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A un día del uno de octubre, hemos fallado todos

A un día del uno de octubre, he querido escribir unas pocas líneas sobre la crisis institucional en Cataluña (en España) para tratar de ordenar toda la vorágine de ideas y sentimientos que durante el pasado mes he tenido ocasión de acumular. Tome en cuenta el lector que, aunque nací y vivo actualmente en la capital, yo crecí en Cataluña; pasé desde los 6 hasta los 15 años en Gerona, de manera que toda mi infancia, de la cual aún conservo muchos amigos, permanece y siempre permanecerá ahí.

Vaya por delante que, para mí, la independencia de Cataluña carece de todo sentido: no creo que los sentimientos deban tomar decisiones adultas; no creo que exista una identidad catalana más evidente que, por ejemplo, la andaluza, ni que la Historia la ampare; no parece que redunde en beneficios económicos para ninguna de las partes; no creo que España, como país, sea lo suficientemente horrible como para obligar a otros a abandonarlo; y, si me apuran, ni siquiera parece que el independentismo sea el sentir mayoritario de los catalanes y, para los que sí lo es, quién sabe hasta qué punto no es exclusivamente producto del adoctrinamiento y de la presión social que ahí se vive (que, os aseguro por experiencia propia, es real).

Pero es que, además, me repugnan los tintes xenófobos, racistas y populistas que, especialmente en los últimos años, ha tomado este movimiento, íntegramente basado en una falta imperdonable de solidaridad. Y ello por no hablar del lamentable espectáculo que aquí y allí está protagonizando el procés: su (premeditada) confusión del referéndum con la democracia, su sometimiento a la radicalidad de la CUP, los abrazos a Otegui, las cartas pidiendo a los padres de los niños que les permitan a éstos apoyar el referéndum, etc.

Pero, para mí, lo peor no es que una masa torpe haya sido vilmente engañada, sino que, habiendo ésta desafiado el ordenamiento, habiéndose saltado las leyes, habiendo auspiciado Cataluña un golpe de Estado desde hace años, no nos hemos alarmado. Hemos deseado ingenuamente que la democracia y la ley se defendiesen solas y, ahora, tras un –aunque descarado– muy paciente adoctrinamiento perpetrado por el independentismo durante cuarenta años y aprovechando con gran estrategia el advenimiento de la crisis por parte de las élites políticas independentistas (no catalanas), el Estado está desnudo en Cataluña y no dispone de instrumentos con los que revertir la rebelión.

A un día del uno de octubre, se han confirmado algunos de los temores que ya hace tiempo intuía: tenemos un Estado débil, un gobierno débil y una sociedad débil. Hemos fallado todos: la izquierda, por traicionar la democracia y el Estado redistributivo por los que tanto ha luchado históricamente; la derecha, por no sacudir sus complejos y reivindicar activamente la defensa del orden y de la unidad de la nación; el gobierno, por su falta de liderazgo; y los ciudadanos, por no indignarse ante las injusticias y ante los más elementales ataques a su democracia. Por olvidar la sangre, el sudor y las lágrimas que nos han costado llegar hasta aquí. Por confiar ciegamente en que el sistema se defiende solo. Porque, amigos, la calidad de una democracia se define por el modo en que una sociedad reacciona ante las injusticias que en su seno se producen. Nosotros no hemos reaccionado o, por lo menos, no a tiempo y vamos a pagar por ello, como bien tenemos merecido.

Al margen de la inmediatez a lo aboca lo anterior, nos apetezca o no, es innegable que existe un problema de raíces profundas que es preciso encarar cuanto antes. Coger el toro por los cuernos, como se suele decir, lo cual, para mí, pasa por llevar a cabo cuatro medidas en el siguiente orden: sofocar el golpe de Estado, demostrar a los golpistas y al resto de españoles que no debe repetirse (que conste que no hablo de violencia; de momento, no es necesaria), dialogar serenamente con el independentismo (sin hacer concesiones importantes; nada más faltaba) y construir un relato español que combata al que tan fuertemente ha calado en Cataluña. Porque España, aunque no lo vemos ahora, es un gran país: tolerante, diverso y con un inmenso potencial. Algo me dice que pronto habremos de darnos cuenta. Por lo pronto, por primera vez en mi vida, he extendido una bandera de España en el balcón de mi casa. Lo sé, soy un facha.

Una cita se repite mucho últimamente en las redes sociales –imagino que a causa de la crisis institucional en España o, por lo menos, en el mundo (que no es menor)– que reza: “malos tiempos crean hombres fuertes, hombres fuertes crean buenos tiempos, buenos tiempos crean hombres débiles, hombres débiles crean malos tiempos”. Y vuelta a empezar. Es simple, pero me encaja. No le quepa duda al lector de que nos encontramos ante la última fase: los malos tiempos creados por los hombres débiles. Espero que sea acercándonos al centro democrático que consigamos encauzar esta crisis, pero sé de España que tiene más experiencia en la polarización que en la moderación. Eso mismo explica Nigel Townson en “La República que no pudo ser: La política de centro en España (1931-1936)” y yo lo suscribo.

Ignoro qué ocurrirá mañana domingo y, sobre todo, a partir del lunes. De la información extraída a los muchos entendidos con los que he tenido ocasión de charlar al respecto (varias horas diarias durante este mes), me aventuré a apostar con un amigo a que los independentistas lograrán votar ridículamente mañana, el President (o el Parlament) declarará unilateralmente la independencia durante la próxima semana y el gobierno, finalmente, hará uso del artículo 155 de la Constitución, ya aplicado de facto. A partir de entonces, puede ocurrir cualquier cosa.

A un día del uno de octubre, hemos fallado todos. Unos han despertado muy tarde y otros siguen equivocados. Pero aún conservo la esperanza de que estos malos tiempos deben ocurrir para que, de una vez por todas, nuestra aletargada ciudadanía despierte y podamos dar el primer paso, que hace tiempo nos corresponde, hacia una nueva –y pacífica– transición.

 

Primera imagen: El País.

Segunda imagen: Noticiero Universal.

Tercera imagen: eldiario.es.

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