Cultura y Sociedad, QAH Viajeros 


“¡Siempre nos quedará París!”

 

Es verdad que jamás nos votaron en Eurovisión, que su acento señorial y sus exageradamente exquisitos modales les separan de nuestra alocada espontaneidad española, y que un par de cafés en los alrededores de la Ópera Garnier nos puede parecer un robo a mano armada. Pero pasear por las calles de París, aunque suene a tópico, ¡es literalmente deleitarse! La capital francesa es sinónimo de elegancia, lujo y cultura y para ello no hay más que visitar la Place Vendôme, emplazamiento del Hotel Ritz desde donde se afachaba cada día Coco Channel por los ventanales de su imperial suite; o la enarbolada Place Des Vosges, de ambiente más animado pero también de refinada distinción sublime.

Los cafés a pie de calle repletos a todas horas de afanados lectores y la innumerable cantidad de museos son quizás uno de los mejores testimonios del cuarto país con más Premios Nobel de la Historia. Una historia que ha ido fraguándose gracias a las victoriosas guerras de Luis XIV, a la sensibilidad poética de autores como Baudelaire, a innovadores cineastas como Truffaut y su séquito de la Nouvelle Vague, y a los efervescentes revolucionarios de la Bastilla, entre muchos otros. Siguiendo los pasos de Descartes, podríamos poner en duda todo lo que nos rodea y por qué no, cuestionarnos la belleza de los majestuosos edificios que ladean los Campos Elíseos o la elegante modernidad del centro Pompidou, pero influenciados por Sartre, arrojados a la acción y “condenados a ser libres”, nos dejamos llevar por el ambiente bohemio de la ciudad y por una nouvelle vague de alegría pasajera que solo se descubre respirando el afrancesado y poderoso aire del que Napoleón jamás quiso separarse. Y así ordenó colocar a la entrada de su panteón funerario un cartel en el que afirma querer reposar de por vida a orillas del Sena, y que podemos visitar en Los Inválidos entre cañones del siglo XVII e instalaciones museísticas con la indumentaria y el armamento de las tropas napoleónicas.

A día de hoy, las únicas tropas que si pueden encontrarse por Paris son los turistas enloquecidos por fotografiar Notre Dame, por subir las escaleras del Sacré Coeur y por comprar los inmortales souvenirs. Incluso muy alejados, a tan típico kilómetros de la ciudad que vio nacer a Émile Zola, encontramos un tropel de gente que se empuja, que grita y que se emociona con los personajes que han marcado la infancia de muchas generaciones. Y es que en DisneyLand Paris, cualquier monigote con disfraz aterciopelado se convierte en estrella de Holllywood, y tanto los pequeños como los más maduritos, nos lanzamos ensimismados a los brazos de Mickey, de Pluto o del Genio de Aladín. Y como no, tras haber pagado un buen pellizco por la entrada al parque, bastante cruel sería no concedernos estas rejuvenecedoras y añoradas muestras de cariño que nos hacen trasladarnos a cuando de verdad creíamos en la magia.

Viajar a París es como la infancia, es soñar y añorar, pasear sin preocupaciones y con los ojos bien abiertos, atónitos y expectantes ante cada esquina encantada de la ciudad del amor. Pero, ¿el amor se paga o se consigue? Una de las mayores críticas que se hace a esta ciudad es quizás la arrogancia de sus inquilinos, las armas de prepotencia con las que se defienden del apabullante y diario ir y venir de turistas que nunca descansan y visitan sus dominios durante las 24 horas de los 365 días del año.  A buenas y a malas, el amor es un dar y tomar y para gustos los colores. Por ello, es mejor que cada uno lo descubra por si mismo. Aun así, aunque todas las luces del mundo se apaguen y ya nadie crea en el amor ni en la magia, las intermitentes luces de la Tour Eiffel seguirán atrayendo los corazones de los turistas, y como bien vaticinó la película Casablanca: “¡siempre nos quedará Paris!”

La Tour Eiffel, fotografía de Alfonso Troyano

RELACIONADOS