Jurídico 


¿Es conveniente otorgar testamento?

A lo largo de mi trayectoria profesional y, en no pocas ocasiones, he podido comprobar en las personas que acuden al despacho un miedo atávico al hecho de otorgar testamento. Entienden que es más bien propio de personas de avanzada edad que están en las postrimerías de su vida,  que eso de disponer su última voluntad suena tenebroso, “que no va conmigo”… Es por ello que con estas líneas me gustaría plantear la cuestión de si es conveniente o no otorgar testamento, si realmente va a ser útil, tanto para la persona que lo otorga, como para sus herederos. Ya traté en QAH el debate sobre la libertad de testar en nuestro ordenamiento.

En nuestro Derecho Común, en materia sucesoria, nuestro Código Civil regula en su artículo 658 dos formas fundamentales de sucesión mortis causa: la testamentaria y la legítima o abintestato, prescindiendo de la mixta. Es decir, con testamento o en ausencia de éste.

Tratándose de la sucesión intestada o abintestato (legítima, según el Código Civil, término que induce a confusiones y que no conviene utilizar), nuestro cuerpo legal la regula en los artículos 912 y siguientes. Prescindiendo de los demás casos que enumera el artículo 912, la sucesión abintestato tiene lugar cuando una persona muere sin testamento, con testamento nulo o que haya perdido su validez. Para el propósito del presente trabajo, nos centraremos en la ausencia de testamento al fallecimiento. En este caso, entra en juego el orden de suceder de los artículos 930 y siguientes. Es decir, la Ley determina en ese caso quiénes van a heredar al causante, con exclusión de otros. En el supuesto más común de fallecimiento de una persona casada, con hijos, heredarían éstos a partes iguales y el cónyuge viudo tendría el usufructo tan solo de un tercio de la herencia .

La sucesión testamentaria, en cambio, tiene lugar cuando una persona fallece habiendo otorgado testamento. En este caso ya no entraría en juego el orden de suceder antes reseñado, sin perjuicio del riguroso sistema de legítimas que establece el Código Civil y al que debe ajustarse el testador. Volviendo al supuesto antes citado, una persona casada con hijos  podría distribuir su herencia entre aquellos de forma desigual (utilizando los tercios de mejora y de libre disposición), respetando en todo caso, el tercio de legítima estricta. Además, podría disponer del tercio de mejora a favor de otros descendientes (por ejemplo, nietos). En cuanto al cónyuge viudo, si bien el Código Civil, en el supuesto tratado, le atribuye en su artículo 834 el usufructo del tercio de mejora, utilizando la llamada “cautela socini”, vía testamento, se puede ampliar dicho usufructo a la totalidad de la herencia.  A grandes rasgos, utilizando dicha técnica, el testador atribuye a su cónyuge el usufructo de la totalidad de su herencia, si bien, para evitar el escollo legal que supone la intangibilidad de la legítima, dispone que el hijo o descendiente que no acepte dicha disposición sólo recibirá su legítima estricta, recibiendo el resto, es decir, los que la acepten, una mayor parte de lo que les correspondería por tal legítima. Por otro lado y ésta no es una cuestión menor, conviene recalcar que el testamento, no obstante lo que dice el artículo 667 del CC, puede contener disposiciones de contenido no patrimonial, tales como nombramiento de tutor y reconocimiento de hijos, disponiendo en este último caso, en su artículo 741 que el reconocimiento no pierde su fuerza legal aunque se revoque el testamento en que se hizo o éste no contenga otras disposiciones, o sean nulas las demás que contuviere.

Una vez llegados a este punto, por lo menos en lo que respecta al que suscribe, la respuesta al dilema parece clara: testamento si. En la inmensa mayoría de los casos, los esposos acuden con la pretensión de dejar al sobreviviente lo más protegido posible y, lo que no se consigue con la exigua cuota legal usufructuaria, se puede conseguir con la antes reseñada “cautela socini”. A mayor abundamiento, otorgando testamento, los padres tienen una excelente oportunidad para premiar a los hijos o descendientes  de los que reciben mayor afecto, cuidados y atenciones, así como disponer medidas para proteger a los hijos más necesitados de atención, como el nombramiento de tutores, administradores, etc. Para concluir, piénsese en la sucesión de una persona que fallece intestada, a la que heredarían todos sus hijos a partes iguales, con independencia de sus merecimientos y, sobre todo, en la situación del cónyuge viudo, al que sólo le correspondería el usufructo de un tercio de la herencia.

Imagen| Will and Testament

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