Jurídico 


La educación del futbolista profesional (II)

Me llamo Borja Criado.  He sido futbolista profesional durante 8 temporadas y he jugado en todas las categorías del futbol español.  Empecé defendiendo la camiseta del Europa C.E. y de ahí salté al Valencia C.F. donde alterné durante tres temporadas el filial y el primer equipo.  Luego estuve dos temporadas en el R.C.D. Español (también con alternancia);posteriormente estuve en el Ciudad de Murcia y finalmente en el Granada 74 (ambos equipos de segunda división).  Me retiré en 2008 y ahora acabo de aprobar las oposiciones a notario.

Creo poder decir que he encauzado bien mi vida profesional tras mi etapa en el fútbol de élite.  Sin embargo, no siempre ocurre así, e incluso podría decirse que, en muchas ocasiones, la cosa no termina tan bien.  Y como en muchas otras veces, es un problema fundamentalmente de educación, y no sólo en la etapa profesional, sino mucho antes…

 Empezaré exponiendo específicamente mi caso, contando lo que yo viví y explicaré el porqué de algunos comportamientos, dado que es ahí donde radica el germen de todo.  Fiché por el RCD Espanyol con 12 años después de pasar una prueba (venía del equipo del colegio) y pasé del concepto “equipo de barrio” a lo que hoy conocemos como futbol profesional.  Y digo profesional porque no puede denominarse de otra manera y es que entrenábamos 4 días a la semana por las tardes y llegaba a mi casa todos los días no antes de las 10 de la noche.  Con este nivel de exigencia, no daba tiempo ni para hacer los deberes, ni para estudiar ni para otra cosa que no fuera dedicación exclusiva al fútbol.  Es cierto que teníamos que presentar las notas en el club cada trimestre y, salvo alguna excepción, mis compañeros venían con una relación de suspensos importantes.  Ante ello ¿cuál era el comentario de la mayoría de padres? “Mi hijo no sirve para estudiar y a la mínima que pueda lo dejará”.  Dicho y hecho.  El tema de los padres (que son para analizar en un artículo separado) es clave en esta materia, porque todos se creen que su hijo es el “Maradona” de turno y que les va a sacar de la miseria, con lo cual se lo juegan todo a esa carta. A modo de ejemplo, recuerdo como si fuera ayer los entrenamientos que teníamos en la vieja ciudad deportiva del Espanyol.  Por supuesto, todos los padres presenciaban íntegramente el entrenamiento de su hijo.  No sólo observaban, sino que criticaban al otro niño que competía con su hijo por un puesto en el once titular, daban indicaciones  por encima de la figura del entrenador, insultaban a los padres del otro equipo o a los árbitros en los partidos oficiales y otros sinsabores que no vale la pena ni comentar pero que inciden de manera directa en la educación de su hijo.  Yo he oído una frase de un padre que le decía a su hijo de 10 años que me dejó petrificado (era compañero mío): “tienes que lesionar a este chico en un entrenamiento porque juega en tu sitio”.  Con esto creo que uno puede hacerse una idea del nivel de exigencia que hay en edades tan tempranas y que inciden directamente en el desarrollo personal del niño.

Otro ejemplo impactante: en aquella temporada de infantiles lo ganamos absolutamente todo: primero fuimos campeones de liga; luego vino el campeonato de España (la copa Nike) y posteriormente fuimos campeones del mundo. De aquel equipo de 22 futbolistas que eran campeonísimos, sólo 4 han conseguido tener una carrera en Primera o Segunda División: Jordi Codina (actual portero del Getafe), Albert Crusat (estuvo en el Almería y ahora en Inglaterra), Dani Fragoso (estuvo en el filial del Barça y fue compañero mío en el Ciudad de Murcia) y yo mismo.  Es decir, el  resto son chicos que con 12 años eran los mejores pero que con 20 no tuvieron la suerte de consolidar su carrera.  Si con 15 años dejas de estudiar y luego no vales para el fútbol ¿ahora qué haces? Y la culpa de todo está propiciada por el nivel de exigencia de los clubs y por los padres, ignorantes en algunos de los casos o engañados en los otros.

