Cultura y Sociedad, Reflexiones 


¿A dónde van a parar los sueños?

 

Hubo una época donde todo era posible, soñar con ser princesa y tener muchos vestidos para las muñecas. El disfrutar tirarse en el pasto y hacer angelitos con los brazos en las hojas secas. Cada instante parecía eterno y mágico. No habían preocupaciones más que la merienda y los dibujitos de las 5 de la tarde.

Cada deseo de ser grande para poder hacer lo que quisiera despertaba una adrenalina interna inimaginable.

 

Luego llegó la juventud con su torbellino de inquietudes y preguntas sin respuestas. Sumamente movilizante, donde todo lo que nos fue enseñado se replanteaba interiormente y muchas veces exteriormente. Esa tormenta de sensaciones que nos interroga sobre quiénes somos, qué queremos ser y hacer, y que muchas veces no sabemos expresar exactamente. Lo más difícil de manejar en la adolescencia son los miedos: miedo al fracaso, a la exposición, a la burla. Todo causa vergüenza y nos mueve al silencio y al temor de no quedar expuestos.

En esos momentos, el entorno se vuelve invaluable ya que es el sostén para equilibrar ese tsunami interno. Cada palabra, mirada, silencio se vuelven tesoros para aquel adolescente que muchas veces no tiene lo que necesita en su casa y, en algunos casos, si lo tiene no siempre lo valora. Y no es que el joven sea malo o ingrato, todo lo contrario, la complejidad de esa etapa con las hormonas en el ring todo el tiempo hace que sea muy difícil “ver”. Es una etapa donde no se es con definición exacta y si bien es una etapa compleja es maravillosa en su complejidad. En la juventud está la fuerza y energía suficiente para cambiar el mundo, para hacer, para construir, para brillar. Es el momento de esplendor y de imaginar y soñar -con más elementos- aquellos sueños de niños.

Por eso, cuando un o una joven decide terminar con su vida el mundo debería detenerse, hay algo que como sociedad y sobre todo como entorno no estamos sabiendo encauzar. Esa energía y vitalidad se ven limitadas y opacadas ante la indiferencia y la falta de contención. Si alguna vez esa joven o ese joven tuvo sueños, se fueron y no existirán jamás.

Por eso cada detalle y acción y no acción, cuenta, vale, tiene sentido. Un sentido que muchas veces en la rutina y la comodidad decidimos acompañar desde la complicidad de lo más “sencillo”. Qué hay más importante en este mundo que hacer brillar a nuestros jóvenes y mostrarles que todo es posible si se lo proponen. Que todo implica esfuerzo y algunos sacrificios, pero que a su vez, ese sueño que se encontraba junto a las estrellas, una vez alcanzado produce una inmensa satisfacción y un reconocimiento doble y triple a la vez.

Hay dos cosas que cuando se pierde una la otra es muy difícil de alcanzar y viceversa. La primera es soñar, soñar con un objetivo por realizar permite que todas las acciones que se desarrollen tengan un sentido y que con la dirección adecuada se lo alcance luego de un recorrido. En definitiva, es vivir la vida buscando alcanzar aquello que me propuse obtener. Y lo segundo, es ser feliz aquí y ahora, aún cuando no hayamos alcanzado aquello que nos propusimos, saber descubrir la belleza colateral como dice la película (pone el nombre de la peli), la más rica en sabiduría. Cada instante es único e irrepetible, si pudiéramos agradecer y ser felices por este aquí y ahora todo tendría más sentido y valor antes nuestros ojos.

A veces la rutina dificulta que podamos “ver” aquellos sueños que en todo corazón de niño o niña hubo y que quedaron olvidados en un lugar del universo. Ese es el desafío de la vida, reencontrarnos con aquello que soñamos y que por alguna norma familiar o social o por las vueltas de la vida preferimos decir que no era nuestro. Démonos la oportunidad de un reencuentro.

* Imagen| Psicología y mente

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