero algunos seminaristas recibieron ofertas personales de libertad. Quizá la más curiosa fue la de Esteban Casadevall, de quien se enamoró una miliciana que le ofreció la libertad si se iba con ella. La muchacha le confundió con un famoso actor de la época con quien Esteban guardaba gran parecido. Pero este no aceptó su ofrecimiento, pues quería ser fiel tanto a sus votos como a sus compañeros. Era consciente de que no podía abandonarles en un momento como ese. Esteban Casadevall fue fusilado el 12 de agosto. Además de él, hubo tres seminaristas que renunciaron a la libertad por no querer abandonar a sus compañeros. Se llamaban, como hemos visto, Salvador Pigem, Manuel Torras y Miguel Massip. Los tres recibieron ofertas para salir en libertad. Los tres, al escuchar la propuesta, preguntaron ¿Y mis compañeros? Al escuchar que tan solo ellos saldrían en libertad, prefirieron quedarse con sus compañeros.

A Salvador Pigem (Viloví de Oñar, Gerona, 15 de diciembre de 1912) le reconoció un miliciano que trabajó, años antes, en el Hotel Centro de Gerona, propiedad de los tíos de Salvador. Tras reconocerle como el nieto de los dueños le ofreció salvarse. Salvador respondió “Si me salvas con los demás, acepto“. Ante la respuesta negativa del miliciano,  Salvador se quedó con sus compañeros siendo fusilado el 13 de agosto. Suscribió la Carta de Despedida con la frase: “Y ¿qué ideal? Por ti mi reina, la sangre dar”.

A Manuel Torras Sais (San Martí Vell, Gerona, 12 de febrero de 1915). le reconoció un miliciano de su pueblo que se ofreció para salvarlo. Al igual que Salvador, Manuel respondió “Si es con todos, si“. Su paisano replicó “Eso no, me juego la vida”. Manuel se quedó junto con sus compañeros y fue fusilado el 13 de agosto suscribiendo también la Carta de Despedida con las palabras “Viva Jesucristo Rey”.

Miguel Massip (Llardecans, Lérida, 8 de junio de 1913). Una hermana de Miguel, también religiosa, atendió años antes a un miliciano durante una travesía a Ámerica. El soldado reconoció a Miguel y le ofreció la libertad en agradecimiento al cuidado que había recibido por parte de la hermana de este. Miguel, como habían hecho Salvador y Manuel, preguntó “¿Y mis compañeros?”. El miliciano respondió que solo le salvaría a él. Miguel rechazó la oferta de libertad y fue fusilado el 14 de agosto, tras suscribir la Carta de Despedida con las palabras “Por dios luchar hasta morir”.

El ejemplo de compañerismo de estos tres jóvenes es realmente digno de elogio y de ser tenido en cuenta en un tiempo como el nuestro, donde prima el individualismo y el “sálvese quien pueda”. Cuentan las crónicas que Salvador, Miguel y Manuel, al igual que sus compañeros, acudieron a su encuentro con la muerte alborozados por haber sido fieles hasta el final a sus valores y a los votos que habían adquirido como religiosos. En el caso de nuestros tres protagonistas podriamos decir que murieron sintiéndose contentos por no haber abandonado a sus compañeros aún cuando tuvieron la oportunidad de haber salido en libertad.

En colaboración con QAH| Reflexiones a la luz de un Candil

Vía| “Esta es nuestra sangre. Un Seminario mártir”. Gabriel Campo Villegas.  Publicaciones Claretianas, 2008. Madrid

Más información| Mártires de Barbastro, Beatos Mártires de Barbastro, Murieron cantando

En QAH| La carta de Franco que advertía del “peligro de levantamiento”,

Imagen| Mártires de Barbastro

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