Tras esa primera etapa formativa (que llega hasta los 18 años aproximadamente) llega el momento de la explosión definitiva de todo futbolista (cada uno a su nivel por supuesto).  En ese momento recibí tres ofertas de equipos que querían ficharme y por este orden temporal: el primero en dirigirse a mi padre (no tenía representante porque creíamos que era una figura inútil) fue el F.C. Barcelona y, casi con carácter simultáneo, llegó la oferta del Valencia.  En última instancia llegó una oferta del Mallorca, pero ya tenía un acuerdo verbal con el Valencia (y eso creo que vincula). ¿Por qué el Valencia? Por diversos motivos: primero, porque consideraba que iba a tener mas opciones de jugar con asiduidad en el filial (el del Barça que también estaba en segunda “B” estaba lleno de estrellas como Iniesta, Motta, Babangida, Trashorras, Sergio García, Arteta o Nano); en segundo lugar, porque la opción de llegar al primer equipo es mas asequible en el Valencia; y finalmente, porque mi padre incidió en no cortar bajo ningún concepto con mis estudios en la facultad de Derecho.  Es aquí donde el Valencia me puso todas las facilidades del mundo y no así el Barça.

Comienza mi aventura en la Ciudad del Turia.  Salvo el periodo estival de pretemporada, el ritmo de entrenamientos de un futbolista profesional es bastante llevadero (por no decir muy llevadero).  Generalmente los lunes descansábamos (reposo después del partido del domingo), aunque en función de las semanas había incluso dos días de descanso (dependiendo de si había Copa del Rey o Champions).  Nuestro horario ordinario era de 10 de la mañana a 1 del mediodía (con alguna tarde esporádica), lo que conllevaba todas las tardes libres.  En mi caso, añadíamos las clases en la facultad.  Es cierto que era un esfuerzo importante, pero yo terminaba de entrenar, me iba al colegio mayor, comía, dormía y me iba a clase a las 4.  Yo no tenía prisa por terminar la carrera, pero era importante no dejarla aparcada porque si no acabaría por abandonarla.  ¿Que hacían el resto de mis compañeros? alguno podía estar terminando el Bachillerato (sí, el Bachillerato), otros trataban de ligar en algún bar, jugar a la Play Station o simplemente hacían vida de casa con sus hijos. Había algún caso aislado como Marchena que estudió turismo u otros que se sacaban el curso de entrenador (sabiendo lo difícil e inestable que es ser entrenador ya que hay 20 equipos en primera y 22 en segunda, es decir miles y miles de futbolistas retirados que compiten por unos escasos 42 puestos).  Recuerdo mi primera pretemporada con el primer equipo cuando tuve una conversación con Salva Ballesta que me gusta reproducir literalmente porque es muy gráfica: yo sabía que él era piloto militar y sabía que eran necesarias muchas horas de vuelo y de dedicación para poder sacarlo y le pregunté cómo lo había logrado y la contestación fue categórica: “hombre, Borja, por las tardes en lugar de irme al Corte Inglés a contemplar a alguna chica de buen ver (dicho finamente) o de comprarme el ultimo reloj de marca con brillantes, pues me voy a volar”.  Tenía toda la razón.

Yo le preguntaba a otros compañeros del equipo sobre su vida post deportiva y ninguno se preocupaba lo más mínimo de eso.  Respuestas como “ya lo pensaré”, ”yo voy a vivir de rentas” (me río de esa frase porque vivir de rentas es extremadamente difícil si uno quiere mantener su nivel de vida de futbolista), “yo viviré del ladrillo” o ” a mí que me importa, pues me iré poner tochos a la obra” eran algunas de las frases mas repetidas.  De hecho, yo era el rarito del equipo, el que estudiaba, el que hablaba en un lenguaje que muchos no entendían o incluso el pijo, pero debo decir que siempre desde el buen ambiente y sin rencores de ningún tipo.

Es difícil que un chico se centre en este tipo de situaciones porque con las cantidades que se mueven, incluso en categorías inferiores, ¿cómo va a estudiar un chico que con 18 años gana 6.000 euros todos los meses? ¡Y digo 6.000 cuando podía ser bastante más! Además es un dinero que suele ser limpio, porque en mi caso el colegio mayor estaba pagado y encima cada vez que íbamos de viaje nos pagaban las famosas “dietas” (que hoy en día han desaparecido).  Si a eso añadíamos que nos íbamos de cena a un restaurante de nivel y nos invitaban, nos íbamos de copas al bar de moda y nos volvían a invitar…  Se vive en un mundo donde es difícil mantener la humildad y debo reconocer que en alguna ocasión me daban ganas de sacar el pecho, pero tenia un padre que me pegaba un guantazo con la mano abierta y me lo volvía a meter en su sitio.  Pero no todos tenían un padre como el mío que me recordaba el auténtico valor de las cosas.

Es aquí donde llega el despilfarro del futbolista.  El dinero que fácil llega, fácil se va.  El futbolista gana cantidades ingentes de dinero por hacer lo que más le gusta y no es consciente de lo que valen las cosas.  Voy a poner dos ejemplos de locura supina: en el Valencia había un portero que ganaba al año 60 millones de pesetas (360.000 euros).  Pues el primer año se gasto 50 millones un Porsche 911 Turbo.  No se dio cuenta de que lo que ganaba no era limpio (eran cantidades brutas) y tuvo que pedir un crédito al banco para pagar los impuestos correspondientes del ejercicio impositivo.  De locos.  El segundo ejemplo fue un día que salimos de fiesta estando ya en Granada.  Un compañero nos invito absolutamente a todo ese día, tanto a la comida, a las copas de la tarde, a la cena y a las copas nocturnas, total 6.000 euros.  Por mucho dinero que ganes si vas a este ritmo no hay tren que lo pare.

Pero todo se acaba ¿Qué ocurre cuando se acaba la vida de deportista de élite? En la mayoría de casos se busca alguna vinculación con algún club (sea en la secretaría técnica, entrenando sea a nivel profesional o en categorías inferiores o incluso de ojeador).  Pero estos puestos son tremendamente inestables porque dependes de un organigrama y de una directiva, ya que cuando hay cambio de presidencia y junta directiva, los entrantes suelen traer a “su gente”.  Otra opción es introducirte en el mundo laboral, cosa muy complicada porque, aunque hayas sido futbolista de élite, eso no te sirve en el mundo empresarial-laboral como regla general.  Es cierto que el fútbol tiene muchísimas cosas positivas, que ayuda a la formación de la persona y unos valores fuertemente arraigados tales como el sacrificio, el aprender a compartir, el competir, el perder el miedo, te enseña a lidiar con situaciones de estrés o tensión y te hace madurar a un ritmo vertiginoso.  Todo ello ayuda en la formación personal pero no en lo profesional.  Como solución interesante, hoy en día la AFE (Asociación de Futbolistas Españoles), consciente de esta problemática ha ideado un sistema (no solo en el ámbito de la preparación laboral si no también sociológicamente) que ayuda al futbolista a asumir su nuevo papel en sociedad y que el cambio no sea tan traumático, pero sigo pensando que es importante combatir esta precariedad desde su raíz, desde el origen, es decir, desde las categorías inferiores.

En mi caso fue difícil dejar el fútbol a una edad tan temprana (27 años), pero me tocó vivir la cara oscura de este deporte tan apasionante.  Ya había vivido lo que quería como futbolista y era consciente que mi vida estaría en otro ámbito y el reto de la oposición a notarías fue mi motivación y mi objetivo.  Con un poco de esfuerzo y sacrificio uno puede conseguir prácticamente todo lo que se proponga. 

Imagen| HayDerecho

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