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¿A dónde va la ciencia económica?

La crisis financiera iniciada a finales de 2007, transformada posteriormente en una de las mayores recesiones conocidas de la historia, ha tenido efectos no solo en la vida de los ciudadanos, en los países o en los gobiernos, sino además ha provocado un terremoto en el mismo corazón de la Ciencia  Económica. Al igual que ocurriera en los años treinta, no hay nada como una buena crisis para provocar serias dudas sobre la capacidad del cuerpo teórico económico para predecirlas así como manejar sus consecuencias. Más aún, otros hechos, como es el aumento de la desigualdad, no necesariamente provocado por la actual coyuntura sino por otros factores estructurales, ha excitado a las nuevas corrientes críticas.

Y es cierto que la ciencia económica se encuentra actualmente en una fase de crisis de identidad. El consenso alcanzado a finales de los noventa a través de la Síntesis Neoclásica no ha resistido el envite y en la actualidad la lucha se centra en entender si el actual cuerpo teórico es suficiente o es necesario construir uno nuevo.

Así, los modelos teóricos actualmente predominantes, especialmente los neokeynesianos, fueron incapaces de predecir la crisis además de su intensidad. El desprecio hacia variables financieras en los modelos más utilizados tanto por los economistas como por los que desarrollaron en el período previo a la crisis la política económica, impidieron no sólo esta predicción, sino su entendimiento.  En consecuencia, un debate sobre la reconfiguración de una nueva macroeconomía se inició nada más la burbuja pinchó.

La reacción de la Ciencia Económica ha sido variada. En primer lugar muchos investigadores han introducido variables del mercado financiero en sus modelos. Evidentemente, no todos los modelos macroeconómicos actuales deben incluir variables tales como crédito, préstamos o precios de activos financieros, ya que los modelos en su mayoría son parciales, no generales: analizan la relación entre determinadas variables y no del conjunto de la economía. En dicho caso no es necesario intentar evaluar el efecto de ciertas políticas o shocks sobre el conjunto de la economía. Sin embargo sí es cierto que la compresión de los ciclos económicos exige que en los modelos más utilizados, como son los DSGE y utilizados por gran cantidad de instituciones como Bancos Centrales se consideren, por poner un ejemplo, que la expansión del crédito tiene como consecuencia probable una burbuja financiera.

En segundo lugar se han rescatado análisis teóricos alternativos que sí se consideraban variables financieras, pero que no pertenecían al mainstream de la ciencia económica. Es el caso, en primer lugar, de modelos como el de Minsky, de los años 70, sobre el comportamiento de los agentes en mercados financieros. Este modelo, tan reclamado en la actualidad, se basaba en el efecto que los “sentimientos” o percepciones de los agentes poseen en función del “momento” financiero. Por otro lado, teorías no tanto alternativas pero sí basadas en postulados diferentes sobre las bases del comportamiento de los agentes económicos, alejados, por ejemplo, de la racionalidad económica, información perfecta, han recibido incluso el espaldarazo de la mismísima academia “oficial”. Tal es el caso del premio Nobel de 2013 Robert Shiller.

En tercer lugar existe un cuerpo empírico que intenta evaluar los efectos de las burbujas y sus consecuencias, y así poder definir las posibles políticas económicas. Por un lado, muchos trabajos han encontrado que el efecto de las burbujas son menos relevantes de lo que en un principio pudiera considerarse. de este modo la política monetaria debe centrarse más en evitar las recesiones que las mismas burbujas. Otros trabajos se han centrado en redefinir el efecto de la políticas fiscales, especialmente debido al efecto de la crisis sobre las cuentas públicas. A su vez, la transformación de la crisis económica en luna crisis de deuda provocó una reacción a favor de la austeridad en las políticas fiscales, cuyo análisis de sus consecuencias ha reactivado un debate que naciera nada menos que con la crisis del 29.

Por último, ha surgido también un debate que ataca a la propia ciencia económica en su método, y  cuyo origen no se situa fuera de la propia academia sino dentro de la misma. Un trabajo reciente de Paul Romer (aquí) de hace pocas semanas ataca el afán “matematicista” de la ciencia económica. Considera Romer que el lenguaje del economista sea alejando del discurso lógico al utilizar en exceso el lenguaje matemático para desarrollarlo. La cuestión no es, según Romer, no utilizar las matemáticas sino más bien si es posible darle el espacio que realmente merece. Las respuestas a esta reflexión han sido, y están siendo, muy variadas, en lo que para mí es actualmente uno de los debates más interesantes sobre el futuro de la ciencia económica.

En resumen, estamos en tiempos de tribulaciones. La crisis económica ha tenido un efecto revulsivo en la ciencia y ha generado un debate intenso sobre el camino que debe tomar. Auguro que la economía que conoceremos en no muchos años no va ser muy diferente a la actual, pero sí muy renovada.

Vía| Paul Romer: My Paper “Mathiness in the Theory of Economic Growth”

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