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¿A dónde van las fotos que no se publican?

“Lo problemático no es el aumento de imágenes, sino la coacción icónica de convertirse en imagen”. -Byung Chul Han

El obturador no descansa. Disparar-editar-publicar. Como si se tratase de un gimnasio visual, las series se repiten con disciplina espartana. Y, lejos de agotarnos, queremos más. ¿Qué sentido se le da al ajetreo de la lente que aprisiona las escenas que la retina olvida?

La década del 90 nos recuerda las fotografías en rollos de 12, 24 o 36 exposiciones. Cómo olvidar el misterio que encerraba llevar el tamborcito fílmico a la casa de revelado y la incertidumbre de no saber si las fotos habían salido bien, el alivio del retrato perfecto para enmarcar o la desazón de la toma que se había velado: “¡Justo esa foto! Con lo bien que la habíamos pasado”, se lamentaba alguien cuando confirmaba la pérdida irreparable de ese testimonio plasmado en el negativo color ámbar.

Los años del grunge y las estridencias de Versace serán recordados también porque en las fotos se plasmaba la fecha en uno de los bordes de la toma, en números digitales situados sobre uno de los bordes inferiores de la copia en papel mate o brillante, por lo general de 10×15 centímetros, dimensión estándar del álbum familiar, que se arrogaba la licencia de un 13×18, cuando la ocasión era memorable.

El letargo de esa espera inquieta quedó resuelto con el arribo de las cámaras digitales. Más que una novedad técnica, una cuestión de la temporalidad: el final de la demora y la tiranía de la instantaneidad. Esas fotos “se bajaban” a la PC -¡qué antigüedad!- o se almacenaban en un pendrive. Redimidas de esa terrenalidad digital ascendieron a la volatilidad de “la nube”, y esa elevación trajo aparejada su multiplicación. Las redes sociales se atestaron de escenas que de originales tienen poco y nos remiten, casi siempre, a lo mismo. Solamente a Instagram ingresan 1.000 millones de personas por mes. El deja vú del like.

En épocas donde el smartphone se destaca más por sus ventajas operativas visuales que por sus funciones telefónicas, se invierten sumas siderales para comprar el dispositivo más nuevo. Solamente en Argentina, un iPhone X cotiza lo mismo que dos pasajes ida y vuelta a Japón, un automóvil modelo 2006 o un año de alquiler de un departamento. La voracidad en el consumo de imágenes, así como la locura por registrar y lanzar tomas nos lleva a descargar filtros, apps y recursos para mejorar (¿y mejorarnos?) en las fotografías y videos: un informe de la tienda online Linio asegura que las lentes de gran angular agrandan la nariz hasta 30%. Tal es el impacto, que la revista científica Facial Plastic Surgery informó que las selfies son una de las principales causas del aumento de las rinoplastias, en lo que va del 2018, 55% de los cirujanos plásticos de Estados Unidos dijo que los pacientes acudían al consultorio basados en sus selfies y fotos en redes.

Ante la saturación visual y la atrofia imaginativa de verlo todo, filtros como Huji o Kamon, sólo por citar algunos, aparecieron como recursos para intentar reflotar cierta aura retro de los noventa. Una suerte de melancolía teñida de gamas tecno. O acaso un intento de darle nuevos aires a la previsibilidad: solamente en Estados Unidos, un 26% de los usuarios de Facebook dio de baja la app de su móvil, según datos del Pew Research Center. La proliferación de lo mismo obliga a buscar atajos para convertir en novedad el tedio de la repetición.

El filósofo norcoreano Byung-Chul Han afirmó en su libro El aroma del tiempo que “las imágenes, que pasan de manera fugaz por la retina, no logran captar una atención duradera”. De modo que ¿publicamos para atesorar recuerdos, para presumir ante los demás o para fortalecer el ego? Acaso se trate de purgar el embotellamiento icónico que amenaza con devorarse la memory card y darles a esas imágenes el pasaporte hacia la originalidad. O acaso se trate de resignar el impulso de capturar y dedicarse al disfrute “en vivo” y sin intermediaciones técnicas.

Vía: Byung-Chul Han, La sociedad de la transparencia.
Byung-Chul Han, El aroma del tiempo.
Pew Research Center
Facial Plastic Surgery

Imagen: Free Images

En QAH: Elegía del encuentro cara a cara, Detox digital: la libertad de decir no

